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Allá
por los años 50 del siglo pasado, cuando compartíamos los
bancos escolares con Norma, Baltasar o Eduviges, bajo el
estricto control de la maestra Lydia Sopeña no
imaginábamos que algún día tendríamos la oportunidad de
volcar aquellos momentos en una crónica evocativa.
Era
simplemente “la escuela 28”. Los nervios se alteraban
desde el primer día de clase. Nos dejaban en la puerta sin
saber siquiera quién sería la maestra y lo que es peor,
sin derecho a elegir a los compañeros de clase. Allí nos
quedábamos con el guardapolvo de cuello almidonado y la
moña azul. Venía luego la clásica fotografía del grupo
escolar que los años fueron dispersando luego en distintas
direcciones para enfrentar el futuro y que tienen hoy a la
distancia un significado muy especial. Fotografías que
representan en la actualidad una referencia para ubicar
compañeros que compartieron el banco, los juegos y también
los sueños de la infancia. Por razones de edad andaban por
otros salones Julio Corbo, el “fifo” Vidal, Julio
Sanguinetti, las hermanas Correa (Leyda y Graciema) Lira
Nuñez y el “aleman” Vogler. Eran tiempos del portafolio de
cartón (casi vacío) con lo necesario para comenzar;
lápiz, goma y un cuaderno que por lo general tenía en la
tapa la foto de Artigas y en la contratapa el Himno
Nacional que nunca logramos memorizar. Una galleta o
boniato cocido para la merienda, bolitas para el recreo y
figuritas repetidas para intercambiar mientras soñábamos
con la sellada que completaría el álbum. Un recuerdo muy
especial para las maestras de aquellos años que superando
las dificultades y las carencias de la época cumplían su
tarea educativa con cariño y dedicación. Esa era la
filosofía dominante de la “escuela 28”. La conocimos muy
joven, todavía no había cumplido 40 años. Fue un amor a
primera vista, todas las cosas importantes de la aldea
pasaban por la escuela. Cuántos hombres y mujeres se
iniciaron a la vida en sus salones. Los cambios
experimentados en la educación le otorgan mayor
responsabilidad, mientras el nuevo milenio representa un
desafío para la “vieja escuela 28, que pese a sus cien
años continúa tan joven como la vimos el primer día de
clase.
RECORDANDO A LOS MAESTROS
Y en
este racconto del centenario de lo que es hoy la Escuela
República Federativa del Brasil, no puede faltar el
reconocimiento a quienes dedicaron su vida a modelar la
personalidad de los niños fronterizos. Un agradecimiento
especial para quienes nunca economizaron esfuerzos y
superando dificultades y distancias nos trajeron un día la
educación que reclamaban los niños del norte rochense. La
escuela 28 ha tenido desde su creación, figuras realmente
ejemplares que incentivaron desde el comienzo la vocación
de los alumnos. Maestros que antes de llegar al diploma,
sentían una vocación irrenunciable por la ecuación. Pocas
veces tenemos en cuenta el trabajo de los maestros y
fundamentalmente en esta frontera, su preocupación por la
defensa del idioma, lo que ha representado siempre una
cuestión de identidad y motivo de orgullo para el
departamento. Fueron de esta frontera los primeros
maestros que lucharon contra la invasión foránea y el
contagio portugués que por razones de vecindad nos
“ametrallaban” permanentemente.
La
voluntad y el temperamento inicial del maestro Elías
Lizardo se constituyeron desde 1905 en una antorcha, que
recogieron luego quienes lo sucedieron, luchando siempre
contra la contaminación cultural que amenazaba ingresar a
la “escuela 28”. Somos conscientes que vamos a omitir
algunos nombres en esta larga lista, confeccionada con el
apoyo de viejos vecinos para recordar a muchas maestras
que dignificaron la profesión en esta frontera. Por allí
estuvieron Enrique Vigliola, María Elena Techera, Ofelia
Saintestevan, Lucrecia Vázquez, María Tabeira, Julieta
Sosa, Sara Orrego, Angelita Camaño, Blanca Sedullo, Aída
de Castro, María Lidia Sopeña, Olga Magliano, Alba
Saldain, Sonia Fosatti, Alba Miranda, Francisco Leiza,
Mista Siglia, Melita Silva y una legión interminable de
maestras que defendieron permanentemente la enseñanza
pública dejando en ella sus mejores años. Más allá del
tiempo y la distancia que nos separan del año 1905, cuando
el maestro Elías Lizardo inauguró oficialmente la Escuela
28, es evidente que muchas maestras han desfilado por sus
salones impartiendo sus enseñanzas. No dudamos que la
escuela creada por Varela y poseedora de una rica
tradición, encontró en esta frontera el impulso generoso
de muchas maestras y maestros para que pudiera cumplir con
sus objetivos. Hay que tener en cuenta además, el panorama
que encontraban las maestras que llegan a la frontera en
las primeras décadas del siglo; una escuela funcionando en
un rancho de barro y paja brava, cercada por un alambrado
que se le escapaba a los piques quebrados por los
animales, y apolillados por el tempo. Vinieron luego otros
locales prestados por los vecinos hasta que se construye
finalmente el edificio propio.
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Dibujo del primer local
de adobe y paja... de setiembre a diciembre de 2005 |
Dibujo del año 1967,
local de la Escuela 128, hoy Sede de San Vicente F.C. |
E L P R I M E R M A E S T R O: E L I A S L I Z A R D
O
Todo
había comenzado en el año 1905, cuando las autoridades de
Instrucción Primaria de Rocha, resuelven trasladar la
escuela que funcionaba en Cebollatí para esta frontera a
cargo del maestro Elías Lizardo. Había nacido en
Montevideo el 20 de julio de 1869, en un barrio con
historia propia; la Aguada a pocos metros de la casa donde
en 1856 había nacido José Batlle y Ordóñez. Comenzaba el
siglo cuando llegó con su diploma de maestro al norte
rochense para recalar en la escuela de Cebolltí, donde al
poco tiempo y por falta de alumnado se dispuso el traslado
de la escuela para esta frontera en setiembre de 1905. Las
dificultades propias de aquellos años determinó que el
maestro Lizardo se dirigiera a las autoridades de
Instrucción Primaria en los siguientes términos: “El que
suscribe tiene el honor de llevar a conocimiento del Señor
Inspector que los medios para la conducción de las
existencias de esta escuela hasta el paraje denominado
Chuy, no se han podido encontrar, no obstante haber hecho
con anterioridad las diligencias para llevar a efecto lo
ordenado en la nota Nº 432 de esa oficina (fecha 1º de
agosto de 1905). En el día de la fecha he llegado a ésta y
me he presentado a la ya constituida Sub Comisión de
Instrucción Primaria. He pedido a la misma que se me
auxilie con medios para conducir el mobiliario desde la
costa de san Luis al Chuy.” El informe enviado por el
maestro Elías Lizardo nos da una idea de las dificultades
que debió superar para traer la educación a esta frontera,
cuando ni siquiera se podía traer el mobiliario, por falta
de animales para tirar la carreta, como lo expresa más
adelante en el mismo comunicado. (Dibujos y datos
aportados por el maestro Felix Flúgel)
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Año 1907 - Elías Lizardo y alumnos |
Un dibujo del maestro Elías Lisardo realizado en
1906 |
Chuy,
setiembre de 2005. |