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No
teníamos intención de quedarnos con él. Esa fue su decisión y no la nuestra.
Para nosotros la libertad tiene mucho valor, incluso la suya, pero él eligió
otra clase de libertad.
La historia comenzó un domingo de sol, en la rambla de Piriápolis, cerquita del
puerto hacia donde nos dirigíamos con el mate y el termo bajo el brazo, como
corresponde a una familia uruguaya que pasea una soleada tarde de invierno.
No llegamos al puerto. Sobre las rocas de la orilla había una ave empetrolada.
Podía ser un pato o, como resultó, un pingüino.
No es extraño que a las costas de Uruguay arriben pingüinos. Lo que no es tan
común es que estos sobrevivan mucho tiempo y menos aún que adopten a una familia
para que los cuide.
Al principio pensamos que estaba muerto y nos lamentamos de ello y de las
malditas manchas negras en el mar; pero, cuando nos disponíamos a seguir nuestro
paseo, tal vez con un último instinto de sobrevivencia intentó levantar la
cabeza.
Antonio buscó un sitio por donde bajar a las rocas y, un poco en equilibrio de
una en otra llegó hasta él. Me lo pasó y yo, sin saber como tomarlo lo metí en
una bolsa que llevábamos para llevar a casa el pescado que pensábamos comprar en
los puestos del puerto.
Norberto y Viviana, con sus ocho y cuatro años estaban excitados y sentían la
curiosidad lógica sobre el pobre animalito que, en su incómodo transporte debía
soportar la inquisitiva vigilancia de Cani, nuestra caniche de la que debía
alejarlo todo lo posible.
Al llegar a la casa nos pusimos a observarlo.
Negro, totalmente negro por dentro y por fuera. Pero no era el negro del color
de sus plumas, era un negro pegajoso que le cubría desde el pico hasta las patas
y por dentro del pico hasta donde nos era posible ver.
No teníamos idea de cómo salvar a un pingüino de aquella trampa. Ahora existen
organizaciones que se ocupan de atender estos casos, pero en aquel momento no
había ninguna y el desgraciado solo contaba con nuestra escasa sapiencia.
Y no nos engañamos al respecto. Ni el dueño del supermercado con el que nos
habíamos encontrado en nuestro regreso a casa, ni el veterinario al que llamé
por teléfono para consultar que podía hacer, ni el farmacéutico vecino nuestro
donde fui a comprar un producto para limpiarlo, sabían más que nosotros de cómo
salvar la vida de un pingüino empetrolado.
Bueno, algo sabíamos y era que para aquella ave quedarse así significaba una
sentencia de muerte, y si Daniel y Alejandro, cuando tenían la edad de Norberto
y Vivi, un día me llevaron un colibrí desmayado para que lo resucitara… según me
pidieron, y quiso Dios que el colibrí se recobrara ¿cómo no iba a sacar del
aprieto a aquella criatura que me miraba con algo así como una súplica en sus
pequeños ojitos redondos.
El disán se vende en Uruguay como producto derivado del petróleo para limpiar
precisamente las manchas de éste. Yo no dudaba de su eficacia pero también
conocía su toxicidad. Mi trabajo debería ser concienzudo y exacto.
Tiras de una toalla empapadas en el producto que iba pasando por encima de las
plumas. Luego un baño en agua limpia para sacarle los restos de disán. Este
tratamiento lo repetí diariamente por más de dos meses hasta que cada pluma
estuvo completamente limpia.
Pero aquel primer día había otro problema que solucionar. Podíamos limpiarlo
pero si no lográbamos que comiera la tarea sería inútil y ‘Pingüi’ ya lo
habíamos bautizado así, se negaba a tragar.
El pescado que Antonio fue a buscar, ahora expresamente para él, no parecía
entusiasmarlo.
Las madres tenemos muchos trucos para hacer comer a nuestros niños y yo tengo
cuatro hijos pero nunca había tenido que utilizar aquel. Comencé por moler un
poco de pescado y empujarlo con los dedos hasta más allá de su garganta.
Lo cierto es que no tenía ni idea de si estaba haciendo las cosas, bien, regular
o mal. Con Pingüi toda nuestra experiencia fue creciendo a medida que lo
íbamos disfrutando.
Y también es cierto que nunca pensamos en quedarnos con él. Nuestra idea era
que una vez en condiciones de valerse por sí solo volviera a su ambiente. Pero
la idea de Pingüi no era la misma; el no tenía interés en volver al mar
de donde tan mal recuerdo traía.
Después, bastante después de intentar en varias oportunidades que hiciera uso de
la libertad que le ofrecíamos, me enteré que los pingüinos llegan a las costas
uruguayas arrastrados por corrientes frías que ascienden y no pueden regresar
porque no hay corrientes similares hacia su hábitat.
Y bueno… si Norberto había dormido con un cachorro de león, que cuidaban en la
Reserva de Fauna de Carmelo, de la que uno de los encargados era padre de un
amiguito suyo; si Daniel y Ale habían tenían un criadero de gusanos de seda,
blancos, amarillos, rosados, en cantidades superiores a los doscientos…, si en
nuestra casa de Playa Hermosa habían sido curados teros de agua, gaviotines y
tortugas y si ya en la casa teníamos una perra y un gato… ¿Qué podía extrañar
que nos hiciéramos cargo de un pingüino?
Mi primer intento de dejarlo libre fue una mañana en que bajamos a la playa Vivi
y yo con él. Intenté internarme en el agua caminando por sobre uno de los
espigones de los que están frente a la oficina del Banco de la República.
Un grupo de personas que caminaba por la orilla del agua se quedó mirando a
aquel ser ‘exótico’ que yo llevaba en brazos. Seguro que tenían curiosidad por
saber que hacía con él. Y yo no tuve la suficiente para fijarme en que
condiciones estaba el espigón y no me di cuenta del musgo que me hizo resbalar y
caer al agua… yo, hacia un lado del espigón y Pingüi hacia el otro.
Cuando llegué a la arena, aquellas personas lo habían cogido para entregármelo
pidiéndome que volviera a llevarlo agua adentro. Lo hice. ¿total?... ya estaba
mojada. Fue entonces cuando sí pude ver el avión supersónico en que Pingüi
parecía transformarse debajo del agua, nadando a una velocidad increíble hacia
la orilla.
Lo cierto es que siempre que lo llevamos al agua el volvía en forma inmediata
hacia la costa ¡pero que belleza era observarlo!.
Y hablando de observaciones, eso fue lo que me hizo Viviana cuando con voz
compungida, aún sin entender bien lo que había sucedido me preguntó, mientras
desandábamos las dos cuadras que separaban la playa de nuestra casa: ‘¿Mamá,
porqué te bañaste vestida?’
A Pingüi no le gustaba el agua. Cada vez que lo introducíamos en el mar,
él se ocupaba de salir, lo más rápido que podía y luego, eso sí… pasearse,
pavoneándose por la orilla del agua, le encantaba.
Como también le gustaba, en pleno mes de enero (verano en el hemisferio sur)
quedarse horas al sol. De lo que deduzco que los pingüinos van al agua
obligados, en busca de comida… pero éste no necesitaba hacerlo porque para
decirnos que tenía hambre se ponía a saltar frente al refrigerador.
Esa fue la primera de una cantidad de pruebas que nos dio sobre la increíble
inteligencia de estas aves. Como que tuve también que pasar por espía para
descifrar como se la ingeniaban mis tres mascotas para entrar a la casa, estando
cerradas las puertas que daban al patio donde ellas solían permanecer.
Cani, que ya dije que era una perra caniche, pero no había aclarado, que de
tamaño grande, se paraba en las dos patas traseras y colocando las delanteras
sobre el picaporte empujaba hacia abajo.
Por su parte en ese momento Pingüi empujaba la puerta saltando con ambas
patas hacia delante. El ingenio era increíble y creo que más de una persona a la
que se lo conté no me creyó. Pero la verdad es que la puerta se abría y los
tres: los dos que habían trabajado y el gato que solo había observado, entraban
muy satisfechos de su hazaña.
Con Pingüi teníamos un problema serio que nos impedía dejarlo recorrer la
casa a su antojo. Los pingüinos comen pescado, solo pescado, y además pertenecen
a la familia de los patos y, todos conocen el dicho que sobre el pato dice: “a
cada paso una caca”. Lo cierto es que los excrementos de pingüe eran tan fuertes
que llegaban a carcomer las baldosas y además el olor se hacía insoportable. En
el patio, una manguera dejaba correr agua en forma continua, para mantenerlo
limpio.
Un día me enojé con mis hijos. Pingüi se paseaba muy orondo por lo alto
de un mueble en el comedor de la casa y, si los pingüinos no vuelan debía
suponer que alguien lo había subido allí.
¡Pobrecillos!, no tenían culpa ni forma de probar su inocencia porque las
circunstancias los acusaban. Yo no les creí hasta que un día descubrí como hacía
Pingüi para subir a cualquier mueble, siempre que tuviera una superficie lisa
donde afirmar el lomo y otra para las patas, (en este caso la pared y el costado
del mueble) luego con un movimiento de semi rotación lograba su objetivo.
Muchos años después me enteré de que en Piriápolis, por entonces algunos
propietarios de establecimientos hoteleros les decían a sus clientes que había
una familia que paseaba todas las tardes con un pingüino.
Sucede que los pingüinos necesitan caminar. Caminan kilómetros por día. También
lo aprendimos sobre la marcha porque todo lo que refería a Pingüi eran
experiencias nuevas.
El único que se quedaba en la casa era el gato. La perra, el pingüino y los
humanos salíamos en un recorrido diario que, en verano causaba más de un estrago
cuando los turistas desprevenidos veían al animalito. Muchas veces nos
encontrábamos rodeados por grupos de personas que entre tomar fotos, admirarlo y
preguntar solo lograban que Pingüi, al que parecía encantarle ser objeto de
tantas atenciones, se hiciera el interesante, bajara la cabeza y se escabullera
entre la telaraña de piernas para, desde el otro lado llamarnos con un “oooookk”.
La gente quería saber sobre Pingüi, pero ¡cuántas tonterías preguntaba!,
¿algunos absurdos que no merecían siquiera respuesta?:
“¿Es un papagayo?”
“Yo tuve uno, comía de todo, hasta ñoquis, pero se murió”
“¿Lo guardan en el refrigerador?”
“¡Uy!... Está vivo… ¿le dan cuerda?”
Y nadie se llame a engaño, ninguna de estas preguntas fue realizada por niños.
Siempre fueron adultos los que decían las tonterías más grandes. Pero eso es
harina de otro costal.
Lo cierto es que convivir con Pingüi fue una experiencia maravillosa. Su
inteligencia me hace decir, sin temor a equivocarme que estaba al nivel de la de
un perro. Podía caminar delante nuestro sabiendo perfectamente, al acercarnos a
nuestra casa, cual era el camino. Habíamos logrado que no bajara de la acera y
cuando llegaba a una esquina aguardaba que nosotros lo cruzáramos la calle.
Generalmente de nuestros paseos llegábamos seguidos por varios curiosos y
entonces, abríamos la puerta, nos hacíamos a un lado y dejábamos que la gente,
desde la acera, observara como nuestro amiguito subía la escalera, salto a
salto.
Pero también era común que llamaran a nuestra puerta preguntando si esa era la
casa del pingüino y pidiéndonos que lo sacáramos para que pudieran verlo.
Nunca nos habíamos hecho ilusiones sobre el tiempo que podíamos compartir con
Pingüi. No teníamos donde recabar esa información, por eso, el día que empezó a
engordar yo creí que estaba hinchado. Bueno, quería comer a toda hora y
reclamaba con gritos que le dieran más y más pescado.
Un día estábamos sentados en la puerta de casa, Cani y él en la vereda rodeados
de los niños del barrio cuando se acercó a donde yo estaba. Le encantaba
esconder la cabeza entre nuestras rodillas para que lo acariciáramos y ese día
al hacerlo me quedé con una cantidad de plumas en la palma de la mano.
Me entristecí porque pensé que Pingüi se iba a morir. No quería comer. Casi no
se movía de un rincón del patio pero todo esto no era más que parte de su
evolución fisiológica.
Siempre dije que si no hubiera estado en nuestro patio, hubiera asegurado que
alguien lo había cambiado. El Pingüi que tuvimos hasta entonces era todo
negro, pero el Pingüi que tuvimos después que cambió en el patio de
nuestra casa, los miles de pequeñas plumas que cayeron, volaron y ensuciaron
todo… tenía sobre su plumaje negro una franja blanca que salía de la comisura
del pico y bajaba hasta las alas. Hermosísimo. Yo diría que ¡guapísimo!
También esto sirvió para que aprendiéramos algo más sobre él. ¡Vaya con las
clases de ciencias naturales!, Mis hijos rebatían cada cosa que una maestra
decía sobre los pingüinos, y con razones y Pingüi terminaba yendo a la escuela.
En esta oportunidad habíamos aprendido que aún en cautividad los pingüinos
actúan como si estuvieran en su ambiente cuando van a cambiar el plumaje. Comen
como sátrapas porque cuando no tienen plumas no pueden ir al agua a pescar, en
este caso siguió el instinto natural de los de su clase.
Un día decidimos irnos a vivir a Montevideo. Una casa del barrio del Buceo a
metros de Ramón Anador. No sé cual habrá sido la primera impresión que sobre
nosotros tuvieron nuestros vecinos cuando vieron llegar cuatro niños y al poco
rato bajar de un camión un gato, una perra y… un pingüino.
Pero él se hizo querer, y muchos vecinos nos ayudaban en su alimentación
llevándonos pescado. Es un barrio de gente que gusta ir al puertito a pescar. Yo
lo llevaba conmigo los martes a una feria (mercadillo en España) vecinal y allí
compraba nuestra fruta y verdura y su pescado. El lo sabía y era muy consciente
de que cada vez que llegaba la dueña del puesto le ofrecía un hermoso pescado…
¿saben que a los pingüinos no les gusta que les pongan el pescado amontonado en
el suelo?. Al menos Pingüi así lo rechazaba.
En libertad ellos van al agua y absorben a sus presas… pues aquí, en esta libre
cautividad que había elegido, nosotros debíamos sostener su comida entre los
dedos y él la absorbía desde abajo, pero… cuidado que el pico del pingüino
parece un serrucho y si no sacábamos los dedos enseguida nos pasábamos la vida
con curitas en ellos.
Ese día se había declarado una huelga del SOYP y los pescadores no habían salido
y el puesto no estaba en su lugar… Pingüi se puso a llorar
desconsoladamente. ¡No se rían!, no es una broma. Se los cuento muy en serio.
¿Saben como llora un pingüino?, pues con un sonido parecido al rebuzno de un
burro. ¿Y saben el revuelo que armó en la feria aquella?, pero lo más triste es
que se negó a volver caminando.
Pero otras veces sí, caminaba y, si en Piriápolis estaban acostumbrados a verlo,
en Montevideo era otra cosa y aún recuerdo los frenazos de los coches cuando nos
veían pasar por Ramón Anador, o de la señora que salía a la puerta y se enojaba
con nosotros porque consideraba que éramos unos desalmados haciendo caminar al
“pobre animalito”, cuando en realidad los que veníamos cansados de seguirlo
éramos nosotros.
Tenemos tantas anécdotas de los tres años y medio que disfrutamos de la compañía
de Pingüi. Mis hijos tienen que haber sacado una gran enseñanza de su
agradecimiento, porque aquella fidelidad no podía ser menos que el
agradecimiento por haberlo salvado de una muerte segura.
Después de esto, cada vez que pasaba por el Puertito del Buceo y veía frente a
los puestos de venta de pescado ese jaulón con dos o tres pingüinos tristones,
más parecidos a estatuas de desolación o, cuando en el zoológico los observaba
tan quietos y tan distantes, no podía menos que congratularme de haber tenido la
oportunidad de ser aceptada por un pingüino muy especial.
Almería, marzo 3 de 2003 |