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Mientras la pantalla de la computadora, Internet mediante nos
ofrece detalles sobre las posibilidades de que el hombre pueda
llegar a Marte en el año 2009, surge repentinamente en nuestra
memoria la figura de don Rogelio Hernández y su viejo carromato
en dirección a La Barra en la década del 40.
Nadie
hubiera imaginado en aquella oportunidad un viaje espacial para
llegar a Marte luego de tres años de vuelo. Señalan los técnicos
que un viaje tan rutinario podría generar algunas dificultades
entre las que destacan problemas de relacionamiento,
alteraciones motrices, atrofia muscular y cansancio. Cuanta
similitud con los viajes de don Rogelio que también nos dejaba
con los huesos deshechos de tantos sacudones y algún problema de
relación entre los pasajeros que viajaban en el pescante del
carro y los que iban en el fondo junto a las gallinas embolsadas
y el resto de la mudada.
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Entre
las costumbres regionales de la primera mitad del siglo
pasado se encontraban los viajes en carro al balneario La
Barra.
El
carro de don Rogelio no tenía documentación ni certificado
de propiedad donde constaran los kilos y pasajeros que
podía transportar, sin embargo siempre se las ingeniaba para
realizar una buena distribución de bultos y
personas, lo que siempre le permitió llegar a destino sin
mayores inconvenientes.
Los
primitivos carroceros fueron los fundadores del
balneario La Barra, al haber prestado los primeros servicios
de transporte a los habitantes de la frontera. |
Entre
estos carroceros que iniciaron la “colonización” de la costa
atlántica rochense se encuentra don Rogelio Hernández, uno
de los primeros que se atrevió a desafiar los médanos que nos
separan de La Barra.
Como
símbolo de sus tradiciones camperas don Rogelio gustaba vestirse
a la vieja usanza; bota y bombacha. Para los viajes lagos que
podían superar las dos leguas, manoteaba el poncho y la
“fariñera” para protegerse del frío y de algún imprevisto.
La
bombacha era una de las prendas preferidas de los gauchos,
existiendo por aquel entonces varias costureras que se
anticiparon a los sastres en la difícil tarea de confeccionar
esta indumentaria campera. Así era don Rogelio Hernández y así
vestía. Por aquellos años cuando llegaba el verano la mayoría de
los habitantes del pueblo se trasladaban al balneario en la
primera quincena de diciembre y regresaban en mazo para el
comienzo de las clases. Pocas familias tenían sus casas
amuebladas permanentemente, lo que significaba una verdadera
odisea la mudanza veraniega que se convertía en un ritual sin
modificaciones. Había que arreglarlo todo de una forma muy
especial para que el carro de don Rogelio pudiera trasladarlo
en un solo viaje.
Pequeñas y
grandes cosas que en el pueblo descansaban en el galpón del
fondo, siempre servían para facilitar los imprevistos de la
temporada, rodeándola de cosas que nunca se utilizaban. Se
arreglaban con tiempo las bolsas con la ropa y en algunos casos
viejos baúles o valijas de cartón. Las herramientas obligatorias
que pasaban por los martillos, tenazas, destornilladores,
palas, serruchos, el primus y algunas lámparas a queroseno.
Todavía lo vemos a don Rogelio con sus bombachas negras
remangadas durante el verano o con las botas de goma durante el
invierno, sentado en el pescante del carro dirigiendo con
habilidad a sus caballos para que treparan los médanos, echando
un vapor por las narices y que hoy a la distancia nos parece que
fumaban. Había comenzado con una carreta tirada por bueyes, la
que fue sustituida por el carro de tres caballos cuyos nombres
pasaban por el Chongo, Precioso y Gasolina. Integrado durante
muchos años a las tareas camperas, manejaba con habilidad las
herramientas utilizadas en el viaje. Los años que don Rogelio
mantuvo su “línea particular” se perdieron entre los extensos
arenales, pero han quedado en la memoria de algunos vecinos los
detalles de los mismos y la importancia que tuvieron en
aquellos años para concretar negocios y comenzar el desarrollo
del balneario.
Resuenan
todavía los ruidos metálicos de una caldera de hierro que
colgaba del eje trasero. Recordamos además una jaula hecha de
tacuaras para llevar las gallinas de los veraneantes.
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Fue sin ninguna duda uno de los últimos carroceros que
realizó la travesía hasta el balneario. Aprendió a
caminar con los caballos, manteniendo luego una profesión
que lo acompaño durante toda la vida.
Mirada austera, barba castaña y buena disposición para
cargar el carro con sandías, gallinas, lechones y todos los
pertrechos para pasar la temporada. |
Don
Rogelio miraba los paisajes en cámara lenta, sin apuro, pero
llegando siempre hasta los ranchos del balneario. Los viajes se
iniciaban sin horario fijo, tras levantar los pasajeros y sus
pertenencias que pasaban por el azúcar, yerba, arroz, charque,
galleta dura, los ponchos tradicionales, ropa de abrigo, algún
revólver y la “fariñera”. Nunca supo de apuros, el trote lento
de sus caballos siempre lo llevaron a destino, sin que nadie
protestara por las incomodidades del viaje. Una campanilla de
bronce “tintineaba” en el pescuezo de un caballo, mientras el
perro Falucho acompañaba el viaje a la sombra del carro. Don
Rogelio Hernández, uno de los primeros carroceros que realizo
el transporte de personas y equipaje entre esta frontera y el
balneario La Barra. Los carroceros del siglo pasado seguirán
siendo un tema apasionante, que mirado a la distancia pueden
perder su perspectiva pero que fueron durante muchos años la
palanca generadora del desarrollo zonal.
La soledad
se veía interrumpida por algunas casas que se destacaban entre
los médanos del incipiente balneario. En la nota gráfica don
Rogelio y su señora Eduviges acompañado de familiares y el
constructor Florencio Resquín. Fue sin ninguna duda una de las
construcciones más antiguas del balneario, y pese a la
remodelación que ha sufrido, mantiene aún el valor simbólico que
nos permite hoy estas evocaciones. Allí estaba invadiendo la
naturaleza agreste el rancho de don Rogelio con una personalidad
muy propia para destacarse ante un panorama marcado por la
soledad.
Don
Rogelio nació en las proximidades de Lascano en el año 1897,
radicándose en La Barra en enero de 1941. Cuando llegó por
primera vez al balneario el tiempo estaba suspendido entre los
pocos ranchos y las extensas dunas que sujetaban el mar.
Terrenos “casi” regalados, no tenían compradores que se
detuvieran a valorar las bellezas naturales de una zona todavía
primitiva. Sin luz, agua, escuela, comisaría ni comunicaciones
el panorama era poco alentador. Por las noches farol y luna para
la iluminación, lo que despertaba el asombro de los pocos
turistas que llegaban a la zona. |