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Cada uno a su manera y teniendo en cuenta diversas
circunstancias de la vida, tiene que haber festejado la
promocionada noche de la nostalgia con familiares,
amigos o simplemente consigo mismo. Cuantas evocaciones
y recuerdos archivados en algún rincón de la
memoria han aflorado repentinamente y por mandato
del almanaque para alimentar por algunas horas ese
estado espiritual que multiplica la nostalgia.
Todo comenzó con Pablo Lecueder su creador,
acumulando nostalgia musical de varias décadas,
atendiendo las preferencias de distintas generaciones y
dando el punta pie inicial a un fenómeno musical que en
la actualidad abarca todo el país. Sin embargo se
trata de una ocurrencia que va más allá de la música y
sirve para detenernos en cualquier esquina de la vida y
revivir situaciones, alijerar el peso de alguna mochila
y pensar al fin que la vida es hoy. Una nostalgia que
pasa por muchas estaciones sin detenerse. Los años de la
juventud, las fechas inolvidables que pueden sustituirse
pero no borrarse, la partida definitiva o la llegada de
nuevos amigos y familiares para integrar la nueva
agenda.
En nuestro caso particular la nostalgia se detuvo por
algunos instantes en la casa solariega de los abuelos
donde transcurrieron los mejores años de nuestra
adolescencia. En la tradicional esquina de la
Internacional y Laguna de Los Patos, al fondo del OPEL
se encontraba la casa de los abuelos Celedonio y Anita.
Ladrillo de campo sentado en barro, piso de tierra y
techo de paja, mientras las manchas de la humedad
trepaban por la pared. Para disimular se iban tapando con las fotos redondas de los antepasados o con
los almanaques de regular tamaño que ofrecía anualmente
Casa Caticha, Leopoldo Fernández y los Hermanos
Silveira. El panorama infantil de los años escolares
allá por el 45 estaba centralizado en la modesta casa
del abuelo, que fue mejorando paulatinamente y de
acuerdo a las posibilidades. Lindaba al norte con Ramiro
y Ondina, al este con doña Concepción y todos los
Cabrera, mientras que al sur estaba el receptor Benítez.
Buenos vecinos, serviciales, generosos y siempre
dispuestos a extender la mano. Vecinos de “puerta”
como se decía, queriendo confirmar una relación casi
familiar. Aunque nadie elige a sus vecinos, por
aquellos años se convertían en las personas más
importantes del pueblo. Eran puertas abiertas para
auxiliar con el azúcar o la yerba que faltaban siempre
en horas de la noche. Eran los vecinos que amortiguaban
la soledad y llegaban solícitos ante alguna enfermedad
pasajera.
Al fondo los canteros de la pequeña quinta que
amortiguaban algunos gastos al ofrecernos todas las
verduras para el consumo familiar puesto que la
exigua jubilación del abuelo no llegaba hasta fin de
mes. Y en ese mundo mágico de la niñez han quedado
también los primeros autos de fabricación casera
que se desplazaban a 100 por hora en las pistas de
nuestra imaginación. En el patio de aquella casa, hoy
convertida en estacionamiento del OPEL y con
muchos autos de verdad, estaban las carreteras de tierra
separando canteros de lechugas y tomates por donde
circulaban los Cadillac, Citroen y las camionetas Willys.
Un espacio para el jardín de la abuela con
sus rosas rojas, las achiras, claveles, jazmines y
madreselvas que trepaban al palo del cargador
Whincharger que durante los días de viento abastecía las
baterías. En el centro del terreno la cachimba que
durante el invierno se parecía a una lágrima congelada y
durante el verano servía de heladera para el vino del
abuelo y que llegaba al fondo en una bolsa de arpillera.
A pocos metros el galpón donde se acumulaban las cosas
más insólitas transformadas en chatarra jamas
recuperable.
Bien al fondo, entre yuyos y un cañaveral el gallinero.
También por aquellos años se destacaban las visitas de
algunos familiares que llegaban en sulky o en la
ONDA desde Costa de Pelotas, Potrero Grande o La
Coronilla trayendo zapallos, boniatos, pan casero y
algún cordero. Hoy todo es historia y la casa del abuelo
que nunca tuvo berrretines de integrarse al patrimonio
histórico de la frontera, sirve en esta oportunidad para
rescatar un pedazo grande de nuestra nostalgia
ciudadana. Pero al margen de la nostalgia personal que
pueda sentir cada ciudadano está la nostalgia colectiva
de la ciudad. No podemos negar que los cambios
experimentados nos han quitado también muchas cosas.
Donde quedaron las relaciones afectivas que fueron
durante muchos años el sello inconfundible de una
población que buscaba su espacio ciudadano basándose en
el respeto y la tolerancia. Donde ha quedado el Chuy de
puertas abiertas, el Chuy de “Piqueno”, de Samuel, del
maestro “Pepe”, de doña Meca, del “Gallego” Manolo, del
“Negro” Mario, del Dr. Aristimuño y de la maestra
Melita. El Chuy de casas modestas sin luz y sin agua,
con sus jardines al frente y sus huertas al fondo. El
Chuy de los frutales, de los malvones en latas de aceite
OPTIMO, de las enredaderas y de algunas tortugas
en las cachimbas para mejorar el agua. Donde ha quedado
el Chuy del 40 o del 50, de los festejos en familia, de
las parteras comandadas por doña Juana, de la escuela 28
con “Pancho” Leiza en los salones y Zenona en la cocina.
El Chuy romántico que se emborrachaba de alegría con la
llegada del circo López o en la matinée del Club
Social con las hazañas de Tarzan o los Aguiluchos. El
Chuy donde sobraba el tiempo para conversar con los
amigos y faltaba siempre para tomar caminos equivocados.
El Chuy de los amores furtivos, del primer beso y del
primer cigarrillo, cuando queríamos tener muchos años en
plena inocencia. El Chuy de la siesta sin apuro, de las
ruedas de mate al atardecer, el Chuy del carbón en el
bracero o el primus a kerosene tiznando la caldera de
lata. El Chuy del pan casero, de las loterías de cartón,
de partidas de truco y de las pencas cuadreras. El Chuy
sin tarjeta de crédito, pero con crédito vecinal en
libretas maltrechas, que los meses les quitaba hojas,
sin alterar por ello la confianza de los clientes ni la
puntualidad del pago. El Chuy de las locuras ingenuas de
Germán con su carretilla espacial transitando por la
pista de la vida. El Chuy del padre Bernasconi y del
catequismo en casa de la familia Iglesias, donde hicimos la primera
comunión y confesamos nuestros pecados infantiles,
cuando la Iglesia todavía no pedía perdón. Como no
sentir nostalgia cuando recordamos al Chuy sin apuros,
sin competición, pero con mucha identidad, cuando el
tiempo sobraba para visitar amigos y familiares en
una comunicación directa que acercaba más a los pocos
habitantes. El Chuy del arroyo cristalino donde “Piqueno”
daba sus clases de natación y las familias pasaban
los domingos en alegres romerías hasta entrada la noche.
El Chuy del asombro ante la aparición del primer
automóvil, de la luz eléctrica, del teléfono y
finalmente de la televisión. Todo esto nos está
señalando que hemos logrado muchas cosas en las
últimas décadas. , pero que también hemos perdido para
siempre al Chuy sin duplicado que pudimos disfrutar
a mediados del siglo pasado y que hoy a la distancia nos
hace parafrasear al poeta: Eramos tan felices y no nos
dimos cuenta...
Chuy, agosto de 2007
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