Chuy, ayer y hoy...

 
Julio Dornel Sorozábal  (Periodista Independiente)  Biografía

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La nostalgia pide cancha

Cada uno a su manera y teniendo en cuenta diversas circunstancias de la vida, tiene que haber festejado la promocionada noche de la nostalgia con familiares, amigos o simplemente consigo mismo. Cuantas evocaciones y  recuerdos archivados en algún rincón de la memoria  han aflorado repentinamente y por mandato del almanaque para alimentar por algunas horas ese estado espiritual que multiplica la nostalgia.

Todo comenzó con Pablo Lecueder  su creador, acumulando nostalgia musical de varias décadas, atendiendo las preferencias de distintas generaciones y dando el punta pie inicial a un fenómeno musical que en la actualidad abarca  todo el país. Sin embargo se trata de una ocurrencia que va más allá de la música y sirve para detenernos en cualquier esquina de la vida y revivir situaciones, alijerar el peso de alguna mochila y pensar al fin que la vida es hoy. Una nostalgia que pasa por muchas estaciones sin detenerse. Los años de la juventud, las fechas inolvidables que pueden sustituirse pero no borrarse, la partida definitiva o la llegada de nuevos amigos y familiares para integrar la nueva agenda.

En nuestro caso particular la nostalgia se detuvo por algunos instantes en la casa solariega de los abuelos donde transcurrieron los mejores años de nuestra adolescencia. En la tradicional esquina de la Internacional y Laguna de Los Patos, al fondo del OPEL se encontraba la casa de los abuelos Celedonio y Anita. Ladrillo de campo sentado en barro, piso de tierra y techo de paja, mientras las manchas de la humedad trepaban por la pared. Para disimular   se iban tapando con las fotos redondas de los antepasados o con los almanaques de regular tamaño que ofrecía anualmente Casa Caticha, Leopoldo Fernández y los Hermanos Silveira. El panorama infantil de los años escolares allá por el 45 estaba centralizado en la modesta casa del abuelo, que fue mejorando paulatinamente y de acuerdo a las posibilidades. Lindaba al norte con Ramiro y Ondina, al este con doña Concepción y todos los Cabrera, mientras que al sur estaba el receptor Benítez. Buenos vecinos, serviciales, generosos y siempre dispuestos  a extender la mano. Vecinos de “puerta” como se decía, queriendo confirmar una relación casi familiar. Aunque nadie elige a sus vecinos,  por aquellos años se convertían en las personas más importantes del pueblo.  Eran puertas abiertas para auxiliar con el azúcar o la yerba que faltaban siempre en horas de la noche. Eran los vecinos que amortiguaban la soledad y llegaban solícitos ante alguna enfermedad pasajera. 

Al fondo los canteros de la pequeña quinta que amortiguaban algunos gastos al ofrecernos todas las verduras  para el consumo familiar puesto que la exigua jubilación del abuelo no llegaba hasta fin de mes.  Y en ese mundo mágico de la niñez han quedado también  los primeros autos de fabricación casera que se desplazaban a 100 por hora en las pistas de nuestra imaginación. En el patio de aquella casa, hoy convertida en estacionamiento del OPEL  y con muchos autos de verdad, estaban las carreteras de tierra separando canteros de lechugas y tomates por donde circulaban los Cadillac, Citroen y las camionetas Willys. Un espacio para el jardín de la abuela   con sus rosas rojas, las achiras, claveles, jazmines y madreselvas que trepaban al palo del cargador Whincharger que durante los días de viento abastecía las baterías.  En el centro del terreno la cachimba que durante el invierno se parecía a una lágrima congelada y durante el verano servía de heladera para el vino del abuelo y que llegaba al fondo en una bolsa de arpillera. A pocos metros el galpón donde se acumulaban las cosas más insólitas transformadas en chatarra jamas recuperable.   Bien al fondo, entre yuyos y un cañaveral  el gallinero. También por aquellos años se destacaban las visitas de algunos familiares  que llegaban en sulky o en la ONDA  desde Costa de Pelotas, Potrero Grande o La Coronilla trayendo zapallos, boniatos, pan casero y algún cordero. Hoy todo es historia y la casa del abuelo que nunca tuvo berrretines de integrarse al patrimonio histórico de la frontera, sirve en esta oportunidad para rescatar un pedazo grande de nuestra nostalgia ciudadana. Pero al margen de la nostalgia personal que pueda sentir cada ciudadano está la nostalgia colectiva de la ciudad. No podemos negar que los cambios experimentados nos han quitado también muchas cosas. Donde quedaron las relaciones afectivas que fueron durante muchos años el sello inconfundible de una población que buscaba su espacio ciudadano basándose en el respeto y la tolerancia. Donde ha quedado el Chuy de puertas abiertas, el Chuy de “Piqueno”, de Samuel, del maestro “Pepe”, de doña Meca, del “Gallego” Manolo, del “Negro” Mario, del Dr. Aristimuño  y de la maestra Melita. El Chuy de casas modestas sin luz y sin agua, con sus jardines al frente y sus huertas al fondo. El Chuy de los frutales, de los malvones en latas de aceite OPTIMO, de las enredaderas y de algunas tortugas  en las cachimbas para mejorar el agua. Donde ha quedado el Chuy del 40 o del 50, de los festejos en familia, de las parteras comandadas por doña Juana, de la escuela 28 con “Pancho” Leiza en los salones y Zenona en la cocina.

El Chuy romántico que se emborrachaba de alegría con la llegada del circo López o en la matinée  del Club Social con las hazañas de Tarzan o los Aguiluchos. El Chuy donde sobraba el tiempo para conversar con los amigos y faltaba siempre para tomar caminos equivocados.  El Chuy de los amores furtivos, del primer beso y del primer cigarrillo, cuando queríamos tener muchos años en plena inocencia. El Chuy de la siesta sin apuro, de las ruedas de mate al atardecer, el Chuy del carbón en el bracero o el primus a kerosene tiznando la caldera de lata. El Chuy del pan casero, de las loterías de cartón, de partidas de truco y de las pencas cuadreras. El Chuy sin tarjeta de crédito, pero con crédito vecinal en libretas maltrechas, que los meses les quitaba hojas, sin alterar por ello la confianza de los clientes ni la puntualidad del pago. El Chuy de las locuras ingenuas de Germán con su carretilla espacial transitando por la pista de la vida. El Chuy del padre Bernasconi y del catequismo   en casa de la familia Iglesias, donde hicimos la primera comunión y confesamos nuestros pecados infantiles, cuando la Iglesia todavía no pedía perdón. Como no sentir nostalgia cuando recordamos al Chuy sin apuros, sin competición, pero con mucha identidad, cuando el tiempo sobraba para visitar  amigos y familiares en una comunicación directa que acercaba más a los pocos habitantes. El Chuy del arroyo cristalino donde “Piqueno” daba sus clases de natación  y las familias pasaban los domingos en alegres romerías hasta entrada la noche. El Chuy del asombro ante la aparición del primer automóvil, de la luz eléctrica, del teléfono y finalmente de la televisión. Todo esto nos está señalando que  hemos logrado muchas cosas en las últimas décadas. , pero que también hemos perdido para siempre al Chuy sin duplicado que pudimos disfrutar  a mediados del siglo pasado y que hoy a la distancia nos hace parafrasear al poeta: Eramos tan felices y no nos dimos cuenta...

Chuy, agosto de 2007

 

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