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Es muy difícil caminar solo, pero más difícil es no
saber hacia donde vamos, y eso es quizás lo que le
esté pasando a nuestro país con el MERCOSUR.
Nadie discute las buenas intenciones que llevan a los
hombres de estado a pronunciar notables piezas oratorias
o prometer y firmar declaraciones que luego quedan
archivadas por los siglos de los siglos. Todos
recordaran la Carta de Canela firmada por los
presidentes de Brasil Fernando Collor, Carlos Menem de
Argentina, Andrés Rodríguez de Paraguay y Luis Alberto
Lacalle de Uruguay. Fue en febrero de 1992 y la famosa
Carta con exigencias y reivindicaciones regionales
unificaba las aspiraciones del MERCOSUR.
El Documento de 11 páginas hacía hincapié en los
problemas ambientales, un trato más tolerante con los
países en desarrollo y el fortalecimiento institucional.
Anunciado con bombos y platillos el Documento fue
catalogado como histórico, teniendo en cuenta que estaba
destinado finalmente para ser presentado en la
Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente
y Desarrollo. Se reconocía desde el primer artículo que
la crisis ambiental estaba amenazando la sobre-vivencia
en la tierra señalando que “la protección del Medio
Ambiente y la conservación racional de los
recursos naturales, exige el firme compromiso de todos
los Estados del mundo para la realización de un esfuerzo
coordenado que asegure a las generaciones futuras
las condiciones que hagan posible la vida en el Planeta.
El esfuerzo que deberán realizar los países en
desarrollo requiere recursos financieros adicionales y
continuados, pero sobre todo en condiciones especiales
y más convenientes. La comunidad internacional debe
comprender -señalaba la carta- que la protección del
Medio Ambiente y la conservación de los recursos
naturales no se oponen al progreso material ni al
desarrollo económico. Al contrario son conceptos
complementarios puesto que no es posible mantener la
producción de bienes si no se protegen los recursos
naturales. Es necesario un sistema renovado de
cooperación internacional para lograr un planeta
ambientalmente sano y un mundo social y económicamente
justo. También se reafirmaba en el documento la
importancia de la educación y de la formación de una
conciencia y responsabilidad pública en lo que se
refiere a estos problemas.
La participación de la comunidad, de las fuerzas vivas
de la sociedad, de la juventud, de las organizaciones no
gubernamentales, y los medios de comunicación deben
incentivar siempre el conocimiento de estas practicas de
conducta ambiental. Al margen de las leyes que se
aprueben en los distintos estados será necesario
establecer y aprobar instrumentos jurídicos
internacionales que contemplen la integridad de
los recursos. Se destacó además en aquella oportunidad
que estos instrumentos debían incluir, entre otras
disposiciones, sistemas de observación ambiental y
de cooperación permanente ante las alteraciones
climáticas , el deterioro de la camada de ozono y los
desgastes naturales que provocan las erosiones. Se
establecieron también deberes de Estado, de las personas
físicas y jurídicas para definir responsabilidades
internacionales para condenar las conductas ambientales
de carácter ilícitas. Nadie dudaba en aquella
oportunidad que se trataba de una Conferencia histórica
y de alta prioridad para el Planeta tierra que pretendía
establecer bases sólidas para un acuerdo internacional
donde se involucraran todos los países del mundo.
Lamentablemente no fue así y la voluntad política fue
más débil que los intereses económicos haciendo
naufragar las buenas intenciones. Lamentablemente el
presidente uruguayo Luis Alberto Lacalle se equivocó en
aquella oportunidad al señalar que “el tiempo de los
discursos ha terminado”.
Chuy, octubre de 2007. |