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En un país de emigrantes, Andalucía es tierra de emigrantes.
Quizás, porque ser emigrante deja huellas profundas en quienes han sufrido el
desarraigo; como pocos, los andaluces abren los brazos a las corrientes que
vienen de fuera.
No importa la legislación. Saben que para el mejor control y beneficio de todos
la llegada de los emigrantes que arriban hoy a su tierra debe estar regulada:
encausada por ordenanzas, que no siempre resultan simpáticas; pero hay una
tradición de hospitalidad que es imposible relegar.
Hospitalidad que se traduce en el diario vivir y que puede representarse en el
gesto de una mujer sevillana, que sin pensarlo dos veces, dio de mamar al bebe
sahariano que acababa de llegar en una patera, en brazos de una madre demasiado
agotada para satisfacer las necesidades inmediatas de su hijo.
¿Pero de dónde viene esta tradición de hospitalidad de los andaluces? Hoy por
hoy esta tierra de promisión atrae como el maná, sin embargo el presente no le
hace olvidar la tristeza de quién ha visto partir a sus hijos.
Un fenómeno que tuvo inicio en los siglos XVI y XVII y que desde la mitad del
siglo XX toma carácter de éxodo con destino a nuestra América.
Desde la segunda mitad del siglo IXX y hasta la década de los ochenta del siglo
pasado se contaron por miles los que dejaron su tierra,… falta de trabajo,
persecución política… Distintas causas para un mismo nombre: hambre. Hambre
físico o hambre espiritual. Lo que ha impulsado siempre la aventura de los
emigrantes.
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Los uruguayos que emigran actualmente lo hacen con la misma hambre, quizás con
más trabas burocráticas pero también con más conocimiento de los lugares a los
que se dirigen.
Los uruguayos también fuimos anfitriones una vez, pero como aún no conocíamos el
dolor del desarraigo, en lugar de buscar la integración nos recreamos en
distinguir al vasco, al tano, al turco (y en este nombre abarcamos en nuestra
ignorancia a todo aquel que se pareciera a un árabe), al gallego, y posiblemente
al andaluz lo incluímos en este último colectivo sin siquiera ponernos a pensar
lo diferentes que eran.
Ahora dejamos nuestro país con rumbos muy dispares. Basta con buscarnos en un
mapa. Nos ubicamos a lo largo y ancho de la geografía americana, la del sur y la
del norte. Por supuesto que hay países que parecen atraernos en forma especial,
como Argentina, Estados Unidos, Brasil, inclusive Chile y México. Otros cruzamos
el océano y seleccionamos ¿qué?
Parece una pregunta sin sentido, pero la respuesta está en la opción que aún
tenemos de elegir el destino. ¿Italia?, ¿quizás España? ¿Barcelona?, creo que es
donde más uruguayos encontraríamos pero en Cádiz, en Almería, en Madrid, en
Zaragoza… en todos lados hay un corazón celeste; y si se juntan muchos hasta
pueden cambiar el color del cielo de Estocolmo, o reír “a la criolla” añorando
en el fluír del Sena, nuestro Río Negro.
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Las sequías de 1866, 1882 y 1887; el colapso de la incipiente actividad
industrial entre 1888 y 1891 incrementaron el número de andaluces que buscaban
horizontes fuera de las fronteras de su tierra.
Actualmente dos millones y medio de andaluces viven fuera de la Comunidad.
Pero no solo hacia el Nuevo Mundo u otras regiones españolas habría de
encaminarse este éxodo. En un lugar sin espectativas, las posibilidades de mejor
vida que ofrecían las regiones industriales de Europa y la apertura que los
países hacían a la mano de obra sin especialización proveniente de Andalucía
lograron que los números se dispararan en una carrera desenfrenada.
Entre 1960 y 1973 las cifras de emigración resultan impresionantes, al extremo
de poder hablarse de un, casi agotamiento de la reserva demográfica. En este
periodo de 13 años 788.000 andaluces se trasladaron a Cataluña, 250.000 lo
hicieron a Madrid y 171.000 a Valencia.
Otras comunidades españolas recibieron también importantes contingentes de
andaluces: 50.000 el País Vasco y otro tanto Baleares y 600.000 cruzaron la
frontera rumbo a Francia; a Suiza llegaron 300.000 y 200.000 a Alemania.
Los 100.000 que se embarcaron rumbo a América eran, en su mayoría exiliados
políticos, incomprensible estigma que se sumó al dolor del desenraizamiento.
Hoy día, cuando muchos emigrantes de entonces regresan, cuando otros añoran su
tierra, en una época en que pocos son los que se van por necesidad apremiante,
la cultura andaluza está representada en más de cuatrocientas asociaciones
repartidas por el mundo.
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Almería no escapa al común de la Comunidad. También su tradición es emigrar y su
paisaje es el de una tierra de constante emigración.
Durante la época acuciante (1861-1980) hay momentos en que las cifras de
emigrantes almerienses se incrementan tanto que los censos poblacionales llegan
a resentirse.
Es así que en 1877 la provincia de Almería contaba con 349.076 habitantes y un
año después la cifra se situaba en 339.452. En otra comparativas en 1910 se
contabilizaban 380.388 y en 1930 no más de 341.550 habitantes. Lo mismo sucedió
entre 1940 y 1950 en que la población descendió en casi tres mil personas.
La importante inactividad en que quedó sumida la provincia después de la Guerra
Civil, con los cierres de minas, dificultades en la agricultura y la falta de
valorización que tenía por entonces en el mercado internacional el aceite de
oliva, alimentó en el periodo 1940-1970, un fuertísimo flujo migratorio
especialmente hacia Cataluña y se unió para tomar parte en los años sesenta de
la riada que condujo a dos millones de españoles a buscar un sitio en la Europa
Occidental.
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¿Recordamos la época en que nuestro Uruguay era destino apetecido por miles? Esa
época finalizó.
Los periodos son finitos, empiezan y terminan. Cada país, cada región, debería
aprovechar los de bonanza que le tocan. Quizás Uruguay aprenda la lección y del
próximo que le corresponda guarde los beneficios para soportar los años duros.
Hubo una época en que emigrar resultaba relativamente fácil. En estos años, las
medidas de control que ponen en práctica los países receptores nos hacen renegar
y poner el ejemplo de aquel Montevideo que veía descender de los barcos, riadas
de gente en busca de pan.
A la mayoría de ellos les dimos mucho más que pan. Pero no se lo regalamos… eran
emigrantes, llegaban a una tierra de promisión donde había mucha tarea por hacer
y donde nosotros, seleccionábamos que trabajos rechazábamos y les dejábamos a
ellos.
Y ellos no se quejaron, los aceptaron y crearon emporios. Y hoy muchos de
nosotros les hechamos en cara que se hayan enriquecido en nuestra tierra y nos
pongan trabas para venir a la suya cuando, ahora somos nosotros los hambrientos,
ya no de espíritu, pero si de cuerpo.
Sin derecho de queja.
Nos reciben mejor que como nosotros los recibimos a ellos. Aquí somos
respetados, claro, siempre que respetemos. Es lo lógico. Ninguna nación aceptará
el desorden impuesto por el capricho de quién se considera con derechos y
reclamos que no supo guardar en su tierra.
Ahora somos nosotros los que buscamos países receptores que son, en momentos de
desempleo general, quienes establecen las reglas. En algunos lugares el
destierro será más difícil pero hay sitios como en el sur de España donde se
hace cierto que “Andalucía Acoge”.
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En 1978 la nueva realidad económica de Almería comenzó a dar saldos positivos
en la comparativa entre emigrados-inmigrados.
Primero fueron cifras moderadas pero que abrían una nueva expectativa que no se
conocía en la provincia desde la primera mitad del siglo XIX.
Los almerienses han dejado de ser tradicionalmente emigrantes para convertirse
en receptores.
¿Se habrá definitivamente dado vuelta la tendencia que llevó a que entre 1882 y
1935 la corriente de hombres y mujeres que dejaban Almería superara las 350.000
personas.
Como dato curioso tenemos que mientras en 1889 se embarcaron con rumbo al
norteafricano 10.063 almerienses, en 1912 lo hicieron rumbo a América,
especialmente hacia Argentina (nueve de cada diez) 21.100 que complementan los
65.000 que buscaron nuevos horizontes en Hispanoamérica.
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Las cifras resultan impersonales, tan solo datos estadísticos pero ¿qué son las
estadísticas?
¿Acaso recogen las lágrimas que se dejan en una despedida?, ¿El dolor de estar
lejos de aquellos que queremos?.
Los recuentos oficiales no podrán nunca reflejar realidades que son vitales para
quienes en algún momento se vieron obligados por distintas circunstancias a
emprender la aventura de emigrar.
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Últimos días de febrero del año 2003. Ciento cincuenta marroquíes, argelinos y
subsaharianos realizan una protesta pacífica en Palo de Frontera. No tienen
trabajo. Sólo piden trabajo.
En las autoridades existe temor de que puedan repetirse los sucesos de Huelva
donde varios cientos de emigrantes provocaron diversos encierros. Aquí en
Almería también lo hicieron y en muchas otras ciudades. Es la forma de protestar
y presionar a la vez para tratar de obtener papeles de regularización, que no
obtendrán tampoco por estos medios y trabajo que cada día escasea más.
Se ordena el desalojo (de la plaza, frente al Ayuntamiento, donde se habían
sentado en espera de respuestas). Los que no tenían papeles fueron detenidos.
Muchos no tienen donde dormir porque los centros de acogida de Huelva están
colapsados.
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¿Quién es emigrante en un mundo que creció y se desarrolló a partir de las
migraciones?. ¿Quién estableció fronteras y se impuso como dueño de tierras?.
En Uruguay el gallego, el tano, el turco no son extranjeros, han dado mucho por
aquella tierra que los acogió como para ser parte de ella.
En Europa el latino, el moro, el sudaca (término que no siempre se emplea en
forma tan despectiva como creemos), es solo un ser humano que viene a compartir
el trabajo y a ayudar en la conquista de una nueva era.
Ni ellos son extranjeros en nuestras tierras ni nosotros lo somos en las suyas.
El día que dejemos de sentirnos como tales, ese día el desarraigo comenzará a
borrarse.
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¿Cómo se siente un emigrante? – Como un extranjero.
Y, qué es un extranjero más que una persona a la que hacemos sentir diferente.
Hace poco una familia almeriense que había emigrado a Francia retornó a esta
tierra donde, es bueno saber, pocas familias no han tenido un padre, un tío, un
hermano que no haya tenido que ganarse la vida en el extranjero.
En un reportaje televisivo instaban a no desarraigar al emigrante más de lo que
ha sufrido por el hecho de haber tenido que tomar la decisión de dejar su país.
En Francia sufrieron en carne propia la incomprensión y la discriminación y
pusieron ante todos la realidad que viven quienes muchas veces no tienen el
mismo idioma, o el mismo color de piel.
Pero muy especialmente trajeron a luz el dolor de los niños que, sin saber el
porqué, se encuentran con que son diferentes.
Cuando se es chico no se tiene noción de países ni de razas. Los pequeños
juegan, no se fijan en si el compañero es blanco, amarillo o negro. Si el
cabello es rubio, pelirrojo o ensortijado. Las diferencias no existen y, muchas
veces toman conciencia de que “son distintos” cuando comienzan a ir a la
escuela.
¿Puede ser distinto un niño de otro?, ¿Quién determina lo que es y lo que no es?
¿Tienen los niños la culpa acaso de que sus padres hayan debido dejar su tierra
porque la pobreza no les daba alternativa?
Los niños son crueles. El ruso, la mora, el lituano, el indio… o allá: el
gringo, el gallego, el sueco; ¿Quién les enseña a hacer diferencias? ¿Quién les
dice que esos “extranjeros” no son iguales?
Ser emigrante no es una deshonra. El emigrante no llega a robar puestos de
trabajo. Ahora y siempre hacen aquello que ningún autóctono quiere desempeñar.
¿Porqué entonces tratarlos como si fueran extranjeros?
España es un país emigrante, moralmente pasó ya por la misma experiencia que hoy
vivimos tantos pero… ahora que nosotros también somos emigrantes y conocemos el
desarraigo ¿volveremos a llamar extranjeros a aquellos que lleguen a nuestra
tierra?.
Almería 3 marzo 2003
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