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Esta historia nace a mediados del siglo pasado, es decir el siglo veinte. Uno de
sus protagonistas, apodado Muringue, fue peón del Destacamento de la Dirección
Nacional de Vialidad de Castillos y se caracterizó por ser una persona
dicharachera según la jerga popular, catalogado como excelente compañero, bien
dispuesto y de un notable buen humor ya sea con los niños, jóvenes y adultos. Su
afición fue la música y los instrumentos que él pulsó fueron la guitarra y el
violín, hasta tuvo un violín de corneta posiblemente el único en Castillos;
durante años integró diversas comparsas en las fiestas de carnaval.
La otra figura de esta historia es un perro de color negro y de pelos
medianamente largo y en su cuello lucía una “corbata” color blanco, apareció
por el Destacamento recién nacido y a Muringue se le ocurrió llevárselo de
regalo a sus dos únicos nietos en aquella oportunidad. Se le amamantó con leche
a través de un cuenta gotas y se le llamó Calú en virtud de que estaba de moda
un género musical que hoy no se recuerda si se trataba de una samba brasileña o
una música tropical.
Calú paso a integrar el humilde patrimonio de juguetes de esta familia, muchos
recordarán que los niños de hogares pobres se entretenían con los camioncitos
hechos con la lata de aceite marca Aurora o la de dulce de membrillo Mimosa ó
Para Ti, los ejes eran de palo de escoba y las ruedas eran las latas de pomada
de zapatos comúnmente conocidas por satinola entre otros elementos o juegos
utilizados ingeniosamente; mientras que las niñas disfrutaban con sus muñecas de
trapo. Tener una pelota de goma aquellas de color azul o rojo de tamaño mediano
era todo un acontecimiento y prácticamente pasaba a ser un bien de los los
niños del barrio.
Cuando los nietos de Muringue empezaron los estudios secundarios y luego
buscaron cada uno sus destinos, Calú pasó a ser el fiel compañero consecuente y
obsecuente del abuelo generándose una indisoluble amistad. Muringue era
aficionado al truco y las herramientas verbales de este juego lo hacía en forma
de verso y a su lado acompañando esta aventura estaba Calú en los bares de
“Lolo” Acosta ó Valoy González. Lo que comía uno comía el otro, en las horas de
descanso del abuelo ya sea la siesta o en las horas de la noche el perro
permanecía a su lado, siempre juntos y así transcurrió el tiempo, cuánto no
importa.
La ley de la vida llamó a la puerta de Muringue un 8 de junio de 1967 y alguien
invitó a su alma a recorrer lejanos lugares, otros mundos en un cruel día de
invierno. Calú se dio cuenta de lo que pasó; el velatorio se realizó en la casa
del occiso como era tradicional en esas épocas y el perro permaneció debajo del
féretro acostado y arrollado, con los ojos llenos de lágrimas y temblando
continuamente. Varias veces se lo retiró del lugar donde estaba y tenazmente
volvía a ocupar el sitio acompañando a su amo fielmente como lo hizo siempre.
Llegó el momento de la partida para el cementerio y hubo que atarlo para que no
acompañara el cortejo, por otras experiencias de perros se sabe que permanecen
donde están sus amos sepultados y no hay quien los mueva y Calú no iba a ser la
excepción. Siempre quedó la interrogante: que dolor habrá sentido por no haber
escoltado a su amo a la última morada. Desde ese día permaneció acostado en la
humilde casa de Muringue sin levantarse ni ingerir absolutamente nada de
alimentos y agua, aulló un sinnúmero de veces hasta que murió hace treinta y
seis años, precisamente en este mes de junio de 2003. Hoy quizás, vaya saber en
que mundo o en que dimensión estarán gozando juntos, otros momentos, otras
vidas. En fin, un ejemplo de vida, de amor y fidelidad.
Emitido en el programa radial de Casa Ambiental
PUNTO AZUL
ESTEÑA FM 103.1
Chuy,
19 de junio de 2003 |