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En
la década del 30 la Posada de Joao Silva centralizaba toda
la actividad que cumplían las diligencias que hacían el
recorrido entre Rocha y Santa Vitoria do Palmar. Relatos
periodísticos se han convertido en los únicos testimonios
de aquellas odiseas de varios días para sortear caminos
intransitables.
Años
más tarde la llegada de los primeros automóviles le
permitió a las familias más acomodadas la posibilidad de
acortar distancias. De esta manera don Plinio da Silva
Russomanno relataba para el semanario Liberal de Santa
Vitoria un viaje familiar a la capital uruguaya. “En el
año 1935 la manera más rápida de viajar a Montevideo era
trasladarse en auto hasta Rocha y luego tomar el
ferrocarril para la capital uruguaya. Estábamos en el mes
de julio y el invierno se presentaba riguroso con mucho
frío y lluvia. Los caminos entre castillos y Santa Vitoria
estaban intransitables. Era necesario mucho coraje para
transitarlo, por lo cuál mi padre apeló para el experiente
Lino Rodríguez cuyo taxímetro era marca Chevrolet de seis
cilindros.
De
esta manera un día de aquel julio terrible del 35 nos
acomodamos de la mejor manera y partimos en dirección al
Chuy. El camino en la población de Chuy pasaba junto al
arroyo mientras transitábamos frente a la Posada de Joan
Silva, unos ranchos muy bien conservados. Entramos al
Uruguay por una calle que comenzaba en la línea divisoria
de ambos países. A las 7 de la mañana partimos de Chuy y
antes de llegar al comercio de Leopoldo Fernández en
Gervasio ya habíamos sacado dos “peludos” que nos causaron
varios problemas. Ya veíamos en el horizonte la silueta de
la Fortaleza por esos años todavía abandonada y que
representaba el fin de aquella zona tan peligrosa. Nos
apartamos de la huella de otros automóviles y “peludeamos”
nuevamente, siendo necesario una yunta de bueyes para
tirarlo, pero con tanta mala suerte que rompimos el tren
delantero del auto. Estábamos perdidos. Como salir de
aquel lugar. Como el chofer estaba dotado de una
importante dosis de creatividad se las arregló para
solucionar el problema, cortando la manija del auto para
sustituir la punta del eje dañada.
Continuamos el viaje, pasando próximo a la Fortaleza para
entrar nuevamente en el camino. De esta manera llegamos a
la parada obligatoria en el boliche de los Martínez.
Anochecía cuando llegamos a Castillos y estacionamos
frente al Hotel de Miguel Araujo. Cenamos y ya sobre una
buena carretera hicimos el tramo hasta la ciudad de Rocha
donde llegamos el mismo día. Vino luego la última etapa
hasta la capital uruguaya. No está demás señalar- dijo don
Plinio- que a pesar de conocer Pelotas y Río Grande
quedamos enamorados de Montevideo. Así termino aquel viaje
que para nosotros fue una verdadera odisea, pues apenas
teníamos nueve años de edad.”
Chuy,
diciembre de 2006. |