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A propósito de la
“des-internación”
LOS NIÑOS EN EL
TRAMPERO
El tema de la “desinternación” de niños, en las otrora denominadas
entidades de amparo, no es nuevo. Nada nuevo.
Ha sido puesto sobre el tapete por UNICEF, el fondo de Naciones
Unidas para la Infancia y está muy bien que exista preocupación
sobre la cuestión.
En Uruguay existieron dos prototipos -entre otros- de centros de
internación.
El viejo asilo “Dámaso Antonio Larrañaga”, provisto durante muchos
años de “torno” para recoger a niños abandonados y el “Buen
Pastor”, entidad religiosa a la que el Consejo del Niño le
suministraba una importante población de adolescentes del sexo
femenino.
¿Qué era el torno? Podría definirse como una cuna giratoria,
empotrada en una pared, sobre la cual la madre -por lo general
soltera y más pobre que pudiente- acudía de incógnito para
deshacerse de su bebé. El niño ingresaba a la institución tutelar
como “hijo de padres desconocidos”, calificación cuasi-infamante
que le acompañaría por el resto de sus días.
Al “Buen Pastor” eran conducidas las adolescentes “descarriadas”,
que pasaban a ser vigiladas por las integrantes de la
congregación. Permanecían hasta la mayoría de edad, si antes no
eran recuperadas por sus familias o, asignadas a cualquier otra,
para tareas domésticas.
La sensibilidad por la delicada materia de la infancia y la
adolescencia se abrió paso en nuestro país con José Pedro Varela,
primero, e iniciado el siglo XX, con algunas de las ideas
renovadoras de José Batlle y Ordóñez y el auge de la medicina
social. En este plano, la acción del Dr. Luis Morquio adquiere
notorio destaque.
Cuando en 1934 se sanciona el Código del Niño, el Patronato de la
Infancia, -dependiente del Ministerio de Salud Pública- se
convierte en un órgano especializado: el Consejo del Niño,
sucedido por el ahora Instituto Nacional del Menor (INAME).
Cabe decir que, en ese cuerpo normativo tan especial, se plasmó
una moderna y avanzada doctrina de protección a la minoridad, así
como un programa muy completo de actividades a desarrollar.
Desde el Dr. Roberto Berro -primer presidente del Consejo-,
pasando por el Director Dr. Domingo W. Sarli, de la División
Segunda Infancia, y por la presidencia del Dr. Alfredo Alambarri
-el ilustre pediatra mercedario-, se registró un vuelco
fundamental en las políticas de internación. En efecto, tiene
lugar, el desarrollo de nuevas concepciones. Se valora
integralmente al niño y se lo sitúa como eje de la actividad
institucional.
Se quiebra el hacinamiento, se acentúan las medidas
higiénico-sanitarias, la alimentación es cuidada, se ennoblece el
trato y amplía la socialización. Se rescata el papel de la familia
natural del niño, dándosele la trascendencia que merece. Se apela
a permanencia de los menores en sus propios hogares y a la
colaboración con los padres en dificultades. Se procura contener a
los menores en sus reductos familiares y, en otros casos, se
recurre a familias sustitutas de las biológicas.
No es novedad decir que, casi siempre, se tropezó con dificultades
en el orden presupuestal para materializar políticas eficaces. Sin
embargo, nada melló la sabia percepción que, al iniciarse la
segunda mitad del siglo XX, decantó un valioso conjunto de
directivos, profesionales, docentes, funcionarios y cooperadores
vocacionales del organismo de la minoridad, cuyas visiones se
anticiparon en lustros a la Carta de los Derechos del Niño,
aprobada por las Naciones Unidas.
Es en este punto que quiero resaltar la capacidad realizadora, el
empuje y el vigor intelectual de los mencionados Dres. Alambarri y
Sarli, con cuyas amistades me honré, accediendo a la intimidad de
su filosofía humanista. No es ocioso decir, asimismo, que ambos
sintieron la hondura de su compromiso con el país y la libertad,
tanto en el bastante remoto 1933, como en el mediato 1973.
Ha sido valor entendido firme en nuestro país que la internación
es desaconsejable y que su procedencia sólo es viable en casos
especiales.
De lo que no cabe ninguna duda es que la familia estructurada es y
será para el niño su centro gravitacional primordial. Escuela de
formación de los primeros hábitos y punto neurálgico de afectos
sostenedores de personalidades más plenas.
Pero, como sostuvo Alambarri, la condición es que la familia
funcione.
Para ello se hace necesario que la organización de la sociedad no
la desestabilice. La pérdida del trabajo, su no obtención, las
carencias educativas y alimentarias, entre otras vicisitudes
graves, minan al núcleo parental.
En el anticipo de su informe 2002-2003, la CEPAL anota que Uruguay
registra un aumento de ese corrosivo social llamado pobreza, el
que en un año pasa del 9,4% al 15,4%.
¿Qué sucederá con las familias y los niños? ¿Cómo será el país
del futuro?
¿”Desinternamos” y volvemos a internar, para que la calle no nos
haga sonrojar? ¿O regresamos al torno y al “Buen Pastor” y
mitigamos el escozor de algunas conciencias?
A corazón abierto y entre los más: ¿no será mejor hacer el
esfuerzo de salir juntos del trampero y salvar a nuestros hijos y
nietos?
Es momento de abrir la conversación y aportar al debate. |