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Pese al aporte generoso que ofrecieron
durante muchos años al fútbol fronterizo, es evidente que
algunos jugadores se han convertido en leyendas olvidadas
de este popular deporte.
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Es en el fútbol donde los racistas se inclinan reverentes y
tolerantes ante el atleta de color que los hace delirar con sus
jugadas increíbles, llevando sus equipos a la victoria. Por esas cosas del
destino Mario Silvera vino al mundo un 12 de octubre de 1939, para
festejar durante 63 años el Día de la Raza. En la corta carrera de un
jugador de fútbol hay siempre un duro camino a recorrer y mientras pasan
los años en forma implacable ese camino se va bifurcando hasta que
llega el momento de colgar los zapatos, como si esto fuera una decisión
voluntaria del jugador. |
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Todavía no había alcanzado la mayoría de
edad, cuándo comienza a experimentar las sensaciones de una vida
fácil, que todavía no alcanza a valorar ni a comprender, el
surgimiento del crak, que va alternando su drama pasional, entre las
alegrías del domingo y las frustraciones de la semana. Entre estos
jugadores ubicamos al “Negro” Mario, uno de los tantos que no pudo
vencer las barreras ni las dificultades de la vida y quizás no tuvo
paciencia para esperar “su” oportunidad. Los años pasaron como un
desafío, mientras se alimentaba con el elogio de las “torcidas” y
cargaba sobre sus hombros las viejas “chuteiras” que se iban gastando
como la vida útil del jugador.
Nunca buscó la consagración pública, ni
pretendía que los bolsilludos elevaran sus brazos al cielo como
queriendo agradecer tanto fútbol en 90 minutos. Sin embargo
lograba entusiasmar a los propios rivales en partidos memorables que se
transformaban en un ensayo para las grandes decisiones. La prensa
todavía no había llegado para documentar o trasmitir anta capacidad.
Es nuestro vecino de la calle Numancia y podemos dar fe de su humildad
cotidiana, de su simpatía y sobre todo de su honestidad, lo que no es
poca cosa en los tiempos que corren. Suele andar solo, como disparándole
a las multitudes para no ser notado.
La vida le dio pocas oportunidades para
que se destacara fuera del campo de juego. Sin embargo dentro de la
cancha fue siempre el crak indiscutido, el jugador de la vida real,
irresponsable, caprichoso, endiablado, medio loco, y hasta
transformado con misteriosos efectos especiales cuando arrancaba junto a
la raya de cal para sentir el aliento directo de la hinchada sin ninguna
interferencia.
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Supo ser durante muchos años cuando ya no
jugaba, el hambriento del fútbol dominguero porque le faltaba su
partido, sus 90 minutos que servían luego para alimentar la
semana. Carismático, introvertido y con una simpatía a flor de piel,
fue siempre un negro natural que nunca olvidaría a sus amigos del
fútbol. Acarició la gloria durante muchos años con el Nacional de
SAMUEL convirtiéndose en ídolo sin que él lo quisiera y en actor
principal de una puesta en escena en una obra que nunca sobrepasaba
los 90 minutos y donde todo estaba librado a la improvisación sin
libreto previo. |
Dio siempre muchas ventajas en una
competencia que le otorga demasiada importancia al estado físico y
donde algunas sustancias solían neutralizar su cerebro y el propio
desempeño dentro del campo de juego. De bajo perfil como se dice ahora,
humilde al extremo y modesto por naturaleza el “Negro” Mario no
pudo disfrutar en aquellos años de la prensa especializada que analiza
el desempeño de los jugadores haciendo el delirio de la parcialidad
convertido en un genio loco corriendo sobre la línea para estar
mas cerca de la hinchada con todas las virtudes del puntero
perfecto. Claro que por aquellos años era solamente fútbol arte,
sin formación defensiva para mantener un resultado.
No existían volantes de contención ni
técnicos retranqueros. Se entraba a la cancha para ganar. Con gran
dominio de la pelota, sabía que debía estar arriba, jugar duro, estar
atento, tener un poco de suerte y mucho talento para desbordar y
convertir los goles cacheteando la pelota lejos del arquero. Nació para
jugar al fútbol y en la etapa final de su carrera cuando se fueron
opacando sus cualidades de superdotado sintió la rebeldía del ya “no
ser” y la soledad que acompaña al jugador cuando el fútbol se va. Como
señalábamos al comenzar la nota, el fútbol de esta frontera es
riquísimo en historias humanas de gran contenido social como la del
“Negro” Mario y que podrían inspirar a cualquier periodista sin
necesidad de forzar la imaginación. Ayer lo vimos, esta mas envejecido
quizás para contrariar su edad y justificar una vida de privaciones que
lo fueron conduciendo lentamente al anonimato y a la pieza de pensión de
la calle Numancia.
Nadie podrá entender nunca lo que esto
significa para los “Marios” del fútbol fronterizo que ya no tienen la
oportunidad de escuchar los aplausos por la vuelta olímpica o la
caravana que recorre la ciudad para que el pueblo salga a la calle a
testimoniar la consagración del equipo. Fue sin ninguna duda uno de los
mejores jugadores del fútbol fronterizo, convertido en leyenda que pocos
conocen, pero eternizado en la memoria de quines lo vieron jugar. Pobre
y solo disfruta en su pieza de pensión evocando las tardes de gloria
cuando su cuerpo de atleta corría por todo el campo en un derroche
permanente de habilidad y destreza.
Fue sin proponérselo una de las figuras
mas populares del fútbol fronterizo, vistiendo durante muchos años la
casaca tricolor del cuadro de SAMUEL donde también y en distintas épocas
desfilaron José Pedro Silva de Treinta y Tres, Bartolomé Correa un
campeón del 54, Raúl Pérez un argentino procedente de San Lorenzo,
Elbio Pellejero uno de los mejores goleros que paso por la frontera,
Nino González, “Pototo” Cardozo, Mauregui, el brasileño “Filco”, el
“Cambado” Rocha, el “Pelotilla” Da Costa, el “Beto” Viojo, Iracy Alvez,
Julio Veró, Orlando “Landeco” Alvez ,Wilson Priliac, Hugo Mena, Pablo
Priliac, Tito, el Pato y Ambrosio Lima, el Baiano Santos y 200 más que
se escapan de nuestra memoria. Este es Mario Silvera, una de las tantas
leyendas olvidadas del fútbol fronterizo.
Chuy,
04 de abril de 2002
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