"Relatos del Palmar"

 
Néstor Rocha  (Periodista Independiente)

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"Barrio El Abasto"

Los primeros vecinos

El barrio Abasto está ubicado al Noroeste de la ciudad de Castillos y está delimitado por las calles Independencia, Dr. Cosme Correa y Ombúes, por la Cañada La Tapera y linda con la zona rural del Cerro de los Rocha. Antiguamente este lugar estaba conformado por chacras con diversos cultivos e industrias manufactureras artesanales, por ejemplo: Carlos Rossi con plantío de viñedos, Miguel Araujo con quinta frutal, Baldirio Carrero con quinta de naranjas y ciruelas quien además era peluquero, Marino Acosta quintero. Un italiano de apellido Bayarres se dedicó a la producción de fiambres artesanales: Salame, mortadela y jamón. Seleccionaba cuidadosamente los animales a sacrificar para la elaboración de los referidos productos, los “atemperaba” ó “maduraba” en un aljibe vacío. Posteriormente, Bayarres se mudó de barrio y se radicó en una vivienda aledaña al local de la ex COOPACA, se trata de una construcción cuyo techo es de tejas a dos aguas, en ella hay un sótano donde existen numerosos ganchos de los cuales colgaban los fiambres a macerar, ya era una producción a mayor escala.

Carlos Rossi donó el predio que actualmente se asienta el matadero municipal a la Asistencia Pública en aquella oportunidad, que, luego fue canjeado por el actual bien donde está ubicado el Hospital de Castillos.  

Los primeros vecinos de este barrio además de los mencionados anteriormente y entre otros fueron Artigas Sosa: carnicero,  Mario González Rocha, Agustín “Negro” Rivero, Braulio Sosa: peluquero, Severiano Rocha: productor rural, Néstor Artazamanoa Rocha: taller mecánico de autos, Sofía Rocha, Diosismo Rocha: productor rural, Deyanires y Chila Rocha: peluquería de damas, Ignacio Álvarez, Tiburcio Rocha, Maurilio “Viví” Martínez, Cirilo Viera ex funcionario policial, Emilio Graña: Boliche ó bar de venta de cañas y timba, Modesto Silva: transporte de carne en carretón con techo de zinc que vendía directamente al público desde este vehículo, Leonidas “Toto” Castellanos: Almacén, bar, juego de cartas y lotería,  además en la casa de familia se impartían clases de catecismo, y en la camioneta realizaba excursiones al balneario Aguas Dulces, todos ellos estaban radicados desde bastante tiempo atrás  de la década del 1950. 

EL ABASTO

La calle Dr. Cosme Correa es la vía de tránsito principal para acceder al barrio, se une al Camino de las Sierras que se comunica con una vasta región rural de Castillos y fuera de ella. Esta ruta fue sustituida por el Camino del Indio para llegar a los lugares precedentemente mencionados. Antiguamente cuando era la única vía de acceso a la ciudad existía un fluido tránsito de carros, sulkys, jardineras de cuatro ruedas y a caballo. El Abasto Municipal era el epicentro de la vida del barrio y estaba compuesta por el matadero y una casa techada a “dos aguas” antigua en donde se realizaban las tareas administrativas de este centro acopio de carne faenada, por mucho tiempo el responsable del funcionamiento lo fue Felipe Destéffano. Mientras que en la planta del matadero trabajaban  Atalibio Pascal el capataz y los peones Belisario Farías y Luciano Rodríguez. Numerosas personas estaban vinculadas al quehacer del Abasto tanto directa o indirectamente y uno de los tantos fue Leonidas “Toto” Castellanos, el carneador, quien utilizaba un desnucador de punta roma y filosa. La carne de los animales sacrificados la transportaban en carretones hacia las carnicerías, cabe aclarar que desde estos vehículos se realizaba la venta directa de carne como el ejemplo mencionado anteriormente de don Modesto Silva. 

LOS HOGARES HUMILDES “PARABAN” LA OLLA

Numerosos vecinos que colaboraban en la faena, particularmente jóvenes,  se proveían de vísceras, achuras y otros restos como ser las patas y cabeza de los animales sacrificados para la alimentación de cerdos de los pequeños criaderos que proliferaban en el entorno del Abasto Municipal y otras zonas aledañas de Castillos.

Éstos y otros vecinos también utilizaban  las patas, cabezas, tripas gordas, ubres, quijadas, cuajos y en algunas ocasiones hasta el mondongo para el consumo humano e ideal para preparar:  pirón, mazamorras de maíz y trigo, “ollas podridas”, “morrocotó”, pucheros con la cabeza de vaca y la información obtenida indica que toda esta situación se dio desde 1930 hasta una fecha difícil de precisar, según los entrevistados y de esta manera satisfacían una necesidad vital como la alimentación en los hogares humildes, carenciados y así “paraban” la olla.  

Existe una anécdota sobre una persona que concurrió diariamente por un determinado tiempo a beber sangre caliente de bovinos que recogía en el preciso momento en que sacrificaban al vacuno, según el entrevistado, era para curarse de una anemia que padecía la referida vecina.  

EL ENTORNO

Al Norte y Oeste del Barrio Abasto está la cañada La Tapera y ambas márgenes está bordeado de especies de la flora autóctona y acompañada de especies exóticas como los eucaliptos, antiguamente el monte natural era de mayor volumen. Parte de este curso de agua transcurre por el predio del abasto municipal; mucho tiempo atrás se detectó la presencia de capinchos y nutrias que luego desapareció por la presión ejercida por cazadores furtivos. Además el monte ribereño albergaba una importante y variada población de aves. 

EL AGUA Y OSE

El surtidor de OSE del barrio, de estructura de hierro, era un referente junto a la casona del Abasto para la vecindad. Antes de la prestación del servicio  por el ente aguatero,  numerosos vecinos se acopiaban agua de la cachimba de Severiano Rocha que estaba ubicada  al lado de la aguada de su establecimiento rural aledaño al barrio, muy apreciada por su sabor y cristalinidad.

La cachimba de Severiano fue uno de los tantos surtidores de agua de este estilo que existió en Castillos –nos referimos a épocas en que OSE no prestaba el servicio del suministro de agua potable-, los aguateros la vendían tomando como medida una lata de veinte litros al valor de un vintén.

OSE efectuó un pozo que llegó a una profundidad de unos 150 metros y de unos cincuenta centímetros de diámetro en busca de agua para atender los requerimientos de la población en la oportunidad que se realizó las obras para el suministro del vital elemento para la vida, pero se encontraron con un suelo prácticamente de piedra y no se logró el volumen para satisfacer las necesidades de la ciudad. Esta experiencia fue en la propiedad de Mario González Rocha y allí quedó el referido pozo donde los vecinos del Abasto, balde mediante, se surtían de un agua pura, cristalina que manaba entre las piedras a gran profundidad.   

NÉSTOR ROCHA – CASA AMBIENTAL

Castillos, agosto 18 de 2004.

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