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Casas bajas y calles con aroma a jazmines y colores de
malvones. Así recuerdo yo el pueblo de Conchillas y
seguramente así la recorre todos los días María Esther
Giribone cuando, buscando ganarle al sol del amanecer,
da inicio con una reconstituyente caminata a un día de
actividades tan dispares, o tan similares, como la de
escribir y la de traer niños al mundo, que no es otra
cosa que ayudar a nacer.
El día de María Esther es un mundo que se construye
con cosas simples como la de embelesarse ante una
puesta de sol al otro lado del río como mar; cuidar de
un jardín que explosiona de lujuriosa belleza; cubrir
un turno de partera en el sanatorio carmelitano, o
ponerse a escribir un libro.
Un libro que alguien le empujó a iniciarlo y que tiene
sus comienzos en un empellón de esos que algunas veces
se reciben de parte de amigos. En este caso amigos de
internet que creyeron, y no erraron al hacerlo, en sus
dotes narrativas. |
Nació en la ciudad de Carmelo en el último día de un mes
de octubre. Vive, al menos digamos que en la actualidad su
casa se ubica en Conchillas, aunque sus actividades
implican continuos viajes a Carmelo y Montevideo, viajes
de los que no reniega ya que se la puede considerar una
viajera que en lo posible satisface su interés por
recrearse con paisajes diferentes.
¿Podemos entonces extrañarnos que de la percepción de una
mujer así, surja un libro como “POR LAS CALLES DE
CONCHILLAS”?
POR LAS CALLES DE CONCHILLAS es el relato de su llegada,
cuando por razones de trabajo se radicó en el pueblo; el
recibimiento que le dio la gente; su propia integración a
aquella forma de vida, diferente a la que estaba
acostumbrada. Una vida y un cúmulo de historias y
anécdotas que, con el prólogo de la profesora Myrtha
Bonilla Monegal y con una ilustración de tapa realizada
por el hijo de la autora, conforman la obra que será
presentada este viernes, 5 de diciembre, a las 19 horas en
Montevideo, en la sede de la Asociación de Escritores del
Interior en la calle Miguelete 1686.
No dudamos que a partir del sábado las calles de
Conchillas tomarán otro ritmo y que María Esther será
interrumpida más de una vez en esos paseos que tanto le
gusta realizar por ese pueblo que aún hoy conserva
reminiscencias de su pasado de paredes de piedra asentadas
en cal y barro, techos a dos aguas de zinc pintados de
rojo y, confundiéndose con el que con tanto esmero cuida,
siempre los jardines.
Almería (el sur del norte), diciembre 2003. |