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Castillos se encuentra en la conjunción de varios ecosistemas, un privilegio
envidiable por su rica diversidad y uno de ellos es el palmar de butiá capitata
que ocupa una superficie que oscila probablemente las setenta mil hectáreas
comprendiendo el Este uruguayo y algunas zonas del Estado de Río Grande del Sur
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Brasil.
El Departamento de Rocha tiene la gracia de la diosa naturaleza de detentar la
mayor concentración de individuos de esta especie de palmeras con extraordinaria
agrupación en la región de Castillos.
El rochense, el castillense ha vivido consustanciado con el palmar y queda
expresamente reflejado en la siguiente estrofa del poema LA CATEDRAL DEL
PALMAR del Profesor Humberto Ochoa: “...A su vera el hombre nace,/
crece, ama, lucha y parte.../ llevando por estandarte/ hojas de palma y
butiaes.../...
El palmar butiá forma parte indisoluble de la identidad y cultura de los
habitantes de Castillos, así lo demuestra a través de diversas manifestaciones
del que hacer diario desde épocas más que centenarias.
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Por ejemplo: diversas fábricas de crin vegetal; en la economía doméstica
utilizando varios elementos de la palma a través de diversos procesos: su
fruta, sus hojas en el quinchado de viviendas y galpones, sus pencas junto a
la corteza del tronco y las cáscaras del coco butiá como combustible de
cocinas a leña, de panaderías y en las fraguas de los herreros.
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La almendra como alimento humano, de aves y ganado; además tostada en el
horno o en el sartén y luego molida obteniéndose de esta manera el café de
almendra empleado como saborizador del mate dulce, la leche...
En el proceso de la molienda de la almendra queda como testimonio una muy
importante muestra de aceite impregnado sobre el lugar donde fue molido, lo que
demuestra la riqueza de grasa vegetal que posee la drupa del butiá.
Y al respecto hemos rescatado de la historia oral de varios vecinos castillenses
sobre la existencia de una fábrica de aceite de almendra de la palma butiá. El
impulsor de este comienzo industrial lo fue José “Pepito” Aldunate Ferreira que
comenzó en un principio elaborando crin vegetal, luego se asoció con Luis Di
Carlo propietario de una fábrica de barnices de la ciudad de Montevideo y
centraron sus esfuerzos en la elaboración del referido aceite y a esta
iniciativa productiva la llamaron COCOPALMA.
Esto acontecía aproximadamente en la década del 40 del siglo pasado (20).
La mencionada planta de elaboración de aceite estuvo ubicada sobre ruta nacional
Nº
9 en las inmediaciones del Barrio Patricio Navarro de la ciudad de Castillos,
con más de una treintena de empleados sumándose a éstos los peones encargados de
recoger y transportar el butiá de los palmares en carros tirado por caballos a
camiones ubicados estratégicamente en la geografía palmareña y luego acarreado a
la Cocopalma.
Los cachos butiá recogidos en los extensos palmares eran depositados en quince
bretes construidos con palos, piques y diez hilos de alambre; los peones
golpeaban, daban vuelta o revolvían los cachos para facilitar el secado de la
fruta y el desprendimiento de los mismos del racimo. Los cocos de butiá eran
trasladados a la fábrica y colocados en una quebradora para romper los mismos y
así facilitar la extracción de las almendras, una vez cumplida esta etapa la
referida materia prima pasaba a otra máquina que seleccionaba las almendras y
descartaba los carozos.
La almendra era procesada por una trituradora con el fin de obtener aceite y
este producto final era depositado en dos tanques de grandes dimensiones. De
esta elaboración se obtenía un subproducto, una pasta de almendra muy preciada
por los productores de cerdos que iban a la planta fabril a adquirirla como
ración del ganado porcino. Además se logró elaborar en forma experimental jabón
de coco que era utilizado por los empleados de la fábrica COCOPALMA. Este
comienzo productivo no logró el objetivo en virtud de que sucumbió ante un voraz
incendio que la destruyó totalmente. Hoy el palmar butiá espera pacientemente
que investigadores analicen las propiedades de sus frutos, ya sea el butiá en sí
como sus almendras y podamos todos los rochenses alentar la esperanza de que
esos emprendimientos que hubo en el pasado tomen vuelo nuevamente con la nueva
tecnología, por algo será que los lugareños siguen aferrados a diversas culturas
económicas del emblemático palmar rochense.
NÉSTOR ROCHA – CASA AMBIENTAL
Chuy,
17 de octubre de 2003 |