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Ruido: sonido inarticulado y confuso, más o menos fuerte.
RUIDOS MOLESTOS
I
Las
olas desvaneciéndose en la playa; el soplo del viento
entre las ramas, las azadas abriendo surcos en las
quintas, esos son ruidos que escuchamos con placer.
Pero
el ruido como sonido estridente, ese generalmente nos
disgusta.
No
nos gustan los últimos ruidos de las multitudes
destrozando escaparates en las ciudades francesas, por el
hecho de no estar de acuerdo con su Gobierno, como si el
comerciante que tiene que pagar la reposición de
cristales, a más de tasas e impuestos, tuviera obligación
de recoger los platos rotos.
Tampoco nos ha gustado el de las huelgas de estos días en
España -carbón, transporte, sanitarios, pescadores y suma
y sigue-, ni los insultos, más recientes y pan de cada
día, entre sectores parlamentarios en el Hemiciclo del
Congreso de Diputados; realmente envidia de cualquier país
bananero.
No
nos gustan los ruidos que comienzan a llenar los
telenoticieros todas las noches.
Hay
muchas clases de ruidos, algunos parecen silbar antes de
estallar.
Si el
estallido ocurre en lo alto convertido en estrellas de
colores esperamos el zumbido con entusiasmo, mas si la
detonación se mimetiza con la sangre y el olor a carne
destrozada y no se desvanece hasta que el último hierro
arrojado por los aires cae y el último grito se acalla,
entonces no quisiéramos haberlo oído.
Pero
el ruido del mundo se percibe. No importa a que distancia
estemos, siempre habrá un retumbo que llegue hasta donde
estamos.
La
verdad es que los ruidos están dejándonos sordos pero en
esta especie de sordera siempre les percibiremos.
Podremos tratar de ignorarlos, tal vez no los escuchemos
pero no dejaremos de oírlos.
Hay
jaleos de muchos tipos e intensidad, algunos se repiten
cada vez más fuerte en muchos países.
¡Que
me digan del ruido crepitante de los vagones del tren
incendiado en la estación Haedo en Argentina!
Aunque la verdad, no debe haber sido mucho para el volumen
al que están acostumbrados por allí.
Allá
ahora es común el ruido de las muchedumbres reclamando
justicia. Chile, Argentina y ahora Uruguay con las palas
excavando en los cuarteles, oyen esos sonidos que retumban
dentro de cada uno en apabullante mutismo.
Ahora
es griterío pero los extraños no se enteran siquiera. Cada
pueblo tiene su silenciado griterío.
El
nuestro está representado por una maestra y un peón de
campo. La maestra no alcanzó a cruzar el terreno alrededor
de una embajada y se violaron sus fronteras. El trabajador
rural tropezó con una tatucera y descubrió algo que no
debió haber visto. Los verdugos no fueron los mismos y los
muertos no entendieron de igual forma su destino, pero el
clamor es idéntico.
RUIDOS INSALUBRES
II
Insalubre: que daña la salud
Nuestra existencia es bombardeada constantemente por
sonidos expresados en altísimos decibelios.
Atraviesan las puertas cerradas de los locales bailables y
ensordecen desde los auriculares que transforman la música
en castigo, al menos para quienes aún no hemos perdido la
audición a causa de tanto ruido.
Quienes trabajan con maquinaria demasiado ruidosa deben
protegerse pero hay lugares del planeta donde no existen
los medios.
En
otros casos el estrépito nos toma por sorpresa cuando en
la calle tropezamos con un operario utilizando una
perforadora neumática o el silbato de una máquina nos hace
dar un respingo.
¿Quién puede haber asegurado que el trabajo es salud?
No
creo que fuera el labriego que en el silencio del campo se
lleva la mano a los riñones para calmar el dolor, producto
de horas inclinado sobre el arado. ¿Salud?
Salud, lo que se dice salud es lo que se consigue después
de un mes de relax en una playa semi solitaria, durmiendo
en una cabaña de troncos con los ventanales hacia el este
para ver salir el sol…. antes de irnos a dormir.
Porque el sosiego y el silencio están recomendados siempre
que se les dosifique con el esparcimiento y una mesurada
pero nada tilinga movidita nocturna, que no es descartable
que pueda ser también diurna.
Lo
cierto es que eso de que a quién madruga Dios le ayuda no
me inspira; prefiero aquello de que no por mucho madrugar
amanece más temprano y, si el alba es el broche de este
collar, puedo aseguraros que nada más espectacular que
esperarla caminando por la orilla del mar mientras
descubrimos la claridad del día emergiendo detrás de las
montañas.
Pero
aún así, siempre habrá quién protestará porque el gallo se
durmió y dirá que la culpa es de aquellos que ‘tienen
cambiado el sueño’; y reclamará una orden superior que
obligue a estar de pie a las siete de la mañana en aras
del bendito don del merecido trabajo.
¿Merecido?, obligado sí, pero ¿realmente hizo usted algo
tan malo como para merecer esa corrida diaria para señar
su tarjeta a una hora siempre más temprana que la deseada,
en lugar de disfrutar de un buen desayuno con chocolate y
churros a las diez de la mañana?
Del
ruido ya seguiremos hablando, pero lo que no podemos
demorar en dejar bien determinado es que el trabajo tan
alabado, mata en el mundo más de dos millones de personas
al año.
Y no
lo digo yo, ni es una cifra sacada de la chistera de un
prestidigitador, el preocupante número surge de las
estadísticas de la OIT, sigla que nos indica que es la
mismísima Organización Internacional del Trabajo la que lo
asegura.
Si
señor, sepa que mientras usted se preocupa por ser un buen
trabajador, más de dos millones de colegas pierden la vida
cada año en accidentes laborales o por enfermedades
profesionales.
Comprenderá ahora porqué se oye tan fuerte el ruido que
hacen los trabajadores cada vez que un obrero de la
construcción cae de un andamio; un pequeño grupo de
mineros queda atrapado a cientos de pies bajo la
superficie o los maestros y policías se quejan por los
bajos salarios que reciben por formar y defendernos a
todos nosotros.
Deje
que hagan ruido y no tema unirse a ese ruido. También hay
ruidos saludables.
RUIDOS OFENSIVOS
III
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Ofender: Hacer o decir algo que demuestre falta de
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respeto o consideración.
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Cada
día nuestros hogares se ven invadidos por ruidos
humillantes.
Humillar es denigrar y denigrar es ofender la opinión o
fama de una persona.
No es
usted ni soy yo, pero formamos parte de quienes dan ‘alas’
a este tipo tan globalizado de ruidos.
Mientras los libros duermen el silencioso sueño del olvido
un aparato parece ser indispensable para la existencia.
Tan
necesario que podemos vivir sin una enciclopedia o carecer
de un pequeño diccionario, pero no concebiríamos nuestro
día sin un televisor.
No
importa si no sabemos que río cruza de este a oeste el
Uruguay, ni si alcohol se escribe ‘alcol’, lo que sí
debemos conocer sin margen de error es el número de
amantes que han pasado por la vida de un famoso jugador de
fútbol o el motivo que llevó a una conocida actriz a
solicitar el divorcio de su tercer marido.
Antes
se les llamaba ‘marujas’ o ‘chismosas’ según la cultura
del lugar. Ahora son ‘periodistas del corazón’ y como ya
los famosos han sido exprimidos –aunque siempre sueltan
algún jugo para alimentar este juego-, resulta que estamos
obnubilados oyendo como un perfecto desconocido nos cuenta
con pelos y señales su vida amorosa que ni siquiera por
morbo llega a interesarnos.
Y
oímos todo el ruido de los llamados programas basura sin
levantar la voz como con temor a que el bochinche llegue a
tanto que pudiera explosionar la pantalla chica, generando
el caos en nuestra vida.
Yo
creo que hay muchas cosas que necesitan cambios en este
mundo pero pocas de tan fácil e improbable solución como
la programación televisiva. Y no importa si estamos
viéndola en México, Madrid, Buenos Aires o Caracas.
Cada
tanto se nos permite disfrutar de algún buen programa que
no dura más de tres, de las dieciocho horas durante las
que nos estupidizan con seriales para mentes aburridas y
programas llamados ‘del corazón’ y en los que lo único que
parece importar es quién se acostó con quién.
Prefiero no hablar de la cartelera televisiva porque yo
también soy culpable por encender el aparatejo y no me
libra de la flaqueza ni el hecho de que pase frente al
mismo sin prestarle mucha o ninguna atención: está
encendido y se contabiliza en el ranking.
Tampoco quiero esta semana hablar de las pateras que
siguen cruzando hacia las costas andaluzas a pesar de las
bajas temperaturas, los muertos del último fin de semana
ni los más de trescientos niños y adolescentes que en los
últimos dos meses han completado el cruce.
Son
menores y no hacen mucho ruido porque tienen frío, están
solos y ni siquiera encuentran ya lugar en los Centros de
Menores. Andalucía está desbordada con los casi dos mil
que han llegado en el último año, y sus autoridades hablan
en voz alta, o sea que hacen ruido, reclamando soluciones
a un problema demasiado complejo.
Las
instalaciones de los Puertos de Almería y Granada se han
convertido en alojamientos provisorios para menores
inmigrantes, una solución provisoria que no hace más que
augurar un desenlace que parece, será la devolución de los
niños a territorio marroquí, y que de concretarse generará
un enorme ruido desde los organismos de Derechos Humanos y
defensa de menores. Hasta ahora los inmigrantes ilegales
mayores de edad eran deportados en forma inmediata, pero
no sucedía lo mismo con los menores que permanecían en los
centros de acogida donde se les daba albergue, alimentos y
educación.
Este
monumental ruido está por llegar pero yo no quiero
contribuir al mismo hablando de una latente xenofobia que
se extiende día a día por Europa, ni quiero denunciar que
siguen apareciendo inmigrantes subsaharianos abandonados
a su suerte en el desierto marroquí.
¿Para
qué voy a hacerlo si mañana ya no será noticia?
Como
no lo son, más que por escasas horas, los misiles que
matan selectivamente, ni los kamikazes que no tienen más
de diez años al momento de inmolarse; un ruido que no
alcanza a mantenerse en los titulares porque acaso… ¿le
interesa al mundo el porqué de tantos ruidos?
Simplemente son sonidos, ecos humillantes que denigran a
media humanidad y condenan a la otra mitad.
RUIDOS DE TRIUNFO
IV
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Cuando el jaleo surge del aplauso y la victoriosa alegría
de un lauro, entonces, bienvenido sea ese ruido.
‘Ruido’ con mayúscula, un ruido uruguayo del que me siento
orgullosa. Es
posible que hace poco menos de un mes pocos uruguayos
pudieran responder sobre ‘Ruido’, una película nuestra que
pocos compatriotas fueron a ver.
Personalmente siempre me ha gustado buscar frases que
contrarresten el peso de otras que parecen sentencias,
como aquella de que no se suele ser profeta en la
propia tierra. |
Yo
diría que en algún momento se comienza a serlo, porque
cuando se persevera se vence y eso es precisamente lo que
le pasó a Marcelo Bertalmío, que hace años hizo una
película a la que en Uruguay se la subvaloró llevándola al
rango de las fruslerías.
Lo
que en realidad sucedió fue que la crítica le dio muy poco
valor y el público que se dejó –mal aconsejar- no se
interesó por elaborar su propia opinión.
¡Que
sería del arte si no se hubieran rectificado tantísimas
primeros juicios!
La
cuestión fue que Ruido, como muchos incomprendidos, ha
tenido que salir fuera de fronteras para ser oído en todo
su estrépito.
Y el
estallido se produjo en SEMINCI 2005, la Semana
Internacional del Cine de Valladolid que finalizó el 29 de
octubre.
Un
festival que este año cumplió su medio siglo de vida y en
el que participaron más de doscientos filmes de los que
quince compitieron por las codiciadas Espigas, de Oro y de
Plata.
En
esta edición el cine latinoamericano recibió varios
importantes galardones entre los que contamos la Espiga de
Oro que correspondió al film ‘En la cama’ del chileno
Matías Bize.
La
Espiga de Plata se la llevó el mexicano Raúl Aguilera por
‘9 y 20’; también recogieron premios el brasileño Vicente
Ferraz por ‘El mamut siberiano’ y el argentino Fernando
Solanas por ‘La dignidad de nadies’; los largometrajes
españoles ‘Segundo asalto’ de Daniel Cebrián y ‘Vida y
color’ del guionista Santiago Tabernero se sumaron a los
éxitos obtenidos por Juan Millares en la categoría
documentales, quién compartió su primer premio con el
argentino Solanas mientras que otro español, Iñaki Artela
se ubicaba en el segundo lugar.
No
fueron los únicos premiados pero sí los que sentimos más
cercanos por nacionalidad e idioma, pero no queremos
omitir en nuestro resumen al danés Lars Von Trier, el ruso
Mihail Kalatozov o el alemán Michael Haneke entre los
muchos representantes del cine europeo.
Todos
merecieron nuestro estrepitoso aplauso. ¡Bonito ruido!
Y
mucho ruido queremos hacer para hablar del ‘Ruido’ tan
explosivo en Valladolid como para ser el preferido del
público.
Porque el film uruguayo, presentado dentro de la categoría
de largometrajes, recibió precisamente el Premio del
Público.
Y así
es como Ruido, que ni siquiera fue visto por el público
uruguayo, fue aplaudido por otro público acostumbrado a
juzgar a los mejores y que le eligió, quizás porque es una
historia a la que muchos desearían poder engancharse: la
de Basilio, un hombre que a punto de suicidarse da de
bruces con un juerguista profesional que logra
reengancharle a la vida.
Otra
forma de hacer sentir el propio ruido de la existencia de
cada uno mientras esperamos los ruidos que se oirán en las
monarquías europeas, donde una incipiente generación de
futuras reinas, que tiene a su exponente más pequeña en la
Infanta Doña Leonor de España que llegó a este ruidoso
mundo el 31 de octubre, sin siquiera tiempo de haberse
dado por enterada aún, del alboroto que ya ha creado su
nacimiento conjugándose la necesidad de modificar la
Constitución para que como mujer tenga plenos derechos
sucesorios.
Por
algo las mujeres hemos hecho tanto ruido para tener
igualdad de oportunidades, que no es lo mismo que ser
iguales, ¡Válgame Dios!, no me imagino con barba y bigote
y me gustan las equidades cuando existen diferencias.
Desde
Almería, en el sur del norte, 3 de noviembre de 2005 |