|
Pocas personas han podido suscitar al mismo tiempo tantos
sentimientos contradictorios en tantas otras personas como
él.
Se
le envidia porque no tiene que hacer números para llegar a
fin de mes. Por el contrario sus números desestabilizan
hasta a los mismos sistemas informáticos del servicio de
recaudación tributaria de los Estados Unidos que tienen
dificultades para procesar las cifras que aparecen en su
declaración de rentas.
¿Como puede un simple mortal escapar al pecado de la
envidia cuando lleva en los bolsillos casi 47 millones de
dólares.
Decir que es el hombre más rico del mundo no tendría mucho
valor si no se dice que además está en la plenitud de la
vida.
No
es muy apuesto pero es feliz con su pareja ¿y dígame si
ésto no es también motivo de envidia por muchos?
Con
seguridad ya han descubierto quién es ese ser privilegiado
que parecería destinado a vivir en un mundo indiferente al
del resto de los mortales pero se niega a encerrarse en su
castillo encantado.
Nada
menos, nada más, simplemente el ser que en algún momento
ha sido odiado por alguno de los millones de
usufructuarios del sistema operativo más utilizado por los
incontables millones de usuarios de ordenadores en el
mundo.
Pensemos que si conectados a Internet hay más de 1.200
millones ¿cuántos más que se quedan sin viajar por el
Cyber espacio, siguen dependiendo de la tecnología que él
les ha impuesto?
El
es el hombre que creó el gigante Microsoft, la empresa
propietaria de los sistemas operativos Windows que
funcionan en nueve de cada diez ordenadores personales del
mundo.
Windows se cuelga, Windows es vulnerable, Windows cuesta
dinero, pero lo utilizamos y cuando un fallo inesperado
nos ha borrado todo nuestro trabajo de las últimas seis
horas, y no por culpa del programa en sí, sino nuestra por
no haber resguardado la tarea, invariablemente nos
acordamos del nombre de su creador.
Y
por supuesto que no con buen talante, lo que
exteriorizamos en esos momentos, aunque no haya razón, es
nuestra bronca que hace migas con la de los usuarios de
Linux y otros sistemas menores, la de éstos porque no
logran destronarlo como rey.
Envidiado, odiado... parece inconcebible que la misma
persona pueda también lograr la admiración proveniente de
esos mismos detractores.
¿Cómo no admirar a quién a los 49 años de edad y desde
hace diez, es el ser más rico del planeta, más si se sabe
que su fortuna no cayó del cielo como el maná ni emergió
de las entrañas de la tierra como el petróleo? la creó,
multiplicó y.... bueno, no importa que más porque yo a
esta altura ni siquiera puedo imaginar cuánto abultan
mil doscientos millones de dólares.
¿Verdad que ya sabe a quién me refiero?
Bill Gates*1,
un multimillonario que según dicen ‘se hizo a sí mismo’.
Pero
si su ejemplo en el mundo de los negocios es digno de
tener en cuenta –y no me vengan con el software libre
que, yo quisiera que me dijeran cuántos empresarios
trabajan para regalar su producción- la admiración crece a
partir de un premio.
Y no
porque antes no hubiera sido reconocido por su labor sino,
porque el mundo hispano quizás no le dio importancia hasta
que el premio recibido habla su mismo idioma.
El
jueves 4 todos nos quedamos un poquitín mosqueados cuando
se anunció que Bill Gates y su esposa Melinda habían
obtenido el premio Príncipe de
Asturias 2006 de Cooperación Internacional.
Miramos nuestro ordenador (computador o PC, según el país
dónde estén ustedes leyendo), esperamos que cargara su
configuración después del último cuelgue y nos pusimos a
escribir este artículo.
El
jurado de la vigésima sexta edición del premio tomaba en
consideración la importante labor filantrópica que realiza
el matrimonio Gates a través de su Fundación, también y
para no cambiar de rumbo, la fundación privada más grande
del mundo, y no precisamente en extensión.
La
documentación del jurado dice que ésta: ’contribuye a
la salud global de la humanidad, dedicando considerables
recursos personales de sus fundadores, especialmente en el
continente africano, y aportando fondos indispensables con
el objetivo de erradicar enfermedades como la malaria, el
sida y otras que causan aún la muerte de millones de
personas al año’.
Podemos envidiarlo, podemos odiarlo o podemos admirarlo;
pero lo cierto es que estamos ante un hombre que muy por
el contrario de lo que dicen muchos de sus detractores,
vive en el mundo real y es consciente de las necesidades
de éste.
La
Fundación Bill y Melinda Gates, con sede en Seattle, fue
creada en el año 2000. Sus activos superan los 35.000
millones de dólares y su objetivo primordial se centra en
ayudar a reducir las injusticias existentes en el mundo.
En
los últimos años su prioridad ha sido investigar y
prevenir enfermedades infecciosas en los países del tercer
mundo, especialmente sobre el sida, la tuberculosis, la
malaria y la poliomielitis.
En
el año 2005 la fundación anunció donaciones por valor de
258,3 millones de dólares para luchar contra la malaria.
Esto
por sí solo supone incrementar en un 80 por ciento el
presupuesto que se destina a ello en el mundo.
Para
controlar la polio en los países más desfavorecidos ha
contribuido con 85 millones de dólares y conjuntamente con
el gobierno británico y aportando mil millones, inició un
plan de lucha contra la tuberculosis.
En
relación más cercana al país que otorga el premio, la
fundación mantiene un constante apoyo a los proyectos de
la Fundación Reina Sofía, especialmente a los relativos
con la atención a enfermos de alzheimer.
Y
con la lista podríamos seguir, pero basta decir que las
cantidades que la Fundación Bill y Melinda Gates pone al
servicio de la humanidad está en el orden de la mitad de
los beneficios producidos por la empresa Microsoft.
Los
demás aspirantes al premio Príncipe de Asturias para la
Cooperación Internacional lo hubieran merecido, sin lugar
a dudas, entre ellos estaba el Banco Mundial de la Mujer
pero, según palabras de otro de los jurados, la balanza se
inclinó a favor de Bill porque
‘no
es un capitalista normal, tiene una relación con el dinero
completamente diferente a la de la sociedad actual, ya que
para él no es más que un método para hacer cosas’.
No
se lo que piensa usted, pero yo, cuando sufra otro cuelgue
de mi Windows, creo que ya o me disgustaré con el fundador
del Microsoft.
 |
|
*1
William Henri Gates nació en 1955 en el seno de una
familia pudiente de Seattle (EEUU). Su padre era un
abogado de prestigio y su madre integraba el Comité de
Dirección de la Universidad de Washington y del First
Interstate Bank.
Casi niño aún, la programación le ocupaba horas que
otros jovencitos de su edad dedicaban a los juegos. |
Se
matriculó en la Universidad de Harvard pero dejó sus
estudios por lo que señaló como su gran sueño: los
ordenadores personales.
Una
quimera en cuya idealización Bill encontró un compañero de
camino: Paul Allen, con quién se enfrascó en el desarrollo
de sistemas operativos para PC.
Y
ese sueño tuvo nombre propio: Microsoft, una criatura cuyo
futuro aún es impredecible, que nacía en un pequeño motel
de la legendaria Ruta 66 y en la actualidad se conoce en
cada país del planeta.
Un
sueño tan real como que Microsoft, hoy día es la mayor
compañía de software del mundo que cuenta con una
plantilla de más de 55.000 empleados.
Se
le considera, a Bill, un maniático del trabajo, admirador
de Leonardo Da Vinci de quién, por supuesto, tiene en su
mansión varias obras originales.
Ya
no es más el Presidente Ejecutivo de Microsoft. Abandonó
el cargo en el año 2.000 para pasar a dirigir la compañía
desde ¿la sombra?, no podemos asegurarlo porque ocupa un
cargo creado exclusivamente para él: Arquitecto Jefe de
Software.
Almería, en el sur del norte, 9 de mayo 2006 (es el
cumpleaños de Ale) |