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Si un día se llamara a concurso para premiar al
mejor arquitecto, al que hubiese creado la obra más
entrañable, aquel que haya dejado asombrada a la
humanidad con su genio, seguramente habría muchos
osados que se presentarían.
Y habría muchos ciegos que se enfrascarían en una
discusión sin fin, tratando de llegar a un imposible
consenso sobre cuál es el merecedor del lauro.
El sábado pasado pude comprobar que ese arquitecto,
ese hacedor de obras magníficas, existe.
No se como se llama. O mejor dicho yo le conozco por
un nombre,
pero a lo largo de la historia se le han dado
y le siguen otorgando tantos otros que, con tantas
referencias paralelas a un mismo ser, muchísima
gente pasa a su lado sin reconocerlo. |
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Imagen ‘Las Tres Gracias’ obra de Sandro
Boticelli. |
Puede que haya firmado su obra como Quetzacoatl o como
Odín, tal vez como Zeus o quizás haya estampado como
rúbrica: Lug o Viracocha; que fuera una mujer como
Kiri-Risha o Isis; quizás lo haya hecho como Ada o su
firma haya sido Dyaus o simplemente haya escrito en
forma invisible la palabra Dios.
El eclipse total de luna de anoche me hizo sentir tan
insignificante dentro de la grandeza del cosmos y a la
vez tan
enormemente importante por tener el privilegio de
observarlo, comprenderlo y compartirlo que no pude menos
que admirar al constructor de todo aquello que me
rodeaba, embellecido por otros constructores menores,
pero sustentado en su infinita sapiencia.
Del 3 al 4 de marzo, desde casi todos los continentes,
si bien fuimos privilegiados quienes estábamos en Europa
o África, pudimos recrearnos con el aspecto de la luna
llena eclipsada durante la fase total del fenómeno.
Un eclipse lunar es un evento astronómico muy común,
sencillo de explicar y seguro de observar. No se
necesitan instrumentos para contemplarlo ni cuidados
especiales para protegernos.
Almería, y por lo tanto yo también, fuimos privilegiadas
por el entorno desde el que pude observar el espectáculo
magnífico de la luna llena convertida en una gran
naranja difuminada por la sombras.
No me equivocaría al decir que ni Aglaya, ni Eufrósine
ni Talía, diosas de la alegría conocidas como Las
Gracias, hayan sentido tanto placer como el que me
embargó envuelta en la noche, en lo alto de Sierra
Alhamilla.
En la ladera de la sierra, a unos 470 metros de altura,
hay un balneario
de aguas termales donde se encuentra un magnífico
mirador natural desde el que se observa un paisaje que
desciende entre riscos abruptos y cumbres onduladas
hasta perderse en la cota cero, en el azul del mar.
El uso de las aguas termales, una herencia que los
fenicios legaron a los árabes y de éstos quedó para los
españoles está circunscripta a la administración del
hotel y su historia y su disfrute puede ser motivo de
mayor abundancia, por eso dejo para otra ocasión esa
merecida verborrea descriptiva.
Salimos de la city cuando ya la carretera de
montaña apenas se dibujaba con la última luz del
crepúsculo, un crepúsculo que por cierto en esta región
se extiende por más tiempo haciendo que el cielo tome
durante muchísimo rato, aún cuando ya es de noche en la
tierra, una luminosidad y color indescriptibles.
Cuando sorteamos los altos peñascos, se abre el valle en
forma agreste hacia nuestra izquierda y mostrándonos
todo el sortilegio de las luces de pueblos y villas a
nuestra derecha.
Luces que más tarde semejarán enormes luciérnagas
inmovilizadas a diferentes alturas.
Precisamente huyendo de ellas para poder contemplar con
mayor efectividad el espectáculo que se avecinaba,
habíamos subido a la sierra.
Nuestro destino final no iba a ser aquel, pero llegamos
a ‘los baños’ y en un típico y rústico restaurante del
lugar disfrutamos de una magnífica cena bajo un alero
abierto, tan espectacular el clima de esta provincia en
pleno invierno boreal.
La Ermita
de San Claudio nos distrae con su luminosidad y nos
invita a acercarnos al mirador adyacente. El cielo
parece encendido sobre una enorme hoguera de luces en el
lugar donde imaginamos a Almería; más suave es el
resplandor que irradia desde
El Chuche,
Rioja, Pechina, Viator, Gádor, Huercal,
La Fuensanta, Illar, Benahadux , Alhama
y algunas cortijadas locales.
Alguien comenta que la luna ya ha comenzado a mostrar
las primeras manchas oscuras. No nos apresuramos, falta
tiempo para la fase más espectacular. Las sombras que se
van extendiendo en la parte inferior del gran disco
blanco no son aún el imán que más tarde nos dejaría con
los ojos clavados y la boca semiabierta.
Apuramos una reconfortante taza de café y enfocamos el
astro rey de la noche, quizás demasiado lejos para
nuestro humilde objetivo.
Durante el descenso, las luces a lo lejos, allá abajo,
parecen querer recibirnos en una enmarañada red
fosforescente.
Apenas bajaremos unos doscientos metros. Hay un mirador
natural, somos los primeros en elegir el sitio, poco
después llegarán otros vehículos de los que descenderán
entusiastas del firmamento, algunos con telescopios o
trípodes para cámaras profesionales.
La luna llena dejaba ver un paisaje de montañas y
valles. Podíamos adivinar en la oscuridad atenuada, los
peñascos, los contornos y allá arriba veíamos un mar de
estrellas entre las que destacaba
la Polar, no por
luminosidad sino por seguridad de que su ubicación dará
siempre referencias.
Sobre la medianoche, como estaba previsto, la luna dejó
sumida en la oscuridad a nuestro planeta. Para llegar a
ese punto en el que mostraba un color anaranjado casi
marrón, había pasado por distintas tonalidades rojizas y
se nos había presentado con el aspecto de su fase en
creciente.
Mientras el entorno se iba perdiendo entre tinieblas y
la pared rocosa en la que nos recostábamos desaparecía a
pocos metros de nosotros, las luces artificiales de allá
abajo y las naturales que parpadeaban en lo alto,
tomaban mayor protagonismo.
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Pero la figura principal de aquel elenco
magistral era precisamente la que perdía brillo,
aunque no espectacularidad. Por un
momento dejé volar la imaginación y quise
comprender como se sentirían nuestros
antiquísimos antepasados ante fenómenos
similares.
El temor al sol que se moría o a la luna que se
transformaba dieron lugar a cultos, sacrificios,
oraciones. |
¿Cuántos temores pasarían por la mente de aquellos
hombres que no comprendían los acontecimientos?
¿Cómo podían recrearse, como nosotros esta
noche, con la magnificencia que aquel arquitecto
primero legó a nuestro entorno y a nuestras vidas?
Vuelvo a repetirme que soy privilegiada, y ahora lo hago
agradeciendo vivir en una época donde los misterios dan
paso a la ciencia sin perder su encanto.
La bóveda que teníamos sobre nuestras cabezas parecía
una pizarra del más oscuro azabache y no lo dudé. Ningún
arquitecto humano, ningún artista podría nunca igualar
la magnífica arquitectura donde se escenifica el diario
espectáculo de la naturaleza en toda su grandeza.
Almería, en el sur del norte,
marzo 6 de 2007.
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