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La intención de todos aquellos que nos dedicamos a escribir, en cualquiera de
los géneros de la literatura y el periodismo, es que el lector lea nuestros
trabajos. Sin embargo, cuando al dar vuelta una página nos damos de narices con
algo cuyo contenido nos atrapa, nos sentimos tentados, como en este caso, a
invitarlos a que lean al autor de esa obra.
Sobre David Sánchez Juliao oí decir que era ‘un contador de historias y un
brujo de la oralidad’. Nacido en Colombia ha vivido en varios países de
ambos lados del Atlántico. Fue Embajador de su país en India y Egipto. De sólida
formación literaria, en comunicaciones y en sociología, ha publicado diversos
libros de novelas, cuentos, testimonios y fábulas y, por la cantidad de premios
internacionales que su obra ha merecido, yo diría que tiene como hobby
coleccionarlos.
David Sánchez Juliao es el autor de ‘Ahmed, el Árabe’, una joya guardada en
letras, desde la que podemos internarnos en una historia que es nuestra y que no
suele ser conocida. Permítanme presentarles a:
AHMED, EL ÁRABE
Eran
tres o cuatro, no recuerdo muy bien, me dijo, mientras buscaba mis ojos en el
espejo retrovisor, pero yo lo miraba a él desde la silla trasera. Él conducía y
yo iba de pasajero y, claro, me sucedía lo que a uno le sucede cuando entabla
conversación con un taxista. Lo había tomado en el Aeropuerto Kennedy de Nueva
York y me llevaba hasta la calle 33 East de Manhattan. Estaba de prisa.
Cuando no la tengo, acostumbro tomar el autobús hasta Penn Station y de
allí, sí, agarro el taxi a casa. Pero aquel día mi vuelo había llegado con horas
de retraso. Eran tres o cuatro, repitió, blancos todos, wasps, usted
sabe, me atacaron saliendo de un Groceries Store, casualmente por allí
por donde usted va, por la 33 East con Lexington, yo no luzco muy
árabe, usted ve, pero pienso que me oyeron hablar cuando pedí una cajetilla de
cigarrillos. Ah, esto de las torres lo ha cambiado todo en Nueva York... y en el
mundo.
Ya buscábamos el Van Wyck Expressway, es decir, la Carretera
Interestatal 678. Su nombre era Ahmed, me dijo, y había sido un Ph.D. en
ingeniería. ¿Había sido?, le pregunté: Yes, indeed respondió Ahmed en
perfecto inglés--, y por el indeed, más que por el acento, supe que había
estudiado en Inglaterra, pero ¿cómo es eso de que uno puede ser un ex-Ph. D?
Pensé que resultaba tan absurdo como ser ex-escritor. Sí, respondió, al volante
del taxi, muy pendiente de mantenerse en el carril que le correspondía, pese a
la prisa y el descuido de los otros conductores. Sí, claro, insistió, nos ha
pasado a muchos de origen árabe. No sólo a mí. Trabajaba en una compañía de
ingenieros en Manhattan, y con cualquier pretexto en la semana del 12 al 19 de
septiembre nos fueron despidiendo a todos, uno a uno, pero bueno, ya pasará, nos
dijimos y, ¿y?, y usted sabe, pese a todo... este país es en sí mismo muy
recursivo, fui a una compañía de taxis y, gracias a Dios, pude conseguir trabajo
como taxista, ¿a Dios?, sí, sí señor, si lo quiere saber: soy musulmán. Pese a
ser de donde soy, pues en mi país son más los cristianos.
¿De dónde?
Libanés, soy de Zahle, Líbano, hermosa tierra. ¿Distinción, dice? No, jamás,
aquí no suelen hacer distinciones. Pero... usted no es americano, ¿verdad?, no,
¿de dónde?, de Colombia, Sudamérica, ah, entonces sí puedo decirle algo: son
ignorantes, ricos pero ignorantes. Se definen con dos palabras: nuevos-ricos. Me
duele mucho lo de las torres, señor colombiano, ¿sabe?, conocí gente que
trabajaba allí, dos ingenieros amigos, uno árabe y el otro americano, fue
doloroso, muy doloroso, pero eso no les da derecho...
¿A qué?
A tratarnos como nos tratan, ¿ha visto usted cómo nos tratan?, no, es la
primera vez que vengo a Nueva York luego del desastre. Pero, ¿por qué
ignorantes, Ahmed? Señor: habría que hacerles claridad, mucha claridad, a ellos
y al mundo. Mire, este país parece empezar a desmoronarse, tiene que hacer algo
para no convertirse en un Supermán senil, ¿me entiende?, pues esto, lo de las
torres, ha sido la primera kriptonita. Ellos tienen, como los boxeadores,
gran capacidad de asimilación, y sé que lo lograrán. Ojalá entiendan que todos
los imperios han caído, todos: Asiria, Macedonia, Egipto, Roma, Turquía,
Austrohungría, Inglaterra, Francia, Portugal, España, la historia es cíclica, y
hay que aprender de ella.
Tienes Razón, Ahmed, ¿no es cierto, señor?, sí, doctor, le respondí, y él
sonrió al espejo, ya nos mirábamos a través del espejo retrovisor. Primero que
todo no hay que generalizar: a ellos, a los americanos, les sucede con Oriente
lo mismo que les sucede con la América Latina de usted, señor, sí, le dije,
fíjate que hace unos años Reagan saludó en Bogotá a los habitantes de La Paz,
¿cómo así, señor?, es que Bogotá es Colombia, Ahmed, ¿y La Paz?, La Paz es
Bolivia, oh, lo siento, señor, no hay problema, doctor Ahmed, y él volvió a
sonreír, no hay problema porque todos en el mundo somos ignorantes, en mi país,
Colombia, no sabemos en qué parte del Líbano queda su hermoso Zahle, pero aún
peor: no somos capaces de responder a la siguiente pregunta: ¿qué capitales
tienen Rwanda, Tanzania, Malasia, Uzbekistán o Bangladesh? Sí, dijo Ahmed, sobre
los Estados Unidos lo sabemos todo porque nuestros pueblos, el suyo y el mío,
son colonias, ¿entonces, doctor?, volvió a sonreír con lo de doctor,
¿entonces?, pues que me han atacado a la salida del Groceries porque
para ellos los afganos y los libaneses, o los sirios o los palestinos o los
musulmanes chiítas o los sunitas, o los fundamentalistas o los no
fundamentalistas, son la misma cosa, ¿entiende?
¿Será que todos en el mundo somos ignorantes, Ahmed, y que la ignorancia genera
violencia e intolerancia?
Ahmed guardó silencio, tomó una curva con el cuidado de un ingeniero y habló,
mientras yo empezaba a extrañar en el amplio panorama a distancia de la querida
Nueva York la presencia de aquellas dos torres que casi tocaban el cielo.
Estábamos ya a punto de entrar al Long Island Expressway, ese largo
corredor entre Brooklin y Queens: la Interestatal 495.
Pero, además, volvió a hablar Ahmed, además de esa ignorancia geográfica, es
imperdonable la ignorancia histórica sobre la equivocación geográfica y étnica
en torno a nosotros. Es que, señor, nosotros cargamos a cuestas seis mil años de
historia, ¡y fuimos imperio, señor!, no una sino varias veces, sí, doctor, y
Ahmed volvió a sonreír. Mire:
Los fenicios, de donde nosotros venimos, ocuparon, desde el año dos mil
setecientos antes de Cristo, esos diez mil y tantos kilómetros que hoy son
nuestro territorio, esa estratégica esquina del Mediterráneo, que es como la
coyuntura, el quicio, entre Oriente y Occidente, ¿diez mil kilómetros, Ahmed?,
sí, el distrito de Nueva York, diez mil, más o menos. Fuimos contemporáneos de
los asirios, los caldeos, los mesopotámicos, los persas, ¿y sabe?, todos nos
invadieron... pero aquí estamos; y más tarde lo hicieron Alejandro Magno,
Grecia, Roma, Turquía, Inglaterra, Francia... y aquí estamos, conduciendo taxis
en Nueva York... cuatro mil setecientos años después, ¡qué barbaridad, Ahmed!,
sí, como fenicios fundamos Cartago, Cádiz, Chipre y muchos puertos más en el
Mediterráneo, dominábamos ese mar y le dimos la vuelta al África navegando...
¿Oíste hablar de Magallanes, Ahmed?
Magallanes es un navegante de ayer por la tarde, señor, ¿sí?, claro, ¿qué
lengua habla usted, señor, español?, ustedes hablan español en Latinoamérica,
¿verdad?, sí, claro, pues.... hablando de Magallanes, y de Portugal y de España,
sepa señor que lo que usted habla es nuestra lengua, el español y el portugués
tienen los huesos del latín y del griego, pero la carne es nuestra, es árabe, lo
sé, Ahmed, lo sé, ¿lo sabe, verdad?, ¿sabe usted que, a través de España,
ustedes cargan toda la cultura de Oriente, de la cual el Islam llega a ser
heredero?, ¿sabe que después de la expansión musulmana, y de la creación de los
emiratos de Bagdad por los abasíes y de Damasco por los omeyas, y tras la
conquista de España, ustedes reciben de estos últimos la única carga de
sabiduría que habría podido hacer de su América Latina otro mundo, un mundo
mejor?
¿Ah?
No se extrañe. Mire, señor: nosotros fuimos, hemos sido, una cultura de
altísima sofisticación, de un refinadísimo gusto, de vastas información e
inteligencia, ¡claro, Ahmed!, ¿quién inventó el álgebra, señor, y el arte de la
navegación, y el papel-moneda, y quién empezó al tiempo con los mayas a manejar
el concepto del cero, quién la astrología, señor, quién humanizó la
arquitectura, haciendo poesía a partir de la piedra, señor, quién enseñó al
mundo el sentido de lo sensual en la vida, de las delicias del vivir, del baño
con aguas frescas, del refinamiento en el comer, de la sensualidad en la música,
quién?
Los árabes, Ahmed.
¡Claro que nosotros los árabes, señor! Mire: el mundo árabe, y cuando no
éramos árabes, el mundo musulmán, llegó a cubrir una extensión mayor que la del
imperio romano, ¿sabe qué nos pasó?, ¿qué?, que las hordas mongoles de Gengis
Khan y todos los suyos destruyeron, redujeron a cenizas, uno a uno, todos
nuestros grandes centros religiosos y culturales y nuestras grandes y hermosas
ciudades a lo largo de la llamada Ruta de la Seda... desde más allá del
norte de India hasta casi las puertas de Damasco. Nos pasó con los mongoles lo
que le pasó a Roma con los bárbaros. Nosotros, los islámicos, luego de la
expansión, de la conquista de muchos territorios tras la muerte del Profeta,
dejamos las artes marciales a un lado y nos dedicamos a pensar. Y ese fue un
gran error.
¿Y qué decías de España, Ahmed?
Ah, eso mismo nos pasó con España; y con Portugal. Nos dedicamos a pensar.
Hemos debido pensar sin dejar de prepararnos para luchar en defensa de lo que
considerábamos defendible. Nos embebimos en las abstracciones y en la
contemplación de las estrellas, no sé, ¿ve usted?, ya se ha empezado a aligerar
el tráfico . Era cierto. Ya Nueva York se perfilaba en toda su grandeza,
pero resultaba inconcebible su visión sin las dos enormes torres.
¿Decías, Ahmed?
Con respecto a España decía... que en el año 711 los árabes conquistamos esa
tierra como vándalos, ¿sabe que de allí viene el término Vandalucia, que
luego se transforma en Andalucía después en Al Ándaluz, pues entramos por
el sur, pasando desde el norte de África por el Estrecho de Gibraltar. En Iberia
permanecimos hasta 1492, ¡ocho siglos, señor!, si, doctor (Ahmed volvió a
sonreír), y durante esos ocho siglos, España fue un laboratorio de la
convivencia pacífica y la tolerancia, ya que compartimos tiempo y espacio con
los judíos sefarditas y los cristianos, incluso durante el reinado de Alfonso X,
El Sabio, rey de la tolerancia, y quien hizo traducir el Corán y el Talmud al
latín, ¡imagínese: qué lección para los nuevos tiempos!, sí, porque en las
universidades de Toledo, ciudad desde donde él reinaba, se estudiaban textos de
las tres culturas al tiempo, Biblia, Corán y Talmud.
¡Qué ejemplo para el siglo XXI, Ahmed!
Sí, señor, podría decirse que mi cultura en esa época era paradigma de
tolerancia, ¿ha escuchado usted ese poema de Darshan Singh, que dice: "El día
en que se unan las flores /del templo, la sinagoga y la mezquita, / florecerá
por fin la primavera / en tu jardín, ¡oh Señor!", no, no lo había oído, ¿de
quién es, Ahmed?, de Darshan Singh, poeta místico de India, fíjese, el Dios es
el mismo, el del templo, el de la sinagoga y el de la mezquita. Eso éramos en
España por los tiempos de Alfonso X, El Sabio, y del Califato de Córdoba.
Córdoba, así se llama mi tierra en Colombia.
¿Así se llama, señor?, pues siéntase orgulloso, ya que en esa ciudad de España
se alzó el más importante califato de todos los tiempos más allá del Magrev,
sí, escuche: cuando el resto del mundo era aún bárbaro, entre los siglos 9 y 13,
ya nosotros teníamos grandes universidades, fantásticos poetas, importantes
filósofos, sabios médicos, músicos exquisitos, arquitectos de ensueño, alumbrado
público en las calles y cultivábamos las matemáticas y la medicina hasta el
punto de que el sabio galeno Abisenas inventaba vacunas antivirales y hacía
transplantes de córnea, y.... no sonría, señor, por lo que le voy a decir: en
los museos de Córdoba aún reposan los instrumentos con los que esos transplantes
eran hechos, y... ahora sí, sonría, pues también se conservan las herramientas
con que se hacían las mejores castraciones, sí, castraciones para proveer a los
harenes de Al Ándaluz de buenos eunucos y a las cortes de Toledo de
buenos tenores, ¿se ríe, señor?
Sí, Ahmed, me río.
Pues... mire que Abisenas no estaba solo, ¿ha oído hablar de Aberroes, el
filósofo que desde el Califato de Córdoba reincorporó al mundo los escritos de
Aristóteles, que él había traducido del griego al árabe, luego del incendio de
las bibliotecas del mundo civilizado por parte de los bárbaros a la caída de los
romanos?, ¡qué habría sido de Occidente sin esos documentos conservados por
nosotros!, ¿se da cuenta de cómo el Renacimiento europeo sin la intervención de
mi pariente Abisenas hubiera sido imposible?
Manhattan estaba a la mano y aún más a la mano el East River, de modo que
nos hallábamos a punto de entrar al Midtown Tunnel, el subterráneo que
pasa el río por debajo. Serían apenas tres minutos, si acaso.
Sí, doctor Ahmed, sí, pero... ¿por qué decías que los árabes, desde España,
nos habrían podido entregar a los hispanoamericanos un mundo mejor?
Simple, señor, simple: los antihéroes, en nuestro concepto, fueron los reyes
católicos de Castilla, Aragón y León, Isabel y Fernando, pues eran guerreros,
poco sabios, contestatarios, no liberales ni progresistas, oscurantistas como
este túnel al que acabamos de entrar, amaban las armas mas no la ilustración, y
además trancaron la Reforma que venía del norte de Europa haciéndole la guerra
al pensamiento y a la ciencia. Eso éramos, también, nosotros al sur: ciencia y
pensamiento... nos derrotaron militarmente y nos expulsaron hacia 1492, en el
mismo año en que, desde nuestras tierras andaluzas, Colón zarpaba hacia el Nuevo
Mundo.
No había pensado en eso, Ahmed, perdón: doctor Ahmed.
Me está tomando del pelo con lo de doctor, no, Ahmed, lo digo en serio, ¿se
imagina, señor colombiano, qué habría sido de su América Hispana si los reyes
católicos, en vez de enviarles a ustedes todos los prisioneros y bandidos y
ladrones y asesinos que les enviaron, nos envían a nosotros?.... si en vez de a
Pizarro les envían a Abisenas, si en vez de a Cortés les envían a Maimónides, si
en vez de a Balboa les envían a Aberroes, si en vez de... conquistadores y
guerreros y curas e inquisidores les hubieran enviado matemáticos, médicos,
filósofos, músicos, arquitectos y pensadores, ¡se imagina, señor, la potencia
que sería su América Latina!, ¿se imagina, señor, el enredo de cabeza en el que
han vivido ustedes por años en una América Hispana que recibió primero La
Contra-Reforma y siglos después La Reforma?, eso, me imagino, es como tomarse
uno un purgante antes de intoxicarse, ¿o no?
Sí, Ahmed, o sería como llamar a la Cruz Roja para que ponga minas
quiebrapatas o para que haga estallar una granada.
Bienvenido a Manhattan, señor colombiano, gracias, Ahmed. Manhattan gozaba de
una luz transparente, lo noté una vez salimos del Midtown Tunnel a la
calle 34 East, usted va a las 33 East con Lexington, ¿verdad?, sí,
Ahmed, bueno, ya casi llegamos...
Y ahora que mencionaba la palabra granada, señor, ¿conoce usted Granada en
España?, claro, Ahmed, y he vivido en El Albaicín y he visitado los
cármenes y he bebido rioja con mi amigo Teo en sus tabernas y me he embelesado
en La Alhambra, y me imagino, señor colombiano, que ha usted, claro,
escuchado también la música de Falla, El Amor Brujo, ¿y ha
escuchado el Bolero de Ravel, o su Rapsodia Española, y las
Danzas Españolas de Granados, o todo lo compuesto por Albéniz, y la poesía
de Lorca, y el poema sinfónico España de Chabrier, y La Habanera
de la Carmen de Bizet, o la Sinfonía Española de Lalo, y hasta el
Capricho Español de Rimsky Korsakov, y el flamenco y el cante jondo?,
todo eso viene de nosotros, todo eso es el producto de nuestro sentir, y, por
supuesto, señor, estoy seguro de que usted escucha y baila toda la música
hispanoamericana que viene en gran medida de allí, de nosotros, ¿verdad, señor?,
claro, Ahmed, clarísimo, y conozco también la placa que hay en la subida a La
Alhambra y que registra la frase que un poeta pronunció a su mujer cuando un
ciego le pedía limosna en el lugar: "Dale limosna, mujer,/ pues no hay en el
mundo nada / como ser ciego en Granada", sí, señor, porque, como ya le dije:
La Alhambra es la piedra hecha poesía y el agua hecha sentir....
llegamos, señor, ¿dónde?, allí, allí, por favor, Ahmed.
¿Ya ve?, no sólo el limosnero de Granada: ¡todos estamos ciegos, señor! Y una
pregunta final: ¿cree usted que hay derecho a que en el mundo de hoy, tres
supinos ignorantes neuyorkinos ataquen a un árabe en un Groceries Store
cuando ese árabe se baja, con todo cuanto le he contado a cuestas, a comprar una
cajetilla de cigarrillos? La ignorancia es atrevida, señor.
Sí, Ahmed, en Nueva York y en muchos todos lados del mundo, ¿cuánto le debo?
Cuarenta dólares en papel-moneda inventado por nosotros, los fenicios, señor.
Gracias.
Adiós, Ahmed.
………………………
¿Verdad que se
quedaron con ganas de seguir leyendo?
Almería, marzo
7
de 2003 |