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Quienes acompañaron el desarrollo
comercial de esta frontera recordaran la invasión de turistas y
vecinos de las localidades próximas que se daban cita
diariamente en el área, llegando a duplicar por algunas horas la
población estable.
Era gratificante contemplar el
movimiento comercial que se registraba por aquellos años en los
primeros “boliches” y “lojas”
brasileñas. La misma situación se registraba cuándo la
cotización de la moneda invertía los papeles y eran los
brasileños los que adquirían sus productos en territorio
uruguayo. Bolsas y más bolsas que llenaban las bodegas de los
ómnibus y de los automóviles que pasaban de ser utilitarios para
transformarse en pesados vehículos que soportaban estoicamente
la carga no permitida.
Aquello fue sin ninguna duda el
primer mercado común del cono sur (MERCOSUR) ganado en buena ley
por una población que ignoraba los marcos fronterizos, contando
para ello con la tolerancia de los funcionarios aduaneros.
Queremos señalar además que por aquellos años los funcionarios
aduaneros que tenían a su cargo la difícil tarea de ejercer la
vigilancia, no disponían del armamento necesario ni medios de
locomoción para desplazarse. Sin embargo lo fundamental fue
siempre el sentido común que se utilizaba en los procedimientos,
distinguiendo siempre al vecino que buscaba los artículos de la
canasta familiar y el contrabandista con fines de lucro.
Por supuesto que existen
disposiciones que deben cumplirse, pero el sentido común de los
funcionarios aduaneros estaba por encima de todo, en beneficio
del vecino, del turista o del pequeño “bagayero”
que en definitiva no pretendía fines de lucro sino abaratar el
presupuesto familiar. Lo único que importaba era buscar los
precios y comprar más barato, sin tener en cuenta las normas que
regían en la materia salvo que se tratara del gran contrabando.
Por esas ironías de las economías,
durante muchos años comprábamos en Brasil el tabaco y la caña,
hasta que los papeles se invirtieron y ahora son los brasileños
que compran el cigarrillo y el whisky
en los “Free Shops” uruguayos. Esta
reciprocidad en el intercambio de compras es tradicional en la
frontera, sin que esto ponga en tela de juicio la honestidad del
funcionario que tolera algo más de lo permitido. Sin embargo
debemos reconocer que se trata de una de las funciones más
delicadas de la administración pública y que suele ser juzgada
con mucha ligereza por parte de la población. Es justo reconocer
el papel que desempeña la aduana en defensa de la industria
nacional protegiendo la política del gobierno y haciendo
cumplir las normas y disposiciones que regulan el orden
fiscal.
Nadie ignora que de acuerdo a la
devaluación monetaria de los países fronterizos, se produce una
fiebre compradora de mercaderías, las que suelen introducirse al
territorio al margen de la ley.
En una frontera terrestre y tan
extensa como ésta resulta muy difícil establecer una
fiscalización cuyos resultados estén en consonancia con las
disposiciones impartidas por la Dirección Nacional de Aduanas.
De todas maneras los funcionarios aduaneros han priorizado
siempre y salvo raras excepciones el movimiento de artículos de
primera necesidad destinados al consumo de las familias
residentes en localidades cercanas a los
limites fronterizos.
Quienes tengan la oportunidad de
visitar los resguardos y destacamentos aduaneros de este
departamento, cuya ubicación estratégica facilita la labor
represiva, podrá comprobar que en su gran mayoría se viene
cumpliendo un efectivo control, con una cuota de tolerancia
para los vecinos del área. Los procedimientos realizados en los
últimos meses con importantes incautaciones incluyendo drogas,
está demostrando un celo funcional poco común. Debemos señalar
finalmente que la conducta moral de algunos funcionarios que se
han desviado del verdadero espíritu aduanero no alcanza para
rasgarse la vestidura, ni generalizar como si esta institución
estuviera integrada solamente por delincuentes.
Esta situación se da también en
otras actividades, y sin embargo no tienen la difusión ni el
tratamiento que ha tenido siempre la Dirección Nacional de
Aduanas. Sin querer dudar de su veracidad queremos ofrecer a
nuestros lectores un relato que circula en medios aduaneros con
visos de realidad.
Eran los tiempos del receptor
Benítez y como siempre sucede, desde algunos sectores de la
población se venía reclamando por el auge que había
experimentado el contrabando, ante la pasividad de algunos
funcionarios aduaneros. Ante esta situación el receptor
resuelve designar a un amigo de extrema confianza para
controlar el pasaje de mercaderías por el puesto aduanero que
por aquellos años se encontraba frente a lo que es hoy el
Estadio SAMUEL PRILIAC.
El nombramiento del nuevo
funcionario aseguraba un severo control, teniendo en cuenta su
honestidad y la confianza personal que le dispensaba el receptor
Benítez. Desde el momento que asumió el control aduanero el
nuevo funcionario, terminaron las denuncias y parecía que la
situación había cambiado definitivamente. Sin embargo antes de
que se cumplieran los primeros dos meses, el funcionario en
cuestión se presentó en la receptoría entregándole personalmente
a Benítez una carta renuncia que finalizaba diciendo:
“En honor a la amistad que nos une,
debo decirle que no puedo aguantar más esta situación. Los
contrabandistas me vienen tentando con sumas importantes y tengo
miedo de no poder resistir tanta tentación. Espero sepa
comprender mi situación. Qué Dios guarde por muchos años” firma
del funcionario.
Chuy, mayo 24 de 2003 |