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Una noche sí
y otra también las pateras se acercan sigilosas a las costas andaluzas desde
Almería hasta Huelva. Algunas serán interceptadas por las lanchas
guardacostas pero otras llegarán a destino. Al menos al destino que los
patrones de estas frágiles embarcaciones fijaron como final del viaje. |
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Pero el destino
de esos hombres y mujeres que llegan tiritando de frío y temor no es la costa.
Ésta es solo un nuevo comienzo hacia otros días de incertidumbre. Atrás quedarán
abandonados los cuerpos de los que no pudieron llegar.
La muerte no
parece ser un precio muy alto para quienes llegan a perder la dignidad de seres
humanos a manos de mafias organizadas que trafican con la desesperación y el
dolor.
Los grupos de
subsaharianos, marroquíes argelinos, nigerianos, guineanos, marfileños... que
eludieron la vigilancia lleva a cabo el mismo ritual que se viene repitiendo
desde hace años: arrojarse al agua tratando que el bulto que traen como única
pertenencia no se moje. Alguien protegerá un paquete de hachís cuya venta le
resarcirá de los dos mil quinientos a tres mil dólares, o más en algunos casos,
que ha pagado por las ochenta millas marinas escasas de la travesía del
Mediterráneo en condiciones infrahumanas, en embarcaciones que no levantan más
de unos veinte, treinta centímetros del agua y que vienen sobrecargadas.
Una vez en
tierra el grupo trata de encontrar algún accidente geográfico, algún arbusto,
algo que les permita otear sin peligro la presencia de la Guardia Civil de
Costas para, en la menor ocasión propicia, salir en estampida, evitando caminos
y carreteras, a campo través, para llegar a la ciudad más próxima para
aprovisionarse de los mas elementales víveres para reponer las fuerzas y
diseminarse entre la población donde procurarán perderse, camuflarse entre otros
compatriotas en iguales condiciones. Ahora iniciarán la búsqueda de papeles para
su legalización que, la nueva Ley de Extranjería de España hace cada día más
difíciles de conseguir.
Este grupo habrá
tenido suerte si no lo captan las mafias que, a cambio de falsas promesas los
someterán a situaciones de difícil comprensión. No hace mucho la acción policial
logró “rescatar” de distintos escondrijos donde se los obligaba a vivir como
prisioneros, hacinados y compartiendo el espacio con animales de granja, dos
grupos de ilegales por cuya liberación se pedían importantes sumas de dinero a
sus familias.
Pero por este
viaje que ha culminado con relativo éxito, hay muchos que son interceptados y
los ocupantes de las pateras repatriados en forma casi inmediata, mucho más
rápido que el tiempo que demorarán en curarse las ulceraciones y heridas
provocadas por el contacto durante horas con el gasoil de la embarcación o
producto del mismo hacinamiento. Muchos llegan en el límite de sus fuerzas, las
ropas mojadas los llevan a un estado lamentable. La hipotermia y la
deshidratación son sus principales enemigos.
El gobierno
andaluz lleva gastados muchos millones de pesetas en brindar atención médica,
vestimenta y alimentación adecuada a estas personas y una cifra superior aún
para pagar los pasajes de repatriación vía aérea de aquellos cuyo país de origen
no se encuentre sobre el Mediterráneo.
Impotencia y la
más profunda desazón es lo que se puede leer en los ojos de quienes esperan su
turno de repatriación, pero a la vez se observa la tenacidad y la aseveración de
que no decaerá el esfuerzo por reintentarlo aunque ello les signifique comenzar
otra vez la odisea en campamentos de refugiados, en algún lugar de la costa
mediterránea del otro lado del mar.
Allí volverán a
vivir en condiciones de total desamparo hasta tener “la suerte” de embarcar en
otro viaje. A nadie extraña que un mismo individuo lo esté reintentado por
cuarta o quinta vez. Tampoco extraña que en algunas ciudades marroquíes se hayan
montado verdaderas empresas “¿de turismo?”, que en la competencia ofrecen “por
el precio de un viaje hasta tres intentos de llegar a la costa”.
No importa
cuántas veces fracasen. Volverán a realizar una travesía que resulta muy
peligrosa debido a la fragilidad y a la sobrecarga de las pateras. Los pocos que
hablan español lo aseguran: volverán.
Serán también
niños y mujeres, algunas de estas embarazadas, a punto de dar a luz,
esperanzadas en que el parto se produzca antes de ser reembarcadas de regreso a
su país y que su hijo al nacer en suelo español no pueda ser expulsado,
convirtiéndolas en madres de ciudadano español con los derechos que ello
implica.
Esta crónica se escribió dos meses antes del 11 de septiembre del 2001, fecha
que marca un antes y después en la historia de la humanidad.
Almería,
julio de 2001
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