La elaboración de carbón de
leña cumplió un rol importante en numerosas familias en la campaña de nuestro
país, particularmente aquellos productores que disponen de montes naturales de
madera dura. La elaboración del carbón proviene de épocas muy antiguas. Para
armar la parva u horno de carbón previamente se debe efectuar la limpieza de
la vegetación y otros elementos del lugar donde se vaya a formar la cancha,
éste debe ser bien drenado y de suelo firme, preferentemente protegido de los
vientos.
“Coco” Pereyra nos relató
que el procedimiento parte del corte de la leña y se refirió de una época que
no existían motosierras, lo hacían con machetes o hachas. Se armaba el horno
que generalmente era de grandes dimensiones y macizos en la cancha que
anticipadamente se había preparado. Antes de empezar el apilado de la leña se
construye el cebo de encendido, luego se acomoda bien la leña fina y después
se apila con palos algo gruesos, posteriormente se tapa con leñas finitas para
que quede bien tapado y luego el horno es cubierto con paja o maciega en forma
tupida y después se cubre con tierra.
Una vez finalizada la tarea
reseñada se efectúa un agujero en la cima donde está ubicado el cebo y por
este orificio se le va incorporando las brasas que se preparó aparte y de esta
manera se efectúa el encendido del horno, sucesivamente se le sigue agregando
leña seca y esta operación puede extenderse por dos días para que arda la
madera verde del horno. Se abren hornallas o brocales en hileras alrededor del
horno en la parte superior del macizo, cuando el fuego llegaba a este lugar un
operario debía treparse y apisonar con sumo cuidado el horno para que no se
desmorone. Cumplida esta tarea se proseguía abriendo hornallas más abajo y así
sucesivamente, cumplida esta labor se retiraba la paja o maciega y se tapaba
con tierra para apagar el horno y lograr sacar el carbón a punto.
En nuestra campaña se
construyó otro modelo de horno que a rasgos generales se hacían cortando varas
finas y con las cáscaras de las enviras se ataban formando un tubo o caño de
treinta a cuarenta centímetros de diámetro y el largo era de la altura del
horno. Quiénes están en éste oficio señalan que es el más práctico y seguro
que el macizo, por este tubo se introduce las brasas para el encendido del
horno, posteriormente se introduce leña fina y cuando empieza arder se efectúa
la abertura de hornallas desde abajo.
Con este modelo de horno se
procede en forma contraria al macizo en virtud de que la madera arde desde
abajo hacia arriba, siempre hay que alimentar a este horno con leña seca por
el tubo hasta que éste se llena de carbón, luego se tapa el tubo y se prosigue
abriendo brocales u hornallas. A estos hornos hay que regarlos con agua para
evitar que la tierra se reseque. Existen otros tipos de hornos de carbón como
ser “la parva sueca” similar al horno criollo común, el horno brasileño y el
horno metálico transportable.
El humo es un indicador del
proceso del carbón si el mismo se está haciendo correctamente, por ejemplo si
se observa un humo grisáceo indica que se va por buen camino, si por el
contrario el humo presenta un color amarillento azufrado el horno no está
quemando bien, al final del proceso el humo se transforma en color azul suave.
El trabajo para lograr el carbón dura un promedio de entre quince a veinte
días y el enfriamiento del horno se prolonga aproximadamente una semana.
El carbón vegetal
independientemente del uso doméstico se le destina como materia prima en la
elaboración de carburo de calcio y acetileno, además este combustible de leña
está sustituyendo al coke o carbón de piedra en los hornos de cal de los
ingenios azucareros.
Quien vivió de changas y
poder sobrevivir aprendió a hacer de todo, a instancias de esta situación
numerosos hombres de campo dominaron muchos oficios porque si se fracasaba
en uno de ellos subsistía trabajando en otras labores, es decir un siete
oficios. Quizás dentro de este cúmulo de tareas muchos hombres de campo saben
ejercer el oficio del carbonero, la de clasificar y amontonar leña, formar la
estructura del horno de carbón, cubrirlo y pasar más de veinte días a lo
lechuza vigilando el proceso del quemado de la leña para obtener un carbón de
óptima calidad. Para esta tarea hay que soportar soles, lluvias, fríos,
calores y demás fenómenos climatológicos.
Existieron hombres de campo
que se refugiaron en montes fluviales y o serranos denominados montaraces,
convivieron consustanciadamente con estos ecosistemas y sus viviendas fueron
unas aripucas construidas con los elementos propios del lugar. Generalmente
vivieron solos, aislados, lejos de todo contacto con la civilización; en las
sierras, esteros, quebradas de nuestros pagos habitaron varios montaraces pero
nuestro punto de atención lo vamos a centrar en una persona que se llamó
Santos Emilio Barbosa conocido por el “Brasilero”, vivió durante mucho tiempo
en la zona próxima a la Blanqueada en un lugar llamado Sierra Grande del
establecimiento “Cerro Negro”
El “Brasilero” Barbosa por
idiosincrasia fue una persona solitaria y gozaba de la compañía de animales
salvajes como ser zorros, lagartos entre otros animales que habitaban los
espesos montes del lugar. Fue un personaje que su modo de ser lo plasma
genialmente Serafín J. García en una de las estrofas de su poema Orejano:
“Porque al copetudo del riñón cubierto, pa quien n`usa leyes ningún comisario,
lo trato lo mesmo que al que sólo tiene chiripá de bolsa pa taparse'l rabo.”
El Brasilero fue una
persona de estatura alta y contextura fuerte, pelo hirsuto negro y largo,
cejas grandes y espesas, nariz prominente y labios gruesos, mirada penetrante
con un estrabismo en una de las vistas, piel cobriza tirando a morena y
poseedor de un vozarrón incrementado por la caña y el vino, su hablar era
aportuguesado dando un tono más agresivo que el portuñol.
Las herramientas de
Santos Emilio Barbosa que empleó fue un machete y un hacha para talar el monte
achaparrado y el monte fino haciendo limpieza, además dominó el oficio de
picapedrero y tuvo su huerta o quinta orgánica abonada por el mantillo del
monte acumulado por los años, tenía plantado de todo para su consumo y hasta
una quinta de duraznos.
En la soledad en que
vivió no alteró su condición de persona de bien y de buena relación con sus
vecinos, resultó ser un buen anfitrión para quien se arrimara a su morada y
ofrecía todo aquello que tuviera al alcance de su mano. Al convivir con la
naturaleza gozaba de la compañía del canto de los pájaros, los lagartos que se
arrimaban al fogón donde cocinaba y les daba de comer, además crió como tres o
cuatro zorros guachos y a cada uno de ellos los bautizó con un nombre y se
recuerdan solamente dos: Marcelino y Cirilo. (En cursiva: del libro Relatos
del Camino del Indio del presente autor)
DIFUNDIDO EN EL PROGRAMA RADIAL PUNTO AZUL DE
CASA AMBIENTAL QUE SE EMITE POR ESTEÑA FM 103.1 DÍAS SÁBADOS DE 10 A 11 HORAS
AM.