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Era la
excursión obligada. Salíamos de Cebollatí en las primeras
horas de la mañana y llegábamos como podíamos, tras
sortear varios inconvenientes cerca del medio día.
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Había que
superar las dificultades del camino que se presentaba intransitable
entre San Luis y San Miguel, la balsa de “Pindingo” , el Santiagueño y los
“peludos” que se debían sortear con la ayuda de algún vecino. Venía luego el
pasaje por Chuy para el abastecimiento de bebidas y alimentos. Finalmente el
último tramo para desafiar los médanos y las “barritas”, y poner a
prueba la destreza de los conductores para llegar finalmente a La
Barra. |
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En cada
temporada se iban agregando nuevos residentes, que fueron cambiando
lentamente la fisonomía del balneario con el surgimiento de los primeros
ranchos y el fortalecimiento de nuevos lasos de amistad con veraneantes
de Lascano, Varela, Treinta y Tres y Melo.
Entre aquellos ranchos del 50, se
destacaba uno de dos pisos que había construido el lascanense Gustavo
Weiss, para veranear con su familia o disfrutarlo fuera de temporada con
rueda de amigos, y el único propósito de realizar comilonas
pantagruelicas. |
En 1955 y contrariando las costumbres de la gran mayoría
de turistas que “invadían” La Barra durante la
temporada veraniega, a Gustavo se le ocurrió pasar unos
días en el mes de agosto, pese a los pronósticos de tiempo
inestable que emitía el observatorio FLAMARION. Planificada la excursión utilizamos una
vez más el viejo Land-Rover (jeep) de Gustavo, cargando pertrechos y
efecto personales que llenarían un camión.
Cubierta la distancia Cebollatí - La Barra
en un tiempo razonable para la época de 4 horas, nos encontramos con un
panorama desolador. Por suerte la estadía estaba marcada solamente para el
fin de semana, lo que de todas maneras fue suficiente para rechazar la
teoría de Gustavo sobre las ventajas del invierno frente al
atlántico, alentado además por el informe de un radioaficionado amigo
que le había pronosticado buen tiempo para los próximos días,
contrariando el informe del observatorio meteorológico..
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Desde la llegada una onda glacial
que según la radio japonesa National,
a pilas que habíamos llevado, llegaba desde la Argentina metiéndonos
de cabeza dentro del rancho, donde pasamos las primeras horas tapando
los agujeros de las puertas, ventanas y paredes. Una realidad poco festiva
fue matizando el resto de la noche, si tenemos en cuenta que el incipiente
balneario no disponía de agua corriente ni luz eléctrica y para colmo no
teníamos ni siquiera vecinos. |
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El viento y la lluvia se mantuvieron
firmes durante todo el fin de semana provocando un “frente frío”
de origen desconocido. Como suele suceder con las desgracias, el
temporal no vino solo y tuvimos que pasar las dos noches
arrinconados en el único sitio del rancho, donde no llovía. Regresamos
el domingo por la tarde, cuando el sol que había salido unas horas antes
,se escondía entre las Sierras de San Miguel. No hubieron reproches,
pero a Gustavo lo encontramos recién en la temporada
veraniega, con temperatura elevada, calentando el cuerpo y estimulando
el ocio en su rancho de dos pisos.
BUSCANDO EL RANCHO
Pasan
los años (40) y volvemos a La Barra con la esperanza de encontrar
siquiera alguna referencia del lugar donde se ubicaba el rancho o alguna
fotografía de viejos moradores que siempre guardan en sus baúles
valiosos testimonios del pasado. Sin embargo todo fue inútil. El
rancho había desaparecido sin dejar rastros ni referencias. Sin embargo
hace algunos meses en CHUYNET nos encontramos con una página de
Bernardo Pilatti, periodista fronterizo radicado en Miami desde 1999,
donde mediante un foro de compatriotas formulaba un pedido destinado a
conseguir algunos recuerdos de nuestra frontera y que guardaran
situaciones pintorescas de la misma. El primero en contestar fue
Daniel Weiss, señalando que había nacido en Lascano en el año 1954 y que
plantaban arroz en Cebollatí. “ En La Barra teníamos un rancho de dos
pisos, único en la zona. Allí pase todas mis vacaciones hasta los años
80, tengo mil recuerdos del arroyo y sus cangrejos, del faro, de las
“vertientes de agua dulce” de Samuel y sus sombreros, del antiguo puente
de madera, de los “tamarindos”, las cachimbas y los juncos.
Antiguamente teníamos que bajar en La Coronilla y llegar a La Barra por
la costa, peludos mediante. Ahora vivo hace casi 18 años en Cataluña,
éste fin de año lo pase en La Paloma, nos fuimos al Chuy y lo primero
que hice fue comprarme una lata “así” de grande de guayabada, me senté
en la vereda y ante el asombro de mi mujer, me la comí de una sentada.
Rejuvenecí 20 años...con la rapadura no pude, me había “empalagao”. No
dudamos un instante en contestar, con la seguridad de que se trataba del
hijo de Gustavo, propietario del rancho que veníamos buscando
infructuosamene desde hacía muchos años. En el álbum familiar que se
llevó a España estaban las fotografías que tanto buscamos y que hoy les
ofrecemos con un risueño comentario de Daniel. “ Estoy “rejuntado” con
una maestra catalana, tengo un hijo, un canario, un gato, un ceibo, una
hipoteca y creo que soy feliz....”
Lo
del titulo el “RANCHO DE GUSTAVO ESTABA EN ESPAÑA”.
Chuy,
11 de noviembre de 2001 |