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Los sucesos más relevantes de la región fronteriza, desde la óptica del interés público.

EL PLACER DE LAS PALABRAS

 LAPSUS CALAMI

Un artículo de Claudio Moreno
 Traducción del portugués de Walter Ernesto Celina

   Un típico profesor universitario, al cambiar su fiel máquina de escribir por una computadora, terminó apretando teclas que no debía e introdujo, casi al final del trabajo,  un parágrafo entero de un artículo anterior.

   Mi amigo es un poco filósofo y no se quejó de su mala suerte; hasta oyó con simpatía las explicaciones de su nieta, casi molesta con la falta de  suerte de su abuelo.

   Como el texto ya había sido impreso y él sabía -macaco viejo de la floresta académica- que las fieras vendrían tras su sangre, me telefoneó, en busca de un nombre para tal equívoco.

   “Siempre usé lapsus calami, más no se si vale también para las teclas de la computadora”, concluyó.

   Dije que sí, que todavía era buena moneda en cualquier cambio del mundo.

   Ahora, para que mis lectores perciban la extensión del problema y la solución propuesta, expongo mis razones.

   Además de su sentido más actual, de “intervalo de tiempo”, lapsus es desliz, corrimiento.

   Muy antigua es la expresión lapsus linguae (lapsus lingüe), que ya aparece en el Eclesiastés, donde reza que es mejor resbalar en el piso que hacerlo con la lengua (en el texto de la Nueva Vulgata, “Melius lapsus in pavimento quam lapsus linguae”).

   A su vez, cálamo viene del latín calamus (del griego kálamus), una pluma primitiva, hecha de fibras de juncos, de unos veinte centímetros, con la punta cuidadosamente trabajada, a semejanza de  nuestras lapiceras modernas (además, portaplumas viene de pluma). El recipiente donde se guardaba la tinta y se mojaba el cálamo era llamado calamarius, nombre que después fuera aplicado a los deliciosos calamares, que son verdaderos tinteros marinos; en los restoranes españoles siempre es una buena solicitud un plato de “calamares en su tinta”, una exquisita comida que el turista raramente enfrenta, al extrañar una comida negra, circunstancia que no nos extraña a los brasileños, criados a porotos (feijão).

   Lapsus calami, por tanto, significa literalmente deslizamiento de la pluma (escorregadela da pena).

   La expresión lapsus calami es usada en el mundo entero para designar un error involuntario en la escritura, popularizada por los copistas medioevales para indicar pequeñas deficiencias al transcribir los originales.

   Con el uso de la máquina de escribir y de la computadora, los sabedores de siempre comenzaron a buscar una expresión que sustituyera calami, pues no se trataba más de una pluma…

   Bien, eso es subestimar la extraordinaria capacidad generalizadora del idioma. Si cometo un error involuntario usando pluma, lápiz, tiza, máquina de escribir, procesador de texto o un avioncito –de los que escriben con humo en el cielo- es claro que todo cabe en lapsus calami.

   Lo importante es que sea involuntario (Freud diría: no tanto…). No se trata de disfrazar simples errores de grafía: si escribo “presiozidad” en vez de preciosidad, no corresponde disculpa en latín, ya que evidencio que no frecuento el diccionario. Pero, si escribo “cuanto llegamos al capítulo 20”, en vez de cuando, nadie discute que el cambio de una letra por otra ha sido involuntario.

   Hace algunos años, al entrar en una zapatería para comprar un par de championes de fútbol de salón, dejé al empleado confundido cuando insistí en que siempre había usado la marca Regina. El nombre era Rainha (reina), pero ¡lo había cambiado por su forma latina! Este era un verdadero lapsus linguae, error característico de un letrado que estudió.

   Hace unos días, asimismo,  en un artículo sobre Los Mayas, cambié el nombre de Luis Fernando Veríssimo* por José Fernando. Ahí no fue lapsus alguno. Simplemente me atonté como un borrico; ya,felizmente, volví a la normalidad.

   (*) Veríssimo es un escritor y periodista del Diario “Zero Hora”, del grupo RBS de medios de Brasil. 

BREVE NOTICIA SOBRE  EL AUTOR

   Claudio Moreno es Doctor en Letras, distinguido profesor y escritor portoalegrense. Alumno de Celso Pedro Luft y amigo de la periodista y escritora Lya Luft, ha presentado por éstas horas “El placer de las palabras”, en Librerías Porto, Shopping Iguatemí, en Porto Alegre.

   Refriéndose a las cualidades del trabajo de su amigo, Lya expresa con convicción que con Moreno es posible aprender, así como sorprenderse y encantarse con los secretos que encierran las palabras.

   La comunicación corriente precisa acudir  a la magia de las palabras.   Estos secretos no son ajenos en el quehacer de las redacciones periodísticas, en que cada día es menester ejercer el oficio de las palabras para trasmitir informaciones, juicios, ideas y renovar con los lectores la continuidad del vínculo.

   Las palabras con sus halos -se trate de elementos de  brillo o prestigio-, con sus adornos, con lo que en ellas subyace, con lo que surge de entre sus grietas, ejercen un discreto encanto. Hay un algo en las frases que queda como una huella y que parece espiar a través del tiempo. De esto nos advierte en un reciente comentario la escritora Luft, para quien el libro de Moreno puede suponer “un aprendizaje incitador a abrir las ventanas de la mente”.

   En “Lapsus calami” se advierte la amenidad del escritor y periodista “gaúcho”, cuya versión al español he vertido del portugués.

Walter Celina - 21 de abril de 2004  waltercelina@hotmail.com


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