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Era una frontera distinta,
aldeana y desconocida donde el ocio estiraba madrugadas en
un abrazo nocturno que servía entre otras cosas para
estrechar amistades. Cuenta la leyenda que en las primeras
décadas del siglo, en las grandes ciudades o en los
pequeños poblados fueron surgiendo los primeros “quilombos”
como imperiosa necesidad de otros universos que por
aquellos años no estaban al alcance de toda la población.
Ocultos y desconocidos en su
mayoría, con el correr de los años se quedaron
definitivamente en la mejor historia de esas comunidades.
Viejos moradores recuerdan todavía los lugares primitivos
de estos burdeles que fueron los culpables en muchas
oportunidades de que el “amor tarifado” dejara en
escombros varios casamientos. La vida cotidiana con su
realidad nos ha ofrecido varios ejemplos de amores
imposibles que desafiando “el que dirán” juntaron sus
trapos y dejaron que el tiempo curara las heridas
provocadas por estas relaciones.
Eran otros tiempos y la
represión determinaba que estos centros “marginales”
funcionaran en lugares especiales, lejos de la sociedad
para que sus inmorales arrebatos no sirvieran de malos
ejemplos. Años más tarde fueron llegando los prostíbulos,
que en realidad eran los parientes cercanos de los
primitivos quilombos”, lugar
obligado de la noche fronteriza y zona franca para el
intercambio comercial sin aranceles ni certificados de
origen. Entre muchos nombres rescatamos dos, “La
Mami” y “El Penado” Ademar que
fueron en realidad los últimos sobrevivientes del tornado
progresista que se abatió sobre la frontera en las últimas
décadas. Refugio generoso de jóvenes y veteranos que
retrazaban la última copa, mientras en la pieza de al lado
con paredes de cartón humeaban las salsas de tomate para
entreverar con algún “requeche”
del medio día.
Casas de muchas
habitaciones donde se podía observar una
desprolija albañilería con
una cuota de melancolía, que de alguna manera contagiaba a
los “inquilinos” que se daban cita por algunas horas.
Mujeres esbeltas, cabellos plateados y una voz
enronquecida por el cigarrillo y el alcohol, que
desplazadas de otras actividades o por algunas ironías del
destino habían recalado en los prostíbulos. Estos lugares
eran atendidos por mujeres de confianza de los
propietarios que manejaban con mano de hierro el
establecimiento.
El prostíbulo de “Ademar”
era el preferido de la frontera, con un ambiente muy
especial que pasaba por la generosa amistad del “Penado” y
la gentileza de su equipo nacional integrado por
representantes de varios departamentos. Lugar tranquilo
frecuentado por pocos “matones” que sabían inclinarse ante
la última advertencia del “Penado”, lo que ofrecía la
seguridad de una cómoda estadía. Estuvo ubicado en
distintos lugares de la frontera hasta que ancló
finalmente frente al Estadio Samuel
Priliac. Fue siempre el punto obligado del
trasnoche de aquellos años y sala bailable con su piso de
portland lustrado. De todas
maneras los habituales bailarines se las ingeniaban muy
bien para mantener el equilibrio cuando avanzaba la
madrugada y el alcohol regulaba los pasos.
El recambio de las chicas
era incesante y de la misma forma que
llegaban se iban sin aviso previo hacia otras
ciudades con sus nobles “ambiciones”. Sin horario de
trabajo, todo comenzaba cuándo el sol bajaba la cortina de
la noche y la sed del estómago y el alma se hacía más
intensa. Algunos episodios no finalizaban en tragedias por
la intervención de algunas personas que detectaban los
síntomas antes de que llegara la enfermedad. Esto era lo
que se podía observar en los prostíbulos cuándo los
ánimos comenzaban a levantar la presión por simples
discusiones, no siempre relacionadas con el universo
femenino.
La historia de estos centros
nocturnos comenzaba para la gran mayoría en plena
adolescencia y cuando todavía estas escapadas no
representaban realmente una aventura, salvo para el mundo
de sus protagonistas que se internaban por algunas horas
en el universo de los mayores. Todo se limitaba a esas
escapadas sin dinero. Eran los primeros desafíos
personales de una juventud que si bien podían terminar con
algunas copas de más por la generosidad de algún
parroquiano amigo, no incursionaban en otras
actividades reñidas con “las buenas costumbres”.
Las despedidas de solteros,
las partidas de truco y las reuniones de negocios
terminaban naturalmente en los prostíbulos, con una ronda
previa para verificar una buena asistencia. Cuantas
encachiladas desde lejos y entre penumbras donde las
chicas “parecían” hermosas, aunque la realidad fuera otra.
Hoy cambiaron de nombre, hay otras facilidades, ya no son
el recinto obligatorio, hay miedo, hay crisis y también
hay SIDA. El tiempo se llevo los
quilombos y está amenazando seriamente los
prostíbulos. En la figura de don Ademar Muñoz nuestro
recuerdo y reconocimiento a las trabajadoras del sexo
integrantes de una de las más antiguas profesiones de la
humanidad.
Chuy, enero 31 de 2005 |