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Nunca entendí como alguien podía vivir en un apartamento de un solo ambiente y
tener las paredes libres de estantes, bibliotecas y toda clase de muebles donde
guardar recuerdos.
Claro que los recuerdos que se guardan, no siempre son ‘recuerdos’ porque
en la caja donde está el primer chupete de nuestro hijo, también encontramos una
juguera sin tapa, un grabador con el ‘play’ inutilizado, unos lentes con una
sola patilla y dos medias pelotas de ping-pong que alguna vez pensamos, podían
volver a sernos de utilidad.
Confieso que soy de esas personas a las que gusta guardar, no tanto por el hecho
de ‘guardar’ sino porque me cuesta horrores eso de pensar en ‘tirar’.
Y por supuesto, que quede claro que no es lo mismo tirar que dejar de guardar.
Guardar para mí es un verbo que significa precisamente eso: ‘guardar’.
¿Qué, cuánto, dónde y para qué?, esas ya son preguntas que darían lugar a una
extensa explicación que una vez terminada no tendría otra alternativa que
guardar en algún sitio. Por eso prefiero apartarla a un lado, pero de ninguna
manera desecharla.
¿Acaso ustedes nunca se enfrentaron al dilema de tirar, o no, a la basura esa
lata que quedó vacía y sin utilidad luego de utilizar su contenido en el
aperitivo de la noche pasada?; ¿No pensaron alguna vez que una bandeja de
plástico, levantada de la sección de fríos del supermercado, con dos muslos de
pollo en su interior, una vez utilizados éstos, podía recuperar a su calidad de
servible?
¿Y quién se atreve a ‘arrojar la primera piedra’ si hablamos de aquella
lámpara de pie que lucía en casa de nuestra íntima amiga y de la que ésta, en un
gesto incomprensible, pensó deshacerse. Bueno, lo cierto es que hasta que ella
comentó que iba a ‘tirar’ esa dichosa lámpara, ni siquiera nos habíamos fijado
en la misma… pero la palabra tirar tiene ese repelús que actúa como detonante
de…. ¿será una manía?
Lo acabo de pensar y comienzo a preocuparme… ¡Bah!... ¿manía por una repisa, una
mesita ratona, tres floreros y un pisapapeles?... si cuando llegué a casa con
cada cosa y comprobé que no tenían ni sitio, ni utilidad, los saqué para que se
los llevara el camión ese… que recorre las calles, insensible, como un traga
recuerdos carente de sentimientos.
Manía se puede considerar la de la mujer que recogió durante tantos años, todo
lo que sus vecinos tiraban, que los mismos vecinos tuvieron que llamar al
Ayuntamiento para que le limpiara su apartamento y los municipales llamar a los
bomberos para poder abrir la puerta, tan alto era el montón de basura que se
había acumulado detrás de ésta; porque eso sí, hay que diferenciar lo que son
recuerdos de lo que es basura.
Un libro, aunque le falten la mitad de las páginas, puede que sea parte de la
primera edición de El Quijote..., al menos hasta no comprobar que no lo es
debemos considerar la posibilidad… ¿y cuánto podría llegar a valer algo así?...
¡pero las cáscaras de las patatas y la lata de refresco, vacía, achatada y
sucia…! eso sí reconozco que es una manía de la que, gracias a Dios, me
considero libre.
Lo cierto es que tampoco entiendo mucho porqué, a la manía de juntar cosas se la
conoce como ‘síndrome de Diógenes’ ¿qué culpa tuvo Diógenes de que en
este siglo XXI y su antecesor, el XX, hubieran contenedores de basura donde la
gente –algunos- pueden arrojar lo que consideran son desperdicios y la gente
–otros- pueden retirar lo que consideran puede servirles.
Sobre este tema hay mucho para hablar porque está también quién se lleva las
cáscaras de papas para prepararse una comida y eso no está bien.
¡No!, no crean que digo que no está bien que se lleve lo que encuentre para
saciar su hambre… digo que no está bien que deba buscar su comida en un
contendor de basuras.
¿Saben?, yo tengo la costumbre de saltar. Pero no en tierra sino entre las ramas
de algún árbol y en cada salto subo un poco más. Y esta vez tanto ascendí que ya
dejé atrás el tema del que estábamos hablando y el pobre Diógenes se ha quedado
sin saber a colación de qué, lo mandé llamar.
Retomemos pues el asunto a la altura de las manías… El Síndrome de Diógenes es
una de ellas y transforma a la persona que lo sufre en una acaparadora de cosas
inútiles y lo que es más grave, de lo que lisa y llanamente conocemos como
basura.
A esta altura mi interés es saber si esta alusión refiere a algún acto fuera de
lo normal del filósofo, del que, salvo porque caminaba, a plena luz del día con
su linterna encendida, no muchas más excentricidades puedo contactar en aquel
hombre, que no hayan heredados los hombres de hoy.
Después de todo lo que buscaba Diógenes era difícil de encontrar y por lo que
tengo entendido, ni con su linterna lo halló nunca: un hombre honesto, ¡como si
fuera algo que aparece a la vuelta de cualquier esquina! Quizás si nos
afanáramos en su misma pesquisa, todos andaríamos con una linterna en la mano
pero….
… pero entonces se agotarían las pilas, porque las linternas de ahora funcionan
a base de pilas… y tendríamos que tirarlas –las pilas, no las linternas- y eso
sí que no está bien, salvo que lo hagamos en los lugares destinados para ello
porque entre la basura normal las pilas resultan un atentado al medio ambiente
ya que contaminan… pero ya salté a otra rama… esperen que bajo a la anterior y
seguimos…
Retornando a lo que decía sobre eso de ‘guardar recuerdos’ generalmente
en las viviendas de hoy, que carecen de buhardillas, galpones o sótanos,
nuestro ‘hobby’ ¿no creen que queda mejor darle a nuestra afición este
nombre que el de manía?, como decía, nuestro hobby (porque lo compartimos
¿verdad?) está limitado a cierto número de cajas y luego, cansados de que cada
vez que abrimos la puerta de un mueble algo caiga sobre nuestra cabeza o de que
en los cajones ya sea imposible ubicar nada…un día que llamamos ‘de limpieza
general’ nuestros recuerdos quedan a disposición de cualquiera de esos
seres con Síndrome de Diógenes.
¿Y acaso, en lo profundo de nuestro corazón no es eso lo que deseamos? Ya que no
podemos conservarlos nosotros por más tiempo, siempre resulta preferible que lo
recojan ellos a que la estilográfica que utilizamos para escribir la primera
carta de amor, hace ya tanto que ni siquiera recordamos de quién estábamos
enamorados; o el abrelatas que compramos en aquel inolvidable viaje que ya
olvidamos a dónde lo hicimos, pero que precisamente para no olvidarlo guardamos
el dichoso abrelatas cuando ya dejó de ser de utilidad para abrir latas… bueno,
yo me entiendo y ustedes, que sufren de la misma aprehensión por los recuerdos
también me entienden…. decía que preferimos esto, a que esos recuerdos tan
preciados queden sepultados por toneladas de basura en algún vertedero de dudosa
fama.
Porque en un mundo donde todo se tira, hasta los recuerdos que quisiéramos
guardar, muchas cosas llegan a los vertederos y ahora acabo de recordar un
chiste. Mal chiste dirán algunos, pero que viene al caso y no estamos en
situación de tirar también las ideas.
Cierta persona de muy baja estatura estaba asomado a un contenedor buscando
¿tendría el síndrome?, y tanto se asomó que cayó dentro del basurero desde donde
comenzó a proferir gritos pidiendo ayuda.
Una gitana que pasaba por allí en ese momento lo vio y moviendo la cabeza dijo:
“hay que ver lo que tienen estos payos, ahora tiran los muñecos con pilas y
todo”
Almería,
Abril 14 de 2001
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