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El nacimiento del Niño Dios cobra en los países
católicos un protagonismo muy especial.
Es la fiesta
por excelencia, la celebración que a pesar del predominio de lo profano, que
pretende comercializar hasta los milagros, sigue uniendo familias y
rescatando del fondo de nuestras almas los mejores deseos para una humanidad
que, durante los otros 364 días hemos mirado como a un distorsionado triller
donde se mezclan lo mejor y lo más horripilante del género humano. Uruguay
es quizás, junto con Chile, de los países hispanos dónde menos se practica
el catolicismo. |
A pesar de
que una gran mayoría de la población declara profesar la religión católica,
apostólica y romana; en la realidad son muy pocos los que participan mínimamente
de sus Sacramentos.
Los españoles
viven de diferente forma su catolicismo. Involucran más sus vidas a sus
creencias y en cada barrio de sus ciudades celebran con jolgorio y alegría el
día de sus Patronos. Vírgenes y Santos bailan sobre los hombros de los
costaleros y sus Camareras compiten en vestirlos con las túnicas más bellas y
los mantos mejor bordados.
Por ésta, su
idiosincrasia, sienten la Navidad como una gran fiesta de cumpleaños: el
cumpleaños del Niño Dios. Y se esmeran como invitados y partícipes de los
preparativos del hecho que hace 2003 años dio origen a una nueva era.
Pero como en
toda fiesta religiosa, los belenes, las Misas de Gallo, los villancicos…
comparten espacio con las guirnaldas de luces colocadas como pasacalles, las
ofertas comerciales y las ferias donde se vende todo aquello con pretensiones de
convertirse en un obsequio.
Las reuniones
familiares del 24 y 25 se parece mucho al encuentro uruguayo de parientes; hasta
las comidas y los brindis se asemejan y aquí como allá, las parejas deben
repartir familias –la de ella y la de él- cenando con una y almorzando con la
otra.
Sólo la carga
religiosa que se da a la festividad es lo que nos diferencia; porque hasta los
Papá Noel y los arbolitos cargados de chirimbolos están, para desconcierto y
lamento de los más tradicionalistas, colonizando los escaparates y ocupando un
lugar en los hogares donde, aún, hoy por hoy los belenes siguen disfrutando del
sitio de honor.
Pero no es sólo
ésto lo que nos hace sentir diferente la Navidad de España de las Navidades que
vivimos en Uruguay.
Es la nostalgia,
ese sentimiento que crece en forma directamente proporcional con la distancia y
que nos lleva a añorar hasta el día que el rotisero del barrio se olvidó que le
habíamos encargado un lechoncito para el 24, lo cual nos obligó a un improvisado
cambio de menú.
Y también
añoramos el estruendo de los cohetes que a toda hora, sin respetar ni siestas ni
sueños nocturnos martirizaban nuestros oídos y ponían a prueba nuestros nervios
desde dos semanas antes de Navidad y continuaban haciéndolo pasada ya la
celebración del Año Nuevo.
Sentimos
nostalgia de los medios tanque y del humo que nos dejaba los ojos rojos y la
ropa oliendo a madera quemada.
Medios tanque
que en el interior se escondían en los jardines de las casas, pero que en los
barrios montevideanos, de zaguanes alargados y patios con claraboyas, daban un
calor especial a las calles, que no era sólo el calor emanado de las brasas y ,
que en el centro de la ciudad eran envidiados y sustituidos por simples hornos
eléctricos.
¿Cuántos
uruguayos vivimos en España?, ¿Cuántos somos?, ¿Veintemil… acaso treintamil los
que extendemos este inmenso puente de nostalgias?
¿Es que acaso
nos vinimos tan lejos para añorar nuestro Pan Dulce, nuestro Budín Inglés,
nuestro arbolito de El País, nuestras bombas brasileras y nuestra desbandada
hacia el este, apenas finalizadas las navidades?
¡Pues sí!, y es
entonces cuando sin disimulo tarareamos los villancicos con ritmo de samba,
milonga o chamarrita y buscamos una Cruz del Sur dónde en realidad está la Osa
Mayor.
Y levantamos la
copa de Vega Sicilia o de Faustino Primero añorando un Carrau, un
Irurtia, un Juanicó o un Castillo Viejo, e incluso el tinto que nos vendía el
almacenero de la esquina.
Y aunque
aprendimos a apretar los mantecados antes de abrirlos para no atragantarnos con
ellos, seguimos pensando en lo bien que sabía la ensalada de frutas que
preparaba nuestra madre.
Es entonces
cuando corremos hacia los teléfonos, las cabinas no sirven porque no están
abiertas a las cuatro de la mañana, hora en que volvemos a levantar las copas,
ya casi vacías, para que éste brindis trasnochado coincida con el de los
uruguayos que se quedaron allá.
Almería (el sur
del norte) antes de la Navidad del 2003. FELICIDADES A TODOS!!!! |