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En el Partido Nacional, el Partido de los Blancos, en
el que no han sido pocos los nombres que descollando
en el accionar partidario se han metido en la historia
misma del país, Aparicio Saravia tiene un lugar de
preeminencia.
Nació el 16 de agosto de 1856 en Puntas de Pablo Páez;
fue el cuarto de trece hermanos, hijos de Francisco
Saraiva y Propicia Da Rosa, hacendados brasileños con
propiedades a ambos lados de la frontera. |
Su
origen nos ayuda a comprender las conexiones que Aparicio
mantuvo con el poder político del Estado de Río Grande do
Sul y las ‘patriadas independentistas’ en las que
participó activamente y que lo llevaron, a la muerte de su
hermano Gumersindo, a ser nombrado General de las fuerzas
revolucionarias gaúchas.
El
apellido Saraiva fue castellanizado como Saravia.
Sus
padres le enviaron a estudiar en Montevideo en donde
apenas completó sus estudios secundarios porque dejó los
libros en un rincón para, adolescente aún, unirse a
Timoteo Aparicio en la Revolución de las Lanzas (1870-72),
contienda llamada así porque fue la última en la que estas
armas tuvieron preponderancia ya que en las próximas
entrarían a jugar su papel, las armas de fuego.
En
la Revolución de las Lanzas el joven Aparicio, con 15 años
de edad, conseguía el grado de cabo, lo que propició que
los enemigos le llamaran en forma peyorativa, ‘el cabo
viejo’, apelativo que 150 años después los blancos
reivindicamos orgullosos.
Tres
años más tarde sus ideales lo llevaron a pelear en las
huestes del Gral. Ángel Muñiz en la ‘Revolución
Tricolor’, ascendiendo por entonces a alférez.
En
1877 contrajo enlace con Cándida Díaz Suárez, sobrina de
un caudillo colorado.
Una
historia de amor que nos gusta recrear. La filiación
política de la familia de la novia no dejó a la pareja
otra alternativa que la fuga.
El
hombre que convocaría multitudes, una noche sin luna
llegó a la ventana de la mujer con la que habría de
compartir su vida y sin dudarlo, la subió a la grupa y
cabalgó con ella hasta su hogar en la Estancia El
Cordobés.
Ni
el nacimiento de seis hijos varones alejaría a Aparicio
del fragor de las luchas revolucionarias como la del
Quebracho(1886), siempre defendiendo los ideales
nacionalistas.
Aparicio(h), Exaltación, Ramón, Villanueva y Mauro,
criados en el respeto y el amor a la Patria y al Partido
Nacional, acompañaron a su padre en las revoluciones de
1896 y de 1904.
Cuando Aparicio siguió a su hermano Gumersindo en la
revolución federalista de Río Grande do Sul (1893-95), lo
hizo por lazos afectivos; los mayores de los Saraiva eran
brasileños pero los hermanos menores, como él, habían
nacido en el departamento de Cerro Largo.
Era
oriental y que se sentía tal lo demuestran sus palabras al
regreso de aquella campaña: ‘yo he cumplido mi misión de
acompañar a mi finado hermano. Ahora no tengo porque irme
a meter. Sobre todo soy oriental, como todos saben y no
tengo porqué ir a tomar armas en país extraño’.
Aparicio no aspiraba a cargos, siendo caudillo nunca entró
en Montevideo.
En
1897 disolvía sus tropas diciéndole a sus hombres, más de
quince mil gauchos dispuestos a dejar su vida por los
ideales: “Yo, improvisado General por la fuerza de las
circunstancias, abandono las insignias y os estrecho
contra mi corazón sin aspirar a mayores recompensas,
porque no la puede haber mayor que lo que me proporcionan
vuestra lealtad y vuestro cariño”
Pero
cuando se vuelven a olvidar las aspiraciones
nacionalistas, cuando el Pacto de la Cruz que tan caro
había sido en vidas es traicionado; los blancos de ley
volvieron para ponerse bajo su mando. Incluso el que
tiempo después sería uno de los más grandes estadistas
del Partido y del país, el doctor Luis Alberto de Herrera,
dejó su representación como diplomático en los Estados
Unidos para unirse a las tropas saravistas ante el llamado
del ‘águila blanca del Cordobés’.
Era
el momento en que la historia de la patria podría haberse
escrito de otra manera. Una bala, destino ¿o trama
humana?, lo impidió.
Aquel nefasto día en el que Aparicio era herido está
magníficamente ilustrado en parte del texto del artículo
‘¿Quién mató a Aparicio Saravia, el último caudillo
blanco?’ escrito por Tabaré Petronio con motivo de la
celebración de los cien años de la batalla de Masoller,
aquella en la que se segaba la vida del caudillo cuando
recién había cumplido 48 años.
“La
tardecita se entronaba en los campos de Masoller en aquel
mes de setiembre, las tropas del gobierno comenzaban a
sentir que su parque de municiones disminuía
vertiginosamente. Los blancos de Saravia sustituyeron el
choque frontal por la guerra de desgaste y se preparaban
para el alba venidera a dar la estocada con las tropas de
refresco.
Con esa acción los colorados del gobierno estarían
perdidos.
Fue en esa caída del sol, cuando Aparicio Saravia comenzó
a recorrer la línea de fuego alentando, como era su
costumbre, a sus tropas...”vamos muchachos, firmes...
mientras su sombrero y poncho blanco se destacaban en el
horizonte. No iba solo, unos metros más atrás le seguían
su abanderado Germán Ponce de León, su hijo Mauro de 16
años y un soldado brasileño. L.O.D.
Pasaba revista a la división 9 cuyo jefe era su hermano
Nepomuceno cuando comenzó la balacera sobre el General y
su equino, la tercera bala lo alcanzó en la cintura,
traspasándole el vientre de izquierda a derecha.
En ese momento comenzó a diluirse la revolución y el
último caudillo rural comenzaba su marcha hacia la muerte,
que aconteció el 10 de setiembre.
Después aparecen las dudas. ¿Quién disparó contra Saravia?
Escribe el profesor Mena Segarra...”No fue una bala
perdida la que lo hirió”...
Varias versiones florecieron, algunos se vanagloriaron de
aquel tiro certero, corrió el rumor de que habían sido
campeones de tiro argentinos contratados por el gobierno
para realizar “misiones especiales”, otros opinan que
fueron “espías” colorados infiltrados en filas
revolucionarias y otros opinan que fue algún “calepino”
que no quería que se concretara un tratado de paz que
dejara a Saravia como triunfador.
CABALGANDO EN HOMENAJE AL CAUDILLO LOS BLANCOS DE HOY
TAMBIÉN PRESENTES, MI GENERAL
Ciento cincuenta años después jinetes provenientes de todo
el país y también del sur de Brasil rindieron homenaje en
los pagos que le vieron nacer, al último caudillo de a
caballo del río de la Plata.
Cabalgaron por campos que ahora se cierran en alambrados;
acamparon en estancias que se abren a la modernización del
siglo XXI y sin embargo mantuvieron vivas las tradiciones,
fogón y mate amargo bajo la cruz del sur.
La
escarcha de la mañana no era suficiente para borrar las
huellas de otros centauros. Huellas que pasaron
desapercibidas para los sentidos pero que se hacían
presentes en los sentimientos.
Ningún blanco cabalga solo por los campos de la patria.
Cada
vez que se encumbra la bandera blanca y celeste y alguien
luce un sombrero con la leyenda ‘Por la Patria’, el gaucho
de la libertad envía un tropel de hombres valientes que
surge alborotando las madrugadas, al grito de ‘presente,
General’.
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Este año, uno de los jinetes que cabalgó hasta Puntas
de Pablo Páez era una mujer, defensora de las leyes,
de la que seguramente Aparicio, como blanco hubiera
estado orgulloso de contarla en sus huestes.
De poncho blanco, Adriana Peña Hernández dejó por unos
días sus despachos, el del Parlamento Nacional y el
profesional y durmiendo en el suelo, buscando el calor
de las llamas de las fogatas, saboreando la infusión
que es casi un distintivo de la patria, se presentó
ante el Cabo Viejo.
Adriana Peña Hernández, es Representante Nacional por
el departamento de Lavalleja. |
Ella
misma nos explica motivos y sentimientos nacionalistas que
la llevan a realizar esta cabalgata....’desde toda mi vida
política deseé hacer un homenaje de éste tipo a Aparicio
Saravia, en especial me motiva un sentimiento de patria,
de tradición, de acercamiento a los pagos donde Saravia
nació y que me da la sensación de trasmutarme en el
tiempo... ‘
Llegaron hasta la tapera que señala el lugar en el que el
16 de agosto de 1856 nacía un niño al que el destino
había señalado especialmente por los hados, para hacer
grande al Partido Nacional.
A
primeras horas de la mañana partían, más de trescientos
jinetes y mucha gente a pie, recorriendo en peregrinación
los seis kilómetros hasta el cementerio de Santa Clara del
Olimar para converger frente al panteón que guarda los
restos mortuorios de Aparicio.
El
grupo con el que marchó Adriana había salido desde Zapicán
‘uno de los pagos más al norte de mi departamento y voy
con gente, toda de Lavalleja’.
Para
llegar al lugar de concentración los diferentes grupos
pasaron por distintos lugares dependiendo de su origen.
....Fraile Muerto, Tupambaé, el grito de carga parece
retumbar en la tranquilidad de los campos orientales
Y
los ponchos blancos pasan, sombras y realidades, los de
ayer y los de hoy; entre ellos el poncho blanco de la
doctora Adriana Peña, miembro integrante de la Comisión
Permanente de la Cámara de Diputados de Industria, Energía
y Minería, delegada en la de Transporte, Comunicaciones y
Obras Públicas y vicepresidenta de la Comisión Especial de
Género y Equidad. ¿Qué diría Aparicio del sitial al que ya
llegan las mujeres blancas en nuestro gobierno, libre y
democrático gracias a su sacrificio supremo?
Su
poncho blanco también se agita con la brisa de la mañana
‘el poncho blanco es el sentimiento más profundo que un
nacionalista tiene; además es sentir el peso, la
responsabilidad y el amor por la patria en un trozo de
tela... es amor, es la gente, es campo, es sentimiento
profundo de tradición’
Las
tacuaras de los gauchos de Aparicio silban con el viento
¿fragor de batallas o continuidad de ilusiones?; los
blancos de hoy empuñan otras tacuaras ‘en el Parlamento,
nos vamos a las cuchillas siempre,... continuamente
tenemos que hacerlo ya que no tenemos la mayoría y hay
temas intratables.......es preferible no estar en sala en
el momento de la votación aunque la pelea de ideales y
pensamientos la damos igual y sacamos siempre la lanza
cuando esos temas que tenemos sobre la mesa son totalmente
fuera de lugar y de los ideales de patria que nosotros
tenemos y queremos’.
¿Puede alguien explicarle al mundo porqué se elige ser
blanco?, la respuesta de Adriana Peña puede quizás ayudar
a comprenderlo: ‘soy blanca porque quiero mi país porque
pongo por delante el querer hacer al querer tener para mi.
Porque desesperadamente quiero que el interior del país
tenga las mismas oportunidades que el resto; porque los
blancos sentimientos el campo, la producción de forma
distinta.
Porque peleo por la libertad de hablar, porque agradezco a
mi partido que las mujeres podemos votar, porque agradezco
a Saravia que tengamos representación proporcional.
Por
mil cosas que pasan por el corazón, porque me hierve la
sangre al sentir la Marcha Tres Árboles y porque la
canción de Aparicio... Aparicio... te estoy buscando...
¿dónde estás general de poncho blanco?,.... andarás por el
cielo, naides lo dude....’ y hay emoción en su voz cuando
dice: ‘te aseguro... su poncho es nube’.
Almería, en el sur del norte, 16 agosto 2006 |