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Se recuerdan todavía algunas manifestaciones religiosas del
siglo pasado que estaban relacionadas con hábitos y costumbres
de generaciones anteriores, como así también con rituales y
cultos africanos.
Por ese
motivo algunas costumbres conservadoras se mantuvieron en las
primeras décadas del siglo pasado como actitudes y
comportamientos que nuestros abuelos se resistían a cambiar.
Entre muchas cosas, era común que se tuviera un cuidado especial
con los recién nacidos, durante 30 días en algunos hogares se
le prendían velas al santo del que eran devotos los padres,
hasta que el niño fuera bautizado.
En otros
hogares se acostumbraba a prender una lámpara de aceite en el
cuarto de las parturientas para ahuyentar los malos espíritus.
Sin embargo en aquellos años nadie se hubiera atrevido a
solucionar los problemas de los vecinos, por medio de la magia,
haciéndose tirar las cartas o visitando los videntes. En la
actualidad en cambio son muchas las personas que recurren con
frecuencia a la magia, a la astrología o al tarot con la
esperanza de ver solucionados los problemas económicos o de
salud. Los adivinos, las brujas, los videntes y los astrólogos
están a la orden del día, actuando en representación de otras
culturas, para curar determinadas enfermedades o simplemente
para “cambiar la onda” del paciente, leer la mente o predecir
algunos acontecimientos.
En algunos
establecimientos de campo, donde era común la visita de amigos o
familiares que se alojaban en el cuarto destinado a los
huéspedes, siempre había una palangana con agua tibia para que
los recién llegados se lavaran los pies, una costumbre que ha
quedado en el mejor recuerdo de aquellos años. Como el invento
de Benjamín Franklin no había llegado a la frontera, durante los
días de tormenta “eléctrica” los vecinos se refugiaban en sus
casas por miedo al relámpago que surcaba el cielo acompañado del
trueno ensordecedor, que simulando un cañonazo llegaba a la
tierra. Eran tiempos de supersticiones y nada mejor que
“cortar” la tormenta con una bendición o con la cruz de sal que
en algunos casos asustaba más que los propios truenos.
Esa cruz
de sal sobre la tabla de picar carne, era el anuncio de alguna
tormenta acompañada por rayos y centellas, con el ruido infernal
del trueno que era en realidad lo que más asustaba. Este era el
cuadro de muchos hogares fronterizos cuando alguna tormenta
asomaba por el horizonte, haciendo la noche en pleno día. Si la
cruz no era suficiente o faltaba sal se recurría al hacha para
cortar la tormenta haciendo ademanes en dirección a los
nubarrones, mientras se pronunciaba una oración inaudible con
invocaciones a los Dioses de la meteorología.
Tampoco
faltaba la ristra de ajos colgada de algún clavo o del tirante
(todos los ranchos tenían tirantes) para amortiguar el temporal
y fundamentalmente para ahuyentar la tormenta “eléctrica”.
Bastaba que el cielo se nublara para que las abuelas comenzaran
a esconder las tijeras, cubrir los espejos con sábanas y
“apagar” la radio por temor a que algún rayo la quemara o
terminara matando al locutor. Como por aquellos años tampoco
teníamos una información muy precisa sobre mete reología, lo
más seguro era guarecerse en algún lugar donde ya hubiera caído
algún rayo, puesto que las estadísticas de nuestros antepasados
señalaban que los rayos no caen dos veces en el mismo lugar.
Pero que difícil resultaba encontrar lugares donde ya hubiera
caído alguno. |