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Desde lejos la pérdida de un
amigo que ha quedado allí, en el país que diariamente
escribe en el diario de los recuerdos de cada uno de
nosotros, se agiganta porque se nos van achicando los
nexos, las referencias y hasta ese ‘hasta algún día’
pierde significado cuando nos damos cuenta de que serán
tantos menos los que estarán esperándonos a nuestro
regreso.
Y desde la distancia
descubrimos que duele tanto la pérdida de un amigo
entrañable con el que vivimos momentos inolvidables como
la del compañero de trabajo o del conocido casual. Todos
ellos formaban una trama compacta que se extendía en forma
invisible para afianzar lazos, mantenernos anclados a una
identidad y a una manera de ser: uruguayos.
¿Cuántos nos han dejado en
tan poco tiempo?, ¿Cuántos de los que aún están allí se
preguntarán si yo no me habré ido también?, porque viajar
no es irse, apenas si es un cambio de lugar; irse es ya no
estar físicamente, porque espiritualmente ningún amigo
termina de alejarse mientras una sola mente le recuerde.
Un día me enteré que Luis ya
no estaba… Luis, el tesorero del Ci.P.E.T.Ur. ¿Verdad que
quienes fueron sus amigos lo recuerdan?, y se fue Cota, y
se fueron tantos, muchos por los que seguramente voy a
preguntar cuando vuelva y cuya ausencia, ya hecha
costumbre para quienes están allí, a mi me arrancará una
lágrima extemporánea.
Están aquellos que componen
ese círculo en el que profesionalmente nos movimos y por
eso resultan especialmente cercanos más allá de cuánto
tiempo podamos haber estado sin saber nada de ellos.
Uno de estos amigos fue Raúl
Forlán Lamarque. ¡Y como hubiéramos deseado seguir sin
saber de él si ello llevara implícito su permanencia entre
nosotros!.
Conocí a Forlán en la
redacción del diario La República. Amigo que más de una
vez me tendió la mano con ese gesto de ayuda al compañero,
que hasta se empeñaba en que pasara desapercibido.
Hacía muchos años que no lo
veía pero lo recuerdo, ágil en la búsqueda de la
información, de su escritorio a las teletipos, de las
fotocopiadoras a la máquina de escribir y luego a los
ordenadores, escribiendo de cine, de arte, de teatro, de
los artistas nuestros y los de fuera de fronteras;
promocionando, apoyando; crítico con la justa vara del que
sabe.
Capaz de disfrutar de una
broma o de fruncir el ceño y mostrar en su rostro la
desaprobación cuando algo no le gustaba pero siempre
dispuesto a escuchar.
Me duele saber que desde
ahora hay otro nexo menos con el pasado. Me conforta darme
cuenta que no es un recuerdo menos porque,
incomprensiblemente, la muerte trae a la memoria escenas
pasadas que ya habíamos arrumbado detrás de los cortinados
más espesos de la memoria.
Raúl, cuando un amigo se va
nos está abriendo caminos para también allá enseñarnos
cuando lleguemos, a hacer mejor nuestras tareas.
Gracias por haberte conocido
Raúl Forlán Lamarque
Almería, el sur del norte,
septiembre 27 de 2004 |