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Está
ubicada dentro del Parque Nacional de Santa Teresa, casi sobre la
ruta 9. Es el vestigio del pasado más monumental del Uruguay.
Al contrario del Fortín de San Miguel, La fortaleza fue comenzada a
construir por los portugueses en 1762, pero, tomada por los
españoles poco después, fue continuada y finalizada por ellos.
El Virrey Pedro de Ceballos decidió hacer allí, en aquella
conflictiva zona fronteriza donde los grande imperios se acechaban
mutuamente, una fortaleza de gran resistencia, con forma pentagonal,
aunque irregular, orientada estratégicamente con fines de
vigilancia.
La fortaleza fue protagonista de los desencuentros entre españoles y
portugueses, entre españoles e ingleses, entre españoles y criollos,
entre orientales y portugueses, y una vez nacido el Uruguay como
país, durante las guerras civiles, también cumplió su rol: aquí se
refugiaron fuerzas de Oribe en la Guerra Grande. Finalmente la
Fortaleza fue abandonada y depredada.
En
1928, el emprendedor arqueólogo Horacio Arredondo comenzó las tareas de
su recuperación. Hombre lúcido, forestó también la zona, para que la
arena no volviera a tragarse aquel tesoro.
Los
muros son de doble pared de piedra de sillería, unidos por estribos y
rellenados por tierra y cascotes para resistir los disparos y
vibraciones. Adentro de la fortaleza -de color anaranjado rojizo- hay
construcciones dignas de ser visitadas: un polvorín, una capilla, un
museo con maquetas de las distintas fortalezas del Uruguay, una
colección de armas, y además espacios con la reconstrucción de la cocina
de los soldados y hasta su menú.
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