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Ac’ando, ma’burrido
que perro sin cola.
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La patrona se jué pa la capital pa’ser las compras de
la Navidá y yo ando por darle máiz a la bataraza qu’aún
quedan unos días más pa’quengorde, que la patrona leyó
en una d’esas revistas que cuentan de que una china le
quitó el hombre a cual otra, qu’en las mesas de
altalcurnia pa’la Noche Güena se sirve pavo reyeno y
como en el gallinero sólo hay tres batarazas y dos
coloradas, elegimos a la más grande.
La Escularia, qu’esa es mi patrona, dice qu’é lo
mismo, tuitos son pájaros de corral y ésta’nda
cloqueando contenta de tanto máiz que se traga y ya
está grande como pavo contento. |
El que me’stá dando unos güenos digustos es el lechón que
reservamo p’al Año Nuevo. La chancha s’adelantó y en vé
de’un mamonsito vamo a comernos cuasi un cerdo.
Bué’ m’amigo el Agapito, el de la Juana, el que se jué pa’las
Europas el otro año me mandó decir qu’allá pa’la Navidá
cae nieve y tuito. Yo l’escribí y le conté qu’había visto
la cosa blanca esa, un día que la Escularia me llevó a
verla a la tienda grand’esa qu’está dond’antes ponían los
presos y qu’ahura llaman yópen de la Punta de la Carreta.
Nosotros nos perdimos pa’ir porque el gurí que manejaba el
tasí qu’agarramos en las Tres Cruces cuando bajamo del
ónibu no nos entendió cuando le dijimo que queríamos ver
la nieve en la carreta.
Agarró pa l’Agraciada y mire que yo le dije qu’era pal
otro lau, pero él, que la carreta estaba por el viaduto y
p’allá enfiló el renó negro que manejeaba y nos dejó,
solos y más perdidos qu’ombú sin pampa; pero la Escularia
no se m’achicó y como vide un grupo de gente p’allá se jué.
Resultó q’ademá d’indios eran d’un jierro, que despué me
dijeron que se llamaba bronce. Por suerte pasó una mujé
con uniforme’e milica y nos enseñó donde tiníamos qu’agarrar
el coletivo p’a la punta de las carretas.
¡Cruzar l’avenida ésa, sí que risultó difícil ch’amigo! La
gente andaba tan apurada por las navidades que a la
Escularia, si no la cazo de la pollera, me la llevan en el
capó d’un peyó qu’iba que se las pelaba.
Cuando llegamo al yópen nos paramo debajo del’arbolito, y
mientras la Escularia miraba el reló porque parece ser que
la nieve cáia solo cuando el reló quería, yo pensaba en
cuant’abono l’habrían ponido a semejante árbol pa’que
creciera tanto.
Estaba mirando p’arriba y me cayó’lgo en el ojo que m’hizo
llorar. Los gurises gritaban q’era nieve, pero no’staba
fría y cuand’abrí la boca p’a decirle a la patrona qu’esa
nieve no era como l’había visto en las revista,
m’atraganté que tuvieron que venír los paralomédico, esos
q’andan por allí cuidando la gente.
Una señorita de l’aministración que me trajo un vaso’e
agua para desatorarme, me dijo que esa nieve era’e
artificio.
Fíjese ch’amigo, semejante viaje pa’no ver más q’una nieve
de mentira y entuavía qu’esa escalera que se mueve sóla
casi me traga un pié y me terminó de deflecar l’arpargata
de los domingos.
¡Y todo porque la patrona quería ver una Navidá blanca
como cantaban los gurises en los villan de sicos esos.
DESATINOS NAVIDEÑOS
Cada colectividad, cuando se traslada a lugares que tienen
otras costumbres, procura mantener las propias… las
importa e intenta imponerlas con mayor o menor éxito.
Hace unos años era impensable adquirir yerba mate en
Europa; hoy día la podemos comprar en muchos comercios
españoles, y no sólo en los de propiedad de argentinos o
uruguayos; la gran afluencia de latinos apareja demandas
de productos que hasta hace poco eran considerados
exóticos y los comerciante han encontrado en ello un nuevo
filón para incrementar sus ventas.
Eso sí… todavía es imposible conseguir un tapón cebador.
Termos se venden, pero para guardar café y otras bebidas y
no con la finalidad de cebar mate.
En los tiempos de la emigración europea hacia tierras
americanas sucedió lo mismo. Desde Europa llegaron a
América costumbres y tradiciones y una de ella es el menú
de Navidad.
El pavo y el puding inglés son acertados en las frías
navidades de la América del Norte pero ¿Qué tienen que ver
los turrones, los panes repletos de pasas y frutas
abrillantadas, las nueces, las almendras y todas esas
“delicias” que suman desfachatadamente caloría tras
caloría en nuestro organismo, con nuestra tórrida Noche
Buena?
Españoles, Suizos, Italianos, Alemanes pretendieron
celebrarla como si las nieves de los diciembres europeos
pudieran incrustarse en los casi 36 grados del verano
austral.
Y aunque en el sur el turrón se ponga pringoso por el
calor, las nueces sean más apetecibles en un mes de junio
y las frutas glaseadas parezcan llorar como si intentaran
derretirse, aquellos emigrantes que arrastraron tras si la
desazón de abandonar sus familias y sus países nos
impusieron el casi deber de servirlas en nuestras mesas en
esta época.
Y como la comida, otras costumbres que chocan con nuestra
realidad. Pinos cubiertos de nieve, Papás Noel de traje de
grueso paño y pieles en un trineo con patines de hielo
tirado por renos.
¿No estaríamos acaso acertados si cubriéramos de
guirnaldas un algarrobo o un ñandubay que son árboles de
nuestra flora indígena?, o tal vez lo apropiado sea tomar
por Árbol de la Navidad una palmera, más apropiada a la
tierra donde nació el Niño Jesús.
¿Qué tal si nuestro Papá Noel llega en patinete tirado por
ñandúes y vistiendo unas rojas bermudas?
Ya sé que me dirán que lo importado, importado está y por
importado es mejor, y que aunque el 26 debamos solicitar
la baja en el trabajo, seguiremos masticando panetones y
rellenando pavos con almendras, pasas y dátiles.
Almería (el sur del norte) diciembre 2003 |