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Con los cambios impuestos por la tecnología en el terreno de
las comunicaciones hasta los casamientos tienen distintas
motivaciones y se van realizando por caminos que en el siglo
pasado nadie hubiera imaginado.
Cuántos abuelos llegaron al casamiento tras largo noviazgo,
después de conocerse en alguna kermés de la escuela, donde
las dedicatorias amorosas se transmitían por el parlante a
los efectos de recaudar fondos para el comedor escolar.
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Tras
“bichar” un par de horas, ya sobre la madrugada el candidato
arremetía violentamente como queriendo sitiar los
sentimientos de la moza, jugándose la última carta en una
dedicatoria: “Este tema es para la joven de vestido azul y
se lo dedica su admirador de boina blanca”. Para que nadie
se enterara.
El
tema en cuestión era por lo general un bolero o tango, cuyos
títulos no variaban mucho y eran alusivos a la situación. |
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Ernesto
Antelo y Virginia Cotta de Mello |
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Las
preferencias estaban centralizadas en Los Panchos, Pedro Vargas,
Lucho Gatica, Agustín Lara o Armando Manzanero que arremetían
desde los discos con: Esta Tarde vi llover, Contigo Aprendí,
Noche de Ronda, María Bonita, Solamente una vez, El Reloj o La
Barca.
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Si
sería distinto que un conocido vecino de esta ciudad,
necesitó dos años de parlante escolar y dos de visita
oficial (jueves y domingos) para llegar finalmente al
casamiento. Otros abuelos se conocían por correspondencia
obedeciendo la voluntad de los familiares que habían
decidido el futuro sin consultarlo con los interesados...
Un
verdadero contraste entre el amor por correspondencia desde
lejanos países, hasta que ella llegara en un viejo navío y
él saludara desde el puerto con las cartas en papel rosado y
el amor arroba.com que tras algunos meses de chatear suelen
terminar en casamiento.
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Nada
de conquista previa, rituales de aproximación, dedicatorias
musicales ni averiguaciones familiares para saber si “es
hijo de buena familia” o su “posición económica” que suele
tener su prioridad. Hoy vivimos otra realidad y casi todo
pasa por Internet.
Existen
varios casos conocidos en esta ciudad que han iniciado nueva
vida sentimental mediante el teclado de la computadora. Puede
ser la casualidad o quizás ese amor virtual estuviera flotando
en el ciberespacio a la espera de un chat. Se envían detalles
personales, gustos, preferencias y otros informes confidenciales
que en algunos casos aumentan la pasión y se convierten en amor
a primer chat.
Es justo
decir también que en los últimos meses y por culpa de esta
arroba.com, varios casamientos llegaron a su fin. Dicen que por
culpa de Internet las mujeres solteras de la actualidad no son
tan solteras como eran antiguamente. Con estos cambios han
desaparecido también algunos hábitos relacionadas con el
casamiento y que fueron durante muchos años usos y costumbres de
nuestros antepasados. Van quedando por el camino las
alianzas que según la tradición cristiana se debía colocar en el
tercer dedo de la mano izquierda, el vestido blanco de la novia
y la costumbre de tirar arroz al final de la ceremonia lo que
significaba buenos deseos de prosperidad para los recién
casados.
Por lo
general el novio no debería ver la novia vestida (ni desnuda)
antes del casamiento porque traería mala onda y otras
interpretaciones que no permitirían agudizar la imaginación.
Existía además una vieja costumbre por la cual el novio debería
quebrar una copa al final de la ceremonia para que el ruido de
los vidrios ahuyentara las tristezas y los malos pensamientos.
Otros aseguran que la copa quebrada simboliza la ruptura
definitiva con el pasado de la pareja. Pero la que tiene mayor
asidero entre los novios está vinculada a una interpretación más
sentimental: este acto simboliza la fragilidad de la vida,
señalando a los recién casados que deben tener mucho cuidado,
delicadeza y sensibilidad en el trato diario.
En la
actualidad pocos deben recordar los ajuares de aquellas novias
totalmente bordados a mano con orgullo y dedicación. Era un
oficio tradicional que fue desapareciendo con los años
llevándose consigo los encajes, bordados y puntillas que lucían
los vestidos y otras prendas de la intimidad femenina. Claro que
con el tiempo la moral se fue adaptando a los buenos deseos. Las
feroces vigilancias fueron desapareciendo y también la arcaica
costumbre de colgar la sábana nupcial en el balcón para que el
pueblo se enterara de la consumación de los hechos. No podemos
finalizar la crónica sin dedicar algunos párrafos a los novios
que por lo general y para demostrar sus buena intenciones
terminaba pidiendo la mano (y el cuerpo) de su prometida. Era la
manera civilizada de lograr algo más que el abrazo momentáneo o
el beso furtivo en el viejo y destartalado sofá siempre
vigilado por algún familiar. Era lo máximo que se podía aspirar
antes de contratar el casamiento, salvo raras excepciones (que
siempre las hay) donde los deseos expansionistas tomaban cuenta
de la situación. También estaban y es justo reconocerlo, los
profesionales del sofá que le daban largas al “noviazgo” y
ganaban por cansancio la confianza familiar. |