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El Mediterráneo, ese mar que separa las
costas de Europa y África tiene dos caras muy distintas. Para unos es suave, el
paraíso ideal en el cual practicar turismo; para otros será un insensible y
aterrador devorador de seres humanos.
Desde 1.998 al día de hoy ha cobrado
un tributo de vidas muy alto: 10.000 hombres, mujeres y niños sintieron como sus
aguas se transformaban en mortaja. Tan sólo en los últimos cinco años más de
cuatro mil emigrantes han muerto al intentar alcanzar la otra orilla.
La orilla que desde la desesperación
de la miseria ven como una promesa de un bienestar que muchas veces se les
negará y otras deberán conquistar con muchísimo más dolor del que ya han vivido.
Los cementerios de los pueblos
andaluces tienen tumbas sin nombre. Féretros identificados solo con la fecha en
que un sueño que no se cumplió fue tragado por el mar. Quienes vivimos en la
costa, desde Algeciras a Almería, nos hemos acostumbrado a ver la muerte como el
riesgo natural de una travesía que en primer lugar, no debería de existir.
Dos instituciones, Sevilla Acoge y
la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía rindieron esta semana, un
homenaje a esos diez mil seres humanos que perdieron la vida tratando de llegar
a la costa española, una tierra que ven como la respuesta a todas sus
necesidades y que cada día los rechaza más, los empuja más, obligándolos a
repetir un viaje que, para tantos se ha convertido ya en sinónimo de tragedia.
Durante los actos, la periodista
marroquí Hamida Ikdusen, dijo que los jóvenes marroquíes sienten la necesidad de
emigrar porque no tienen futuro en su país, señaló que el 93% carece de trabajo
y de ellos el 70% es analfabeto. Autoridades de las instituciones organizadoras
reiteraron que las leyes de emigración no dan solución al problema y denunciaron
que, desde que el gobierno español endureció su posición y la vigilancia en el
estrecho, los accidentes se han incrementado.
El comercio que se realiza con la
desesperación de estos seres humanos resulta intolerable. Motivo sin duda para
más de una marcha de protesta que nunca se ha realizado y queda por lo tanto en
el fichero de las cosas pendientes.
Recuerdo aún con el impacto que me
produjo, un hecho acaecido en Cabo de Gata, a pocos kilómetros de la ciudad de
Almería, en el verano del 2001. Muchos bañistas que disfrutaban tranquilamente
de un espléndido día de playa se vieron sorprendidos por la silueta de una
patera que se acercaba a la costa.
Muchos esperaron ver el desembarco,
pero el asombro fue grande cuando a cierta distancia aquellas personas
comenzaron a tirarse al agua. Después se supo que obligados por los patrones de
la embarcación que querían regresar para ‘recoger el siguiente viaje’. La
mayoría de aquellos infelices no sabían nadar y ante la impotencia de quienes
desde la costa los veían y oían pedir auxilio, murieron a poca distancia de la
tierra prometida.
Es solo una de las tantísimas
historias. Son solo algunos de los muchos seres que han pasado a formar una
estadística que ya eleva la cifra a más de diez mil.
Almería,
23 de marzo de 2003
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