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Están en todas las profesiones, pero abundan en el
periodismo y en la política deformando nuestra
personalidad, haciéndonos creer que estamos por encima
de la media del hombre común. Aún reconociendo que
detrás de cada periodista o político hay siempre
un ser humano que trabaja, sufre y defiende en muchas
oportunidades sus verdaderos ideales, debemos reconocer
que es fácil encontrar también a quienes piensan
ser los dueños de la verdad por el solo hecho de manejar
la computadora, ocupar un cargo o tener a su disposición
la cámara y el micrófono que mal utilizados pueden
causar males irreparables. En las últimas horas hemos
recibido desde la ciudad de Treinta y Tres un correo que
bajo el título de IDIOTA NO ES CUALQUIERA señala lo
siguiente: Se necesita vocación y entrenamiento. Sea
cual sea el empaque. Porque hay varias
clases de idiotas: los invisibles y los que encandilan.
Los inoloros y los que apestan. Los insípidos y
los que empalagan.
Hay idiotas con toga e idiotas con botas. Hay idiotas de
reciente cosecha y los hay añejados. Hay
idiotas por conveniencia y hay idiotas por
convicción. Todo idiota, sin embargo, tiene su
equipamiento básico: una serie de rasgos
peculiares que lo definen y lo separan del resto
de la especie. El idiota típico, por ejemplo, no
distingue colores ni matices. Ve el mundo en blanco y
negro. Alimenta su discurso con dicotomías. Pobres y
ricos. Patriotas y lacayos del imperio. Buenos y malos
Capitalismo y socialismo. Bush y el otro. El
idiota practica el autoengaño. Cree que maneja a los
demás... y los demás lo usan. Lo ponen,
verbigracia, a dar insultos a un gringo en tierra
ajena, mientras el anfitrión voltea su estrabismo para
desentenderse. O algún analfabeto presidente, embutido en un poncho, le
organiza un acto de adulación para vaciarle la
bolsa mientras habla. El idiota no sabe lo que
dice. Usa la lengua pero no el cerebro. Le
rinde culto a la consigna. Llama a formar "uno,
dos, tres Vietnam", sin recordar el
sufrimiento que un solo Vietnam le causó al mundo. O
grita a todo gañote "Patria, socialismo o muerte",
como opciones alternativas de futuro. Como una
amenaza enarbolada a los cuatro vientos, que deja
sin espacio a quienes creen en la humanidad, la
libertad y la vida.
El idiota no sabe sacar cuentas. Se mira en el espejo y
grita "¡Somos dos!". El idiota, en efecto, asocia a su
país con tres países pobres y pequeños... y cree
que el imperio está temblando. Venezuela, Cuba,
Bolivia y Nicaragua se embarcaron en esa
aventurilla que es ALBA. Unidos suman
unos 50 millones de habitantes. La mitad de los que
tiene México. La cuarta parte de los de Brasil. La
sexta parte de la población del imperio.
Bush no se ha dado ni cuenta de que el ALBA respira. El
idiota no sabe que los demás lo ven. Persigue al hombre
de su vida (si no existiera Bush lo
inventaría) por toda América Latina, y luego dice que
aquél lo anda buscando. Monta un show de bostezos y de
insultos en un pequeño estadio de un barrio
bonaerense y luego va a dormir en el Sheraton
Hotel. Prédica y conducta por distintos rumbos.
El idiota no tiene identidad política. En Argentina se
proclamó hijo de Bolívar, de San Martín, de
Tupac Amaru, del Ché Guevara y de Perón. Cuando
visita Cuba es hijo de Martí. En Nicaragua es hijo de
Sandino. En Perú, de Velasco. En la China, de Mao. Esa
mezcla de padres tan disímiles talvez sea responsable
del desorden ideológico que el pobre idiota carga
entre verruga y ceja. El idiota prefiere lo parejo. Le
tiene miedo a la diversidad. Por eso quiere un partido único donde todos complazcan sus caprichos. Y
un pensamiento único que evite la comezón de la
disidencia. Y un líder único y eterno,
cuyo dedo decida el rumbo del país. El idiota no
asume responsabilidades. La culpa es siempre de otro.
Del neoliberalismo. Del imperialismo. De la oligarquía.
De los medios de comunicación. De sus ministros,
incluso. Es un experto en el arte de lavarse las manos.
El idiota se cree grande porque hay otros idiotas que
lo aplauden. El idiota se cree tigre de acero. El idiota
no sabe que el acero también se derrite.
Chuy, diciembre de 2007. |