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El 10 de setiembre de 1904, moría en Brasil el
caudillo blanco Aparicio Saravia, que se había dado de
frente con las balas enemigas en los campos de Masoller,
tras una agonía de 9 días. Esta batalla había terminado
con una época y con un estilo muy especial de los
orientales, donde las guerras civiles habían marcado a
fuego las divisas tradicionales.
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Esa muerte del caudillo blanco tuvo una significación
muy especial por tratarse de un personaje que nuestra
historia no puede soslayar por la gravitación que tuvo
en aquellos años tan cruciales para nuestro país. La
vida o quizás la muerte de Aparicio, es el mejor
ejemplo que puede ofrecer el Uruguay, para desmentir a
Sarmiento sobre los juicios erróneos que emitió sobre
los caudillos orientales.
EL AGUILA BLANCA como le llamaban antepuso siempre los
intereses nacionales a los personales y se le vio
luchando siempre por el derecho de las “mazas
incultas” de la campaña. Había nacido el 16 de agosto
del año 1856, siendo uno de los 13 hijos de don
Francisco Saraiva, un gaucho riograndense que había
emigrado en 1849. |
Tenía
solamente 14 años cuando se incorporó a la revolución que
encabezaba Timoteo Aparicio y que fuera el debut para ir
templando su carácter en los fogones campesinos. Allá por
1893 acompaña a su hermano Gumersindo en la patriada
revolucionaria de Río Grande del Sur, junto a 500 hombres
para recorrer miles de kilómetros y sostener cruentos
combates antes de regresar al país en 1895.
Durante esos años en territorio brasileño completó el
aprendizaje necesario para ingresar de lleno al movimiento
revolucionario entre blancos y colorados. Fue así que el 5
de marzo de 1897 colocó en su sombrero de ala ancha la
divisa que rezaba POR LA PATRIA, integrándose
definitivamente a conseguir las metas de sus afanes,
cimentados en la dignidad desde arriba hacia abajo y la
igualdad de oportunidades para los blancos y los
colorados. Más de 100 años de porfía criolla estaban en
retirada cuado el “Remington” daba lugar a los cañones
proporcionados por don José Batlle y Ordóñez. Los heroicos
entreveros que habían teñido de sangre los campos
orientales, llegaban a su fin con el presagio del último
capítulo que se estaba por escribir para clausurar el
ciclo más brillante de nuestra historia revolucionaria en
los campos de Masoller.
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Para Guillermo Vázquez los cambios experimentados en
el 900 “habían triplicado el valor de tierras y
rodeos, mientras los terratenientes seguían detentando
de hecho y de derecho de la prosperidad de la
principal riqueza del país. Considerando el latifundio
y la estructura capitalista del mundo circundante,
solamente los gauchos llegaban al ocaso con su
dignidad intacta.
Y es allí, en el centro de esa cuenca ganadera junto a
los suyos, donde se encontraba Aparicio Saravia que
había regresado de Brasil, tras galopar durante muchos
meses junto a Gumersindo, capitalizando coraje para
depositarlo en Masoller. |
Cuando cayó Gumersindo lo sucedió en el mando dirigiendo
las últimas cargas de de la caballería. De esta manera el
hijo de doña Pulpicia se estableció en Cerro Largo para ir
modelando su personalidad de caudillo indiscutido que lo
llevaría a la muerte. La pulseada final fue con Batlle y
Ordóñez- ciudad y campo- y la supremacía natural del
hombre sobre los hombres. Cuando comenzaron los rumores de
una guerra, Aparicio bajó a Montevideo para entregar a sus
correligionarios los títulos de sus campos para financiar
el futuro movimiento, sin saber que junto a los campos
estaba hipotecando la vida. Sin embargo el ilustre
directorio no quiso confiar en el caudillo gaucho. Rechazó
el ofrecimiento, pero le negó su apoyo.
Sin
embargo se las ingenio para reunir una multitud de
paisanos armados con fusiles, lanzas y boleadoras. Primero
fue en Arbolito, Cerro Colorado y Cerros Blancos, Aceguá y
Cuñapirú. Galope, divisa y lanza para animar el movimiento
de los montoneros que morían cumpliendo las órdenes del
estanciero que los había convocado. Desapareció en esa
oportunidad una figura descollante de la política nacional
y llegaba a su fin el trágico ciclo de las guerras
civiles, mientras Aparicio ingresaba a la Historia,
rodeado de la veneración de sus correligionarios blancos.
Le correspondió a Javier de Viana definir magistralmente a
Saravia: “No es un hombre, es un símbolo; no es una idea,
es un sentimiento.”
Chuy, 10
de setiembre de 2004 |