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Si no conocemos realmente los secretos de la vida para que
preocuparnos por la muerte, que en definitiva es una
cosa tan natural como nacer, aunque algunos se han
empecinado en otorgarle un sentimiento trágico. Si todos
estamos de acuerdo que la muerte es inevitable debemos
preocuparnos por la vida y dejar que las frases de los
grandes pensadores circulen por el mundo más allá de sus
muertes. “Meditando sobre la muerte, he podido comprobar
que es el menor de todos los males.” (Bacón) “Todo nace,
todo pasa. La ola se pierde en la playa, a la hoja se la
lleva el viento, la aurora termina en la tarde y el hombre
en la muerte.” (Lamartine) “Vivir es una enfermedad; el
sueño es un paliativo y la muerte el remedio infalible.” (Chamfort)
“La naturaleza no es más que una sucesión de nacimientos y
muertes.” (Diderot) “La vida de los muertos no cabe en el
ingenio de los vivos.” (Cicerón) Por supuesto que cada uno
le dará su propia interpretación a este breve pasaje por
la vida con su carga de tristezas, victorias, alegrías y
derrotas. Como sucede todos los años, hemos llegado al 2
de noviembre y se está repitiendo la cita con lo
inmaterial, solamente porque el almanaque nos está
indicando que debemos desfilar silenciosamente por los
cementerios.
Nuevamente las lápidas se cubrirán de flores, aunque
muchas de ellas estaban abandonadas desde el año pasado o
quizás antes. Abundarán las flores, las velas, recuerdos y
algunos mensajes dirigidos a la eternidad, estarán allí
como mudos testigos de un encuentro fugas de la vida
breve, con la muerte eterna. Una experiencia personal nos
vuelve a la realidad. Fue nuestro primer encuentro con la
muerte. Cursábamos 4º en la Escuela 28 y regresábamos a
casa en compañía del “Fifo” Vidal. De entrada tuvimos el
presentimiento de alguna desgracia. Los rostros severos y
alguna lágrima que la abuela enjugaba, nos anunciaba
alguna noticia desagradable que no se hizo esperar: había
muerto la Tía Manuela. Cambiada la indumentaria escolar
marchamos en procesión con otros familiares que se fueron
agregando en el camino y que ensayaban sollozos mientras
nos íbamos acercando a la casa que había sido de la tía
hasta pocas horas antes. Teníamos 9 años y todavía
recordamos con nitidez aquellos momentos de miedos y
fantasías que soportamos aquella noche.
Con el tiempo comprendimos que era el miedo natural que
vamos perdiendo con los años en la medida que se van los
amigos, los parientes, los abuelos y los padres. De todas
maneras aquel día, la muerte nos agarró de sorpresa, como
a la tía que “vendía salud”. Nos fuimos escondiendo
lentamente entre los mayores tratando de ocultar
nuestros temores sin darnos cuenta que no era de la tía
que debíamos cuidarnos, sino de los asistentes al velorio.
Todo estaba arreglado, los muebles y los espejos se habían
cubierto con sábanas, algunas sillas para los asistentes y
las infaltables fotografías redondas de los bisabuelos que
desde las paredes parecían observar con silenciosa
veneración el cajón de la tía. Muy cerca de la puerta un
cuadro gigante del abuelo que había servido en la
revolución junto a uno de los Saravia, nos daba la
bienvenida con austera mirada. Los parientes fueron
llegando en tandas desde Cebollatí y Potrero Grande, con
la reiterada frase de que “nos vemos solamente en estas
oportunidades”. O como lo dijera Landriscina “queriéndolo
saber todo, la edad de la tía y las circunstancias que
rodearon su muerte, mientras murmuraban entre dientes
“parece mentira, ayer estaba ahí”. Algún desmayo
accidental reanimado con alcohol o la presencia de algún
borracho que llegaba equivocado, fueron las notas
dominantes del velorio, que supo tener también su asadito
en el fondo para los parientes.
Cuando la dejamos en el cementerio los gritos y desmayos
se fueron prolongando durante el regreso por el camino La
Higuera que se hacía más largo que nunca teniendo en
cuenta que los dos (únicos) automóviles llevaban a los
familiares más directos. Era evidente que la muerte en
1950 complicaba sobremanera la vida de los que se
quedaban. En la actualidad todo ha cambiado. Los velorios
se realizan en salas especiales y los familiares del
difunto no se ocupan ni del café. Para resumir lo que
significó a fatalidad de perder a la tía Manuela, tuvimos
que concurrir a la Escuela con un brazalete negro durante
seis meses y conformarnos con escuchar solamente los
informativos radiales, no fuera cosa que algún tema
musical pretendiera alterar el ambiente de tristeza.
Chuy, noviembre 2 de
2005. |