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En el mes de junio falleció un gran amigo, el “Cabezón”
Olmos y a su memoria desearía ofrecer las líneas siguientes.
Incluyo también a su esposa Nidia, a su hija Cristina, a su
nieta Mayra y a su hermano y sobrinitos.
Además con él tengo una deuda que desearía saldar. Por el mes de
enero pasado le obsequié un ejemplar del libro “Historias de la
Vaca Azul” y me reprochó la ausencia de una dedicatoria, iba a
esperar por ella para leer el libro. No lo hice por vergüenza
pero no por falta de respeto y afecto hacia el amigo. Hoy, pues,
quiero atender a su reclamo y aparte decirle algunas cosas.
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Por flaqueza y miedo no fui a verlo al hospital. Cuando
forzaba mi ida, a modo de justificación para no hacerlo,
recordaba sus palabras, dichas en nuestro ranchito en la
Barra del Chuy, mientras comíamos un asado: “...mirá,
hermano, cuando un amigo se enferma y está al borde de la
muerte yo prefiero no verlo y guardarme el recuerdo de lo
que realmente fue y es, aunque si me llama a su lado voy a
estar”.
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Él era más noble que yo. No me atreví a verlo de otra
manera que con su clásica e hidalga estampa de siempre.
Cuando mis hijos se enteraron de su muerte lloraron largo y
tendido. Juanele, el más chico, decidió transformarlo en un
“fantasma bueno” que lo va a rodear siempre para cuidarlo y
protegerlo. Para mi hija Belén, más grande, el tema fue más
difícil de asimilar porque tenía un cariño muy especial por el
“Cabezón”. Mientras estaba vivo pero enfermo, ella e incluso mis
sobrinitos, Sofía, Joaquín y Josefina, se dedicaron a empapelar
la casa con cartelitos que decían: “Que no muera, que no muera,
el Cabezón” y cerraban sus mensajes al aire con unos enormes
corazones azules.
Mi hija finalmente optó, para exorcizar su dolor, por escribirle
mensajes en las noches y guardarlos debajo de su almohada.
Mensajes que yo religiosamente retiraba al día siguiente, antes
de salir para el trabajo y mientras ella dormía. El primero de
esos mensajes decía más o menos así:
“Cabezón, te queremos hasta el cielo. Tenías un problema grave
pero ya pasó. Sólo nos separan caminitos y viajando por ellos
vamos
a encontrarnos. Te escribo esta carta para que vengas a
buscarla y
si te gusta mañana te escribiré un cuento y pasado otro...”
Al mensaje le agregó un barquito de papel con su nombre
porque recordaba que su amigo tenía problemas cardíacos y no iba
a poder nadar en el caso de encontrar agua separando los
caminitos.
En mi caso, el de Valeria, el de mis padres, el de
Gloria y Eduardo García, seres preciosos por su integridad
humana, todo se hace más difícil porque no vemos con la
sabiduría de un niño que con su realismo mágico organiza el
universo como lo siente su corazón.
Lo vamos a extrañar muchísimo y en especial cada diez
de enero, fecha del cumpleaños de mi padre, circunstancia a la
cual nunca faltaba, era el primero en llegar y el último en
irse. Al lado del fueguito tuvimos trasnochadas inolvidables. La
última vez se apareció con un soplete para que ahorrara tiempo e
hiciera rápido los chorizitos a la parrilla, porque según él,
por más que me preocupara siempre terminaba haciendo
chicharrones. Así que lo mejor era salir de una vez por todas
del asunto y aunque mal no fuera evitarnos el ahumado de
siempre. A mi madre, ese mismo día, le regalo un yugo de madera
con la inscripción “Vamos Tito!, todavía”. Y el homenajeado,
recibió como era habitual un aborigen de madera realizado
magistralmente por el “Cabezón”, quien era un verdadero artista
y poeta eximio de la madera. La hacía hablar y expresarse como
nadie.
El primer trabajo que le obsequió a mi padre lo realizó
en una corteza de árbol, creo que era de un pino, en donde
dibujó a fuerza de cuchillo, inspiración y talento, un rostro
del cacique charrúa Zapicán.
Para el siguiente cumpleaños encontró una madera
errante en la playa de la Barra del Chuy, la recogió, pulió, y
terminó dándole la forma que buscaba: la cabeza de otro
aborigen, pero esta vez de perfil.
En el último cumpleaños que disfrutamos juntos cerró su
ciclo con una lanza emplumada que logró extraer, trabajando
pacientemente, de un tronco de coronilla.
Yo recuerdo haberle recriminado que nunca me había dado
ninguna de sus creaciones y él prometió hacerme un hornero, él
sabía de mi admiración por ese pájaro. Lo que me sorprendió fue
que también, aparentemente, tenía a una mujer embarazada que
había creado para mí y que no se había decidido a entregarme
porque dudaba sí era de mi agrado.
El “Cabezón” dentro de su aparente dureza escondía una
fina y sensible espiritualidad que no sé porque razón no era
frecuente que la mostrara.
En sus trabajos en madera, por suerte, aún quedan
muchos vestigios en su querida Barra del Chuy. Incluso en
nuestro ranchito tenemos colgado uno de sus trabajos. El
“Cabezón” sabía lo que mi abuela Maruja Fernández significó para
todos nosotros y un día, en silencio, dejó un cartel recostado a
la puerta de nuestra casa, exquisitamente grabado en una
plaqueta rectangular de madera, que decía “La abuela”. Le
costaba mucho asimilar los protocolos afectivos por lo que lo
dejó y se retiró apresurado.
Pero, de todos modos, aunque no lo deseara su
afectividad le brotaba por todos los poros de su cuerpo. Por
supuesto que fiel a su “recia” apariencia jamás lo reconocía
prefiriendo pasar por “duro” e “inflexible”. Aún así bastaba
conocerlo un poco para hallar su profunda dulzura.
Siempre que hablaba de su familia se le iluminaba la
cara. Se jactaba diciendo que él para su hija era intocable y
guarda que fueran a decir algo en su contra porque ella
enseguida salía en su defensa. Bueno, que decir de Mayra, la luz
de sus ojos e inspiración de su vida. De su mujer, noble, leal e
inteligente compañera de vida, por la que sentía una gran
admiración colindando con el endiosamiento. No se la podía tocar
ni siquiera con una broma infantil. De su hermano hablaba con un
afecto sin igual y no dejaba de comentar sus aventuras y
pormenores cotidianos. Así mismo tenía comentarios muy tiernos
cuando se refería a sus sobrinitos, a los que adoraba.
Era un adicto a las cazuelas de mondongo que hacía mi
padre. Llamaba la atención su costumbre de comer poniendo debajo
de su mentón su mano izquierda con la palma hacia abajo.
En esas reuniones generalmente se lucía con su
oportunismo, picardía y buen humor. Hablaba de su época de
golero en el club Nacional en Treinta y Tres y siempre hacía
enojar a mi padre. Comentaba que ni él, ni sus demás
compañeritos de la Vaca Azul le habían podido hacer un gol. Su
lectura del tema, y ahí se explicaba el enojo de mi padre, era
que con su figura imponente y sus grandes manos, los
impresionaba tanto que asustados y temblando terminaban pateando
con pies de bananas.
Naturalmente que en estas conversaciones también se
filtraban sus aventuras amorosas, en tiempos de soltería, con mi
padre, sus salidas a los boliches y algunos que otros
desajustes.
Eran clásicos los enfrentamientos, con otro ser humano
magnifico, el “Toto” Fernández, gran amigo nuestro. Los tres se
juntaban los diez de enero y recreaban una atmósfera impagable e
irrepetible por la belleza afectiva que transmitían. Era lindo
verlos abrazarse, con esos cuerpos a cual de ellos más
endurecido, y, sin embargo, al encontrarse eran fáciles las
lágrimas y los abrazos. Parecía un ritual porque siempre
culminaba por las madrugadas en un diálogo repetido:
-
- “Tito, vos sabés que te respeto mucho (léase “quiero
mucho”).
-
- Vos también lo sabés, Cabezón.”
Obviamente, hasta ese corto y parco diálogo surgía bajo el
influjo de algunos vasitos de whisky, que a escondidas a veces
se permitía el “Cabezón”. Luego mi padre, esquivando obstáculos
inexistentes y hallando por azar la puerta de nuestra casa se
acostaba a dormir. Yo prendía el motor del auto y llevaba al
“Cabezón” que enfrentando los mismos obstáculos se introducía en
el vehículo. Lo dejaba en su casa y con sus manos en alto y
sacándose su reconocida boina blanca se despedía hasta el
próximo encuentro.
Así quiero recordarlo, en su plenitud física, con su
prestancia y fortaleza habitual. Con su sonrisa fresca y sonora.
Con su picardía e ingenio capaz de animar al auditorio más
amargo. Ejerciendo su oficio de carpintero, sumergido en sus
maderas y herramientas. Acompañado en su taller por sus
compañeros de trabajo: el escoplo, el martillo, el taladro, el
berbiqui, el destornillador, el gramil marcador, la escuadra de
comprobación y su portaherramientas. Aserrando, amuescando y
cepillando. Con olor a pinoteas, abedules, cedros y robles.
Rodeado de puertas, ventanas, armarios, estanterías, mesas,
bancos y otros enseres.
Pero también en su mundo de besos, apretones de manos y
abrazos. Con su alma siempre joven y soñadora en continuo vuelo
y bohemio vagabundeo.
En sus caminatas por las calles de Treinta y Tres y por
la playa de la Barra del Chuy. Con su capacidad inagotable de
seducción. Con su lectura generosa y abierta de la palabra
amistad.
Y en su diaria poesía moldeada con sus manos y
construida con madera y aserrín.
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