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LA CORTA VIDA
DE IQBAL MASIH
Es difícil entender como podemos vivir sin que se
nos caiga la cara de vergüenza cuando en el mundo
400 millones de niños entre 4 y 14 años, 165
millones de ellos menores de cinco años, son
esclavos. |
El término ‘esclavo’, según
la RAE, se aplica a ‘la persona que por
estar bajo el dominio de otra carece de libertad’; una
aberración que acrecienta su ignominia cuando el
esclavizado en un niño.
Muchos de esos 400 millones no se contabilizan en las
estadísticas de los organismos oficiales que
ridículamente tratan de disfrazar el problema con una
engañosa acción
que se define como ‘regularización del trabajo
infantil’.
Los niños deben jugar y estudiar, crecer para ser
hombres y mujeres de bien.
Una utopía
desmentida por el llanto que escapa desde
las minas, las
fábricas, las canteras, los burdeles; de los ojos de los
niños que levantan mazas para picar piedras, cargan
pesados bultos, se arruinan ojos y manos obligados a
trabajar muchas más horas de las que componen las
jornadas de los trabajadores europeos y americanos y,
como si tales prácticas resultaran poca cosa para un
mundo insensible, se les utiliza como armas de guerra o
juguetes sexuales.
Nadie está libre de culpa.
La sociedad de consumo es culpable con su silencio y su
comodidad que se asienta sobre el dolor de los pequeños
trabajadores de los países más pobres.
Si nos empeñamos en cerrar los ojos durante 364 días,
por lo menos tengamos la hidalguía de abrirlos este 16
de abril y hacer un examen de conciencia y, hasta puede
ser que nos atrevamos a dar un paso que nos acerque más
a la dignidad que pretendemos se nos reconozca.
¿QUIÉN FUE IQBAL MASIH?
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Iqbal Masih, asesinado a tiros el 16 de abril de
1995, es para el mundo el símbolo de la lucha
contra el trabajo esclavo infantil.
Había nacido en Pakistán, en un hogar de
‘intocables’, la casta social más baja sometida
al oprobio de las superiores y en un hogar donde
las costumbres pesaban más que el cariño.
Había sido cristianamente bautizado pero este
hecho no lo libró de un destino de esclavitud.
Cuando tenía unos seis años, edad que por
razones obvias no puede ser definida con
certeza, el niño, tan débil y desnutrido que
no semejaba más de cuatro, ya transportaba
para los vecinos pesados bidones de agua.
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Por entonces la familia necesitaba formar la dote de su
hijo mayor pero la pobreza en la que vivía lo hacía casi
imposible. Iqbal había llegado a la edad
en que quedaba marcado el destino de muchos otros
niños de familias desfavorecidas: ser esclavos.
No era cosa extraña que en aquel país feudal se vendiera
un hijo pequeño para obtener lo necesario para que otro
vástago fundara su hogar. Aquel era el caso de la
familia de Iqbal.
A cambio del trabajo del niño el ‘patrón’ entregó a la
familia el ‘paishgee’, una especie de préstamo por el
que los niños eran vendidos. La costumbre era que el
trabajador esclavo pagaría el préstamo con la mitad de
su salario pero
la realidad era que la refinanciación de la deuda, con
intereses de usura, hacían que la esclavitud se
perpetuara mientras el trabajador pudiera seguir
prestando sus servicios al patrón.
Por el pequeño Iqbal Masih las condiciones a cambio del
préstamo fueron más duras. Era demasiado débil y no se
trataba de ‘desperdiciar’ el dinero dado a cambio suyo
por lo que el patrón, dueño de un taller de tejidos,
fijó un menor salario, sin límite de horario ni
la posibilidad de salir algún rato a estirar las
piernas.
Pasaría por manos de otros patrones llevando sobre los
hombros la carga de una deuda que aumentaba
constantemente ya sea por los intereses, ya fuera por
nuevos préstamos solicitados por su familia,
Por años se levantó, cada día, antes de las cuatro de la
mañana para con el estómago casi vacío recorrer los 200 metros que distaba su casa del taller donde
durante 15 horas de trabajo ininterrumpido tejía
alfombras.
Las condiciones del trabajo, la desnutrición y su de por
sí raquítico cuerpo hacía que con diez años Iqbal
pareciera un viejo encorvado y con las manos
destrozadas.
Las hilanderías, las fábricas de ladrillos, las granjas,
todas actividades que ocupaba
a miles de niños en iguales condiciones de esclavitud y
en las que, según el carácter del patrón de turno, los
pequeños despistes podían ser castigados en forma más o
menos brutal.
LA LUCHA PERSONAL
DE IQBAL
Tenía diez años cuando un día, a pesar del temor por el
castigo que la desobediencia podía acarrearle
asistió a un
mitin sobre derechos humanos.
Allí conoció a Ehsan Khan, un incasable luchador contra
el trabajo esclavo, creador del ‘Frente de Liberación
del Trabajo Forzado’ (Bhatt Mazdoor Mahazi)
Entonces supo que su vida podía cambiar.
A través del Frente logró su libertad. A partir de
entonces, el también se
convirtió en un incansable luchador por la erradicación
de la esclavitud laboral.
La vida le había enseñado mucho pero eran mucho más sus
ansias de aprender. Y
entre todo lo importante que asimiló, Iqbal aprendió a
no tener miedo de denunciar la situación de los niños
que trabajan en los telares de alfombras; los horarios y
un régimen de esclavitud que aún no ha desaparecido.
Se convirtió en un líder infantil y su voz fue escuchada
por numerosas asociaciones humanitarias que comenzaron a
prestar atención a las denuncias sobre abusos y
desconocimiento de cualquier derecho de los niños, que
provenían de Pakistán.
Y así Iqbal recorrió muchos países contando su historia
y pidiendo que el mundo no apoyara a quienes hacían
tanto daño a tantísimos niños. ‘No
compréis alfombras hechas por niños esclavos’, rogó
en Boston.
Fue su activismo y las denuncias que reiteraba
continuamente lo que hizo que comenzara
a resultar
‘molesto’ para quienes tenían en el trabajo esclavo una
fuente de riqueza.
No reparó en las
amenazas de muerte que
recibía.
En 1994 recibió el ‘premio Reebok a la juventud en
acción’.
Un premio, intuido para reconocer las actividades a
favor de la infancia fue otorgado por una multinacional
que, como una incongruencia utilizaba mano de obra
infantil en sus fábricas ubicadas en Pakistán y
casualmente, la entrega del premio coincidió con un
reportaje-denuncia de la cadena CBS sobre el tema.
A pesar de su corta edad Iqbal sabía lo que quería:
llegar a ser abogado para defender la causa a la que
estaba ligado.
Su sueño no se cumpliría porque en 1995 fue asesinado de
un disparo mientras conducía su bicicleta.
Un año después
se le concedió
a título póstumo el ‘Premio de los Niños del Mundo’, la
condecoración con la que los niños premian el trabajo
que se hace por los
Derechos de la Niñez.
Desde Almería, en el sur del norte,
11 de abril de 2007
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