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Isaac
Ferreira Correa fue un estanciero que vivió y trabajó en la zona rural del
entorno de la ruta 14 entre ruta 16 y el arroyo de India Muerta; fue el
propietario de la Estancia el Sauce y se caracterizó por ser una persona
esforzada en la labor agropecuaria.
Isaac Ferreira nació un 20
de octubre de 1890 en la estancia Santa Ana en las proximidades de Castillos y
falleció un 20 de julio de 1962 en Montevideo. Contrajo matrimonio con Blanca
Piaggio Garzón y de esta unión nacieron cuatro hijas: Blanca, Martha, Estela y
Teresa.
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Su familia era de origen
brasileña y descendiente del Comendador
Correa.
Se
destacó por su perfil de hombre benefactor de las familias humildes de
Castillos y sus inmediaciones; como también del área de influencia de la
Estancia el Sauce por ejemplo el Barrio Martirena, como también la Portera
Negra.
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Quien no recuerda en épocas de invierno las frazadas moras; la carne, los
panes dulces en la víspera de Navidad, todo esto fue por obra y gracia de
Isaac Ferreira.
La donación del equipo de
rayos X para el hospital de Castillos, el apoyo a la Iglesia María Auxiliadora y
San Vicente Mártir de Castillos quien colaboró con la distribución de abrigos y
alimentos, además era su fuente de información de las necesidades de los hogares
pobres.
Estela Ferreira Piaggio
afirmó: “nosotros nos enteramos de muchísimas cosas después que falleció,
recibimos cartas mal escritas con faltas de ortografías agradeciendo la casa,
agradeciendo un montón de cosas, de gente humilde.
Juntaron bronce para
hacerle una placa; en una oportunidad entraron a la casa de una persona viejita
que estaba cocinando con un primus y le preguntaron si tenía bronce, respondió
que no tenía nada,... mire que es para hacerle una placa a Don Isaac, sacó la
olla y regaló el primus, son gestos que a uno le llegan...”
Existen un sin número de
ejemplos de bondad; se rememora que una oportunidad Isaac vio a un hombre de
Castillos que siempre andaba a pie por los caminos rurales o la ruta y le dio un
caballo, a los pocos meses encontró al mismo hombre que nuevamente andaba a pie
y le peguntó por el equino, éste le respondió:
-
“Se me murió, Don Isaac”
-
“Por que no pediste otro” preguntó Ferreira
-
“No, porque se viene las elecciones y usted es tan blanco y yo colorado por
eso no me animé a pedirle”
-
“Entonces vamos hacer una cosa, se va a la estancia y eliges un caballo
colorado y te lo traes para Castillos” le propuso Isaac.
Su hija Estela Ferreira
afirmó que él tenía una bondad natural y no existen palabras para medirla. Su
caridad, su dulzura no conoció límites. La familia prácticamente ignoraba toda
esa labor humanitaria en favor de los más carenciados, desfavorecidos; sostenía
que la mano derecha no tenía por que enterarse lo que hacía la mano izquierda.
En la tarjeta de invitación de Homenaje a la memoria de Don Isaac Ferreira
Correa recopilamos una de las reseñas de su personalidad: “1920 lo encuentra
dedicado a tareas agrícolas-ganaderas en su Estancia “El Sauce”. Allí aplica sus
ideas de justicia social en el trato humanitario al personal y en aspectos
económicos: salarios por encima de laudos, aguinaldos y estímulos especiales,
descanso retribuido y jubilaciones costeadas de su peculio, son algo de lo mucho
que hizo”.
Un ex peón de la Estancia
El Sauce –Don Gregorio Ríos- lo recuerda de esta manera:
“... El Gaita tenía dos
lecheras que había traído de la estancia, sacaba leche la señora en el pueblo.
Por la tarde andaba con una y en la mañana con la otra vendiendo leche; eran
vacas de la estancia de Don Isaac...” interrogado que significó para él Isaac
Ferreira, respondió emocionado: “...le digo sinceramente que lo perdimos... lo
perdimos... y me quedó eso... la bondad de él para mí... era excelente, era como
si fuera un familiar de él, fue bueno con todos... no sé, no se como expresarme
señor... yo lo sentí... yo le sentí señor... yo que sé, la vida es así... la
vida es así...”
La vida del benefactor no
todo le fue color de rosa, pasó por grandes dificultades económicas y tres
peones se quedaron trabajando a la par de él. Estela Ferreira los recuerda con
gran afecto: Donato López, el “Negrito” Macario y el tercero un señor de
apellido Alvez. Trabajaron casi una década sin cobrar un sueldo, cuando Ferreira
superó la crisis les tuvo un eterno reconocimiento por el apoyo recibido. Un
ejemplo de ello era con Macario, se iban a Montevideo y lo llevaba a la afamada
tienda Introzzi y al gerente de este comercio con quien tenía una gran amistad
le decía: “vengo con mi amigo y vamos a vestirlo”, Macario salía con una estampa
extraordinaria, no fue una sola vez lo hizo siempre. Recibió también en los
momentos difíciles el apoyo de Mario Correa su primo hermano, éste también se
caracterizó por ser una persona bondadosa.
Nuestra entrevistada
Nélida González de Arrieche memorizó: “...un día vino Ricardo Sosa y me invitó
para realizar un homenaje a don Isaac Ferreira y le respondí: ahh! Me parece muy
bien, muchísimo... tenemos que hacer algo de acuerdo a lo que él fue, para mí
sería un busto. Entonces nos reunimos la Comisión del Hospital y resolvimos
hacerle una placa para colocarlo en el hall del Hospital y luego nos abocamos al
busto.
...Mire que supo dar ese
dar ese hombre; para el Hospital donó el equipo de rayos x, frazadas, sábanas,
colchas, pan dulce en navidad para las que pudieran comer, sidras para las
enfermeras; carne siempre. !El concepto que tengo de él es que con su ida al
cielo, que bien gano lo tenía, se rompió el molde y no quedaron nadie mas!...”
Isaac Ferreira fue un
hombre tenaz, trabajador, bromista, católico y cuando falleció generó un vacío
de diversos órdenes, difícil de olvidar porque fue un ser que se hizo sentir.
Su esposa prácticamente se sumó al silencio y sentada en un sillón esperó el
mandato del Supremo para reunirse para siempre en el más allá, con su amor y
eterno compañero.
En el cierre de este
trabajo de investigación periodística, se transcribe una creación poética del
castillense Mario Zelmar Vitabares:
A LA
MEMORIA DE ISAAC FERREIRA CORREA
Te
conocí siendo niño
Y tu
magnetismo sencillo
Ganó
un nido en mi pecho
Como
un pájaro bueno...
Te
vi labrador de trigales
En
el sueño de los pobres...
Y la
Tierra en un abrazo
Mojó
tu pecho de lágrimas.
Tu
mano se tendió en las noches
Con
tibieza de vellón,
Donde hubo dolor brilló la luz
Que
de tu mirada buena escapaba;
Y el
invierno se volvió, cara al pecho,
Cual
soldado en la derrota...
Se
hizo mas claro el tiempo,
Las
palomas con su vuelo
Cubrieron de esperanza las barriadas.
Y
con la generosidad del árbol del estío
Agrupaste en tu sombra a los viajeros
Cansados de desdicha y con heridas;
Y
como un milagro, de pronto
Las
ollas de los pobres se agrandaron...
Y se
agrandaron las bocas de los niños,
Mostrando sus dientes desparejos...
Y a
la distancia tu sonrisa grande
Y el
pecho descubierto... acelerando tu Tiempo...
¡Nadie sabía todo lo hermoso que su profundidad escondía!
¡Y
llegaba diciembre, y tu también como en otro Desierto
el
pan repartías, y el advenimiento del Nuevo Dios festejabas!
¡Que
indeleble la luz de tu recuerdo!
¡Que
suave contra el rostro la lana del cordero!
¡Que
huella más profunda la de tu paso en la Tierra!
¡Pero qué faz más pequeña para encerrar tu figura,
sólo
el Cielo, infinito y profundo
Es
capaz de albergar tu corazón tan grande!
6 de agosto de
1988.
PROGRAMA
PUNTO AZUL DE CASA AMBIENTAL – NÉSTOR ROCHA
Chuy,
01 de agosto de 2003 |