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Señala la historia (que nos enseñaron) que la liberación
de algunos países latinoamericanos, contó desde el primer
momento con la participación de numerosos curas que en el
momento de los enfrentamientos armados no tuvieron ningún
inconveniente en disparar fusiles.
Se
trataba de curas gauchos que ofrendaron sus vidas en
nombre de las causas populares, encendiendo la hoguera de
la rebelión armada. Aquellos pueblos coloniales contaron
siempre con el servicio religioso de estos curas que al
decir de Carlos Roxlo; “ellos escribían las cartas y las
respuestas, ellos bendicen las cunas, las bodas y el
sepulcro; ellos son los consejeros de las familias cuyos
secretos saben por el confesionario y cuya prole educa en
la diaria enseñanza del catecismo, él pesa en su balanza
la verdad y el error, la virtud y los crímenes; él falla
en los litigios y truena desde el púlpito contra las
perversiones, haciendo suyo el credo de los oprimidos.”
Sin
embargo es justo señalar que no todos los curas se
afiliaron a la revolución, aunque fue importante el apoyo
ofrecido por la minoría, lo que representó en algunos
casos más decisivos que los ejércitos y donde el fanatismo
religioso sumaba voluntades y aumentaba el prestigio de
algunas personalidades del clero latinoamericano. Hace
algunos años (35) Efraín Quesada describió en el semanario
Marcha el coraje y la valentía del cura mejicano Miguel
Hidalgo- contada por Martí- que “él vio a los negros
esclavos y se llenó de horror, vio maltratar a los indios
, que son tan mansos y generosos y se sentó entre ellos,
como un hermano viejo.” Hidalgo contaba 63 años, tenía una
buena renta (ocho mil pesos anuales) Dio los primeros
pasos para lograr la insurrección. El movimiento iba a
estallar el 1 º de octubre de 1810 pero “un traidor le
dijo a un comandante español que Querétaro trataba de
hacer a México libre. Muchos fueron detenidos.
Otros trataron de ponerse a salvo. Los compañeros de
Hidalgo lo incitaron aponerse a salvo, pero el cura de
Dolores resolvió precipitar los acontecimientos. Reunió
alguno de sus amigos y puso en libertad a los detenidos
por la conjura y otras injusticias, amenazando con una
pistola al alcalde de la cárcel y juntó un cuerpo de 80
hombres mal armados. “El cura montó a caballo con todo su
pueblo que lo quería y fueron juntando los caporales y
los sirvientes de las haciendas que eran la caballería;
los indios iban a pie, con palos y flechas, con hondas y
lanzas. Se les unió un regimiento y tomó un convoy de
pólvora que iba para los españoles. Entró triunfante en
Celaya, con músicas y vivas. Al otro día juntó el
Ayuntamiento, lo hicieron General y empezó un pueblo a
nacer. El alto clero se pronunció allí como en toda
América, contra la insurrección. Un obispo lanzó contra
Hidalgo una excomunión mayor; la inquisición lo declaró
hereje, la Universidad publicó manifiestos en honor del
gobierno español. Numerosas láminas y documentos, lo
muestran con pistola en el cinto, fusil en la cartuchera
de su montura y revólver en la mano.
El
cura Hidalgo-dice finalmente Quesada en su artículo- hizo
la revolución mexicana. Peleó en ella. Estuvo en numerosos
combates y no vacilo en ordenar fusilamientos y en tomar
represalias. Él declaró libre a los negros; él le devolvió
sus tierras a los indios, él publico un periódico que
llamó El Despertador Americano. Un día que buscaba amparo
a su derrota, los españoles le cayeron encima. y “le
quitaron uno a uno como para ofenderlo los vestidos de
sacerdote.. Lo llevaron detrás de una tapia y le
dispararon los tiros de muerte a la cabeza. Cayó vivo
revuelto en la sangre y en el suelo lo acabaron de matar.
Le cortaron la cabeza y lo colgaron en una jaula,
enterrando los cadáveres descabezados. Pero México fue
libre.
Chuy,
diciembre de 2005. |