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Las
luces de Navidad brillaron menos quizás porque las
bombillas de colores también tienen alma y ésta se
entumeció ante el estrépito de la guerra que no se detuvo
porque el Hijo del Hombre llegara al mundo.
Nadie
se acordó de pedir una tregua para que Papá Noël no fuera
a morir por la explosión de un coche bomba o un tren que
no llegaría a destino.
Demasiado hambre, demasiada desesperación, demasiados
cercanos los recuerdos de la destrucción en las Antillas y
la desesperante miseria de los haitianos; todavía
visualizados en las retinas la escuela de Osetia del Norte
y sus niños, inmolados en una lucha de la que no formaban
parte.
Las
copas se levantaron en un brindis casi tímido y dejamos
para después del día de Navidad, el balance de un año que
no dio respiro al dolor.
Masticamos el turrón que nos dejó un sabor ácido quizás
porque entre nuestras papilas aún permanecen residuos
salobres de lágrimas que aún los menos sentimentales no
han podido ocultar.
El
2004 no fue un año como otros. Aún está muy cerca para
darle un lugar en la historia pero seguramente lo
recordaremos como el año en el que todas las miserias
humanas escaparon de la Caja de Pandora.
La
decapitación de seres indefensos como forma de presión a
los gobiernos; la vejación de prisioneros; la destrucción
de ciudades con biliosos y poco sostenibles argumentos de
autodefensa de una democracia vejada; humillada desde que
se la proclama como pretexto para matar e imponer la
muerte.
Nuestro trozo de turrón tuvo el gusto amargo de los que
saborearon, real o supuestamente, cuarenta millones de
seres infectados de sida. Pero la Noche Buena pasó y
esperábamos que terminara el día de Navidad para hacer el
tradicional balance de fin de año.
Darfur, donde tres millones de hombres, mujeres y niños
esperan en vano una esperanza que nadie les brinda, abre
la lista de los fracasos de la institución en la que todos
ponemos las esperanzas de paz.
En el
2004 las Naciones Unidas aparecieron a los ojos del mundo
incapaces de contener y encausar; el Organismo se desangra
transformado en un anfiteatro donde las decisiones se
negocian y las verdades se disfrazan.
Un
muro se levanta, ignominioso sobre las tierras donde hace
dos mil años los poderosos hincaron su rodilla ante un
niño humilde y le llamaron Rey de Reyes y en esta parte
del mundo preparamos el recibimiento de un nuevo año y en
el frigo guardamos una botella del mejor champagne.
Las
hojas donde anotamos en escueto resumen un pretendido
balance del año que finaliza se salpican de manchas
negras. Las observamos con recelo y buscamos
explicaciones.
Sangre seca, sangre mal oliente que desborda los ríos de
Chechenia y satura los pozos de Irak; en los campamentos
de refugiados del Chad el hambre y la sed no dan tregua.
Mientras escribí el párrafo anterior cinco seres humanos
murieron de inanición, dos de ellos tenían menos de cinco
años y en nuestra mesa se amontonan los dulces y salimos
presurosos a realizar las últimas compras del año.
El
festejo requiere luces y las luces tintinean, cansadas en
su inhumano arrepentimiento, de iluminar tanta desidia.
El
balance del año 2004 se cerró en España con la muerte de
74 mujeres por violencia doméstica y miles más en el resto
del mundo; en Colombia las Farcs siguen secuestrando y en
Chile un dictador sigue haciéndose el loco para que no le
recuerden ni los estadios de fútbol sin fútbol, ni las
tumbas comunes.
Fue
un año diferente, un año en el que más que esperanzas se
cimentaron temores. Un año en el que los logros
científicos, que los hubieron importantes, no alcanzaron
para suplir el horror.
En
Marruecos, a diez meses del terremoto aún se lloran los
desaparecidos y los sismos recorren en olas de muerte los
países más pobres. ¿Será la ira de los dioses lo que hace
temblar la tierra?
¡Con
cuánta ilusión esperábamos el final de tanta desazón! ¿Qué
más podía suceder en un año en el que ni la naturaleza ni
los hombres habían escatimado artimañas para destruir?
Faltaba un golpe más, un golpe bajo como todos los que nos
había pegado el 2004. Un maremoto asoló Indonesia, Sri
Lanka, Tailandia y la India y la gente murió… cuando los
gobiernos llegaron a los ciento cincuenta mil se cansaron
de contar pero son muchos más los que ya no existen.
Una
catástrofe sin precedentes en las últimas décadas. Nunca
se sabrá cuántos fueron los muertos; más de la mitad
fueron niños ¿Doscientos mil? ¿Quinientos mil?
Mientras los cuerpos se entierran en fosas comunes, sin
ceremonias y sin siquiera intentar darles un nombre, la
tierra se sigue sacudiendo y el temor a otras olas
gigantes se apodera de millones de personas que lo han
perdido todo.
En el
brindis se había incrustado la desesperanza pero el año
terminaba y nada peor podía suceder… ¿qué más si la
humanidad ya no tenía fuerzas para clamar por un respiro?
La
copa se llena de bebida espumante. ¡Por un 2005 mejor…!,
apenas hemos probado el champagne y éste se torna ácido
en nuestras bocas… el fuego… Buenos Aires, tan cerquita
del paisito, tan caminadas sus calles… la imprudencia, la
avaricia, ciento ochenta muertos más para la lista y
recién hemos comenzado a garabatear en una hoja en blanco,
el dolor de un año que comenzó con dolor.
Almería, el sur del norte, enero 3 de 2005 |