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LIDERAZGOS TRAS
CRISTALES
Siempre he tenido el concepto que las victorias cívicas deben
conmemorarse con alegría, fundiendo a los líderes emergentes y a
los consagrados con su pueblo.
Es un acto de igualación formidable. Es cuando en el llano se
comparte el júbilo, codo a codo. Es bajo la luz intensísima del
triunfo cuando desaparecen las diferenciaciones de clases y capas
sociales, de oficios y profesiones y todas esas otras
segmentaciones, derivadas del papel que, cada cual, ha cumplido
para alcanzar una meta y que cada uno tiene en la vida corriente.
Es en este momento cenital en que vuelve a estamparse -como en una
ratificación simbólica-, la vigencia de los compromisos y donde la
emoción -hecha nudo en la garganta-, galvaniza las obligaciones
asumidas. Es esta hora singular -y no otra- la del apretón de
manos y la del abrazo fraterno, que sella con promesa de fidelidad
el propósito por el que se ha luchado.
Es una hora, muy señalada, en que se marca la equivalencia de las
partes que cohesionan la soberanía popular.
Estas lecciones se han escrito en las páginas del democratismo y
la sensibilidad de la historia moderna del Uruguay, en las que
arrancan -por lo menos- desde la década del 30 del siglo pasado.
Conservo en mi memoria -estoy seguro que no he de ser el único- la
celebración gélida que tuvo lugar en Plaza Independencia, tras el
triunfo en el “ballotage”, en que el del Dr. Jorge Batlle -con el
apoyo del Partido Nacional- venciera al candidato del lema
Encuentro Progresista.
Se recordará: una chata como plataforma para oradores, un núcleo
esmirriado de correligionarios y, después de varios aprontes, la
llegada del presidente electo con su esposa y un saludo
-brevísimo-, realizado a metros de altura, desde la inaccesible
balconada del Victoria Plaza Hotel.
Nunca un triunfo cívico lució con la opacidad de este y, nunca me
dio tanta tristeza que, en democracia, se asumiera el
pronunciamiento popular sin reunir a los que le dieron su voto.
Jorge Batlle, a diferencia de lo que fuera el batllismo
tradicional, había iniciado algo así como un liderazgo tras los
cristales, separado del pueblo.
Evidentemente los tiempos en que los gobernantes y dirigentes
políticos abandonaban sus despachos, transitando a pie por las
aceras, en medio de la muchedumbre y frecuentando sus lugares de
esparcimiento, van quedando atrás.
Pero, no nos engañemos. No es señal de fuerza.
Y, aquella separación inicial, como una sombra enorme signa su
mandato, el que acaba de experimentar un revés histórico: el
resultado del referendo del 07/XII/20003.
Su caso no es el único. Paradojalmente tiene un nuevo émulo,
supuestamente ubicado en las antípodas de su concepción.
Se trata del Dr. Tabaré Vázquez: el gran ausente de los festejos
populares que tuvieran lugar el domingo, al conocerse los
resultados de la consulta popular.
Su conducta es poco entendible. El FA-EP, que encabeza y su
partido recorrieron el país palmo a palmo, hicieron actos
públicos, asistieron a radios, medios escritos y televisión;
movieron la militancia y apelaron a todo el arsenal
propagandístico, con folletos, volantes y pinturas; desmenuzaron
la cuestionada ley y reprobaron la política del gobierno y de sus
aliados permanentes y ocasionales. Su fuerza política operó como
motor, en alianza con sectores sindicales y hombres
pertenecientes a bloques no frenteamplistas. La campaña obtuvo un
rotundo éxito. Tabaré Vázquez conocía la intención del voto
ciudadano, la que desde el jueves anterior fue prevista por todas
las agencias de sondeos de opinión. Los partidos no ignoraban que
había una tendencia abrumadora para el Sí, derogatorio de la ley
sobre ANCAP.
No tiene explicación que el Dr. Vázquez haya dado la espalda a la
ciudadanía, a la que tan enfáticamente convocara, escurriéndose
tras los cristales ahumados a la hora de la democrática
celebración de sus partidarios.
Según es notorio, sufragó, se desligó de las últimas instancias
del proceso y, con familiares, se retiró al interior...
¿Podría Ud. imaginar a Napoleón Bonaparte dejando a sus soldados
en la instancia definitoria de una batalla? Seguramente, no.
Pero, diferencias aparte, los conductores clásicos de una fuerza
popular se mantienen con sus pies apegados a la tierra, en el
campo en que se debaten sus adeptos, se trate de correligionarios,
amigos políticos o eventuales simpatizantes.
El último de los Batlle está hoy más lejos de su pueblo, más que
en aquellos lejanos días, en que saludó a la distancia a su gente.
Alguien podrá preguntarse en qué tradición de las luchas del
pueblo oriental se inspiró Vázquez para no rendirle a su pueblo el
tributo que este merecía a la hora en que se hizo público el
veredicto de las urnas.
Tras los cristales, sin el contacto vitalizador y la vibración de
la gente, no existen liderazgos durables, capaces de soportar el
andar del tiempo.
En cualquiera de los dos hechos hay materia para los analistas
especializados. Lo mío es sólo una reflexión para compartir, con
respeto hacia los involucrados y exenta de intencionalidad
subalterna. |