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Decía Galeano, en reciente reportaje a la prensa
extranjera que “el juicio final no será el que la Biblia
describe. Será un Juicio final en que seremos acusados por
los bichos y las plantas, con sus patas y sus ramas para
preguntarnos con qué derecho los hemos maltratado y con
qué derecho hemos convertido este mundo en un basurero”.
Nadie puede negar que en los últimos años se hayan
elaborado y ratificado cientos de tratados internacionales
denunciando la contaminación del medio ambiente como la
mayor amenaza para el planeta. Hasta hace pocos años el
mar representaba el principal basurero de la humanidad,
con la comprobación lamentable de que se estaba
exterminando la fauna en los litorales industrializados de
varios países. En la actualidad esta comprobación ha
llegado a los ríos, arroyos y lagunas, sin que surjan las
medidas que podrían evitar esta contaminación preservando
los recursos naturales y la sobre vivencia de las especies
amenazadas. Existe un documento muy revelador de esta
situación que lamentablemente no ha tenido la difusión que
se merece, pero que representa una de las declaraciones
más hermosas que se hayan hecho a favor de la naturaleza.
Hace aproximadamente 150 años que el Jefe Indio SEATTLE
que comandaba los territorios del noroeste americano y que
ahora forman el Estado de Washington , se dirigía al
presidente Franklin Pierse que había pretendido comprarle
las tierras de su tribu en los siguientes términos:
“El
Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar
nuestras tierras. El Gran Jefe también nos envía palabras
de amistad y buena voluntad. Apreciamos esa gentileza,
que poca falta le hace, en cambio nuestra amistad.
¿Cómo podréis comprar o vender el cielo, el calor de la
tierra. Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de
la frescura del aire, ni del centelleo del agua. Cada
partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. La
savia que circula por las venas de los árboles, lleva
consigo las memorias de los pieles rojas. Los muertos del
hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van
a caminar entre las estrellas.
Nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra porque
ella es la madre del hombre piel roja. Las flores, el
venado, el caballo y el águila majestuosa, son nuestros
hermanos, todos pertenecen a la misma familia. Por eso
cuándo el Gran Jefe de Washington manda decir que desea
comprar nuestras tierras, nos está pidiendo demasiado.
También el Gran Jefe manda decir que nos reservará un
lugar para que podamos vivir cómodamente entre nosotros.
Él se convertirá en nuestro padre y nosotros en sus hijos.
Ello no será fácil, porque estas tierras son sagradas para
nosotros. Los ríos son nuestros hermanos, llevan nuestras
canoas y alimentan a nuestros hijos. Sabemos que el
hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo
mismo un pedazo de tierra que otro, porque él es un
extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que
necesita.
La tierra no es su hermana sino su enemiga. Cuando la ha
conquistado la abandona y sigue su camino, dejando atrás
la tumba de sus padres y los derechos de sus hijos. Trata
a su madre la tierra y a su hermano el cielo, como si
fueran cosas que se pueden comprar, saquear y vender como
corderos. No los comprendo. Nuestra manera de ser es
distinta. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida.
He visto a miles de búfalos pudriéndose en las praderas,
muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en
marcha. ¿Qué sería del hombre sin los animales? Si todos
fueran exterminados, el hombre también moriría de una gran
soledad espiritual, porque lo que le sucede a los animales
también le sucederá al hombre. Deben enseñarles a sus
hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros
abuelos. Incúlqueles a sus hijos que esta tierra está
enriquecida con las vidas de nuestros semejantes, a fin de
que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos, que nosotros
hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra
madre. Todo lo que ocurra a la tierra, le ocurrirá a los
hijos de la tierra.
Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a si mismo.
Ni siquiera el hombre blanco cuyo Dios pasea y habla con
él como si fuera su amigo queda exento del destino común.
Sabemos una cosa que quizás el hombre blanco descubra un
día; nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar
ahora que él les pertenece así como desean que nuestras
tierras les pertenezcan; pero no es así. También el hombre
blanco se extinguirá contaminando sus ríos y una noche
perecerán ahogados en sus propios residuos. Pero ustedes
caminarán a su destrucción cargados de gloria, inspirados
por la fuerza de Dios que los trajo a esta tierra y que
por algún designio especial les dio dominio sobre ella.
Este destino es un misterio para nosotros, que no
entendemos porque se exterminan los búfalos, se doman los
caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los
bosques.
¿Donde está el matorral? Destruido. ¿Dónde está el águila?
Desapareció.
Termina la vida y empieza la supervivencia.
De
poco sirvió este documento. Los pieles rojas continuaron
siendo una bestia sanguinaria y cruel a la que debían
combatir y matar. El único indio bueno era el indio
muerto. Por lo tanto el título de este valioso documento
enviado al presidente norteamericano en 1854, nos hace
pensar que el Indio Tenía Razón….
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…los ríos del indio |
…los
ríos del hombre |
Chuy, setiembre de 2005 |