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GOBIERNO DEL PUEBLO
Los procesos políticos y electorales dan vigor a la democracia.
Permiten que las colectividades partidarias puedan mirarse a sí
mismas y ser observadas por los demás. Que se evalúen los
programas de gobierno y la gestión de los candidatos que han
transitado por cargos de responsabilidad en las distintas esferas
de la administración. Que se conozca el perfil de las nuevas
figuras, lidiando para abrir nuevos rumbos unas veces o, en otras
ocasiones, plegándose a las ya conocidas.
Toda esta dinámica gana en fuerza y potencial en la medida en que
los ciudadanos se expresan, en todas las formas que la democracia
posibilita. Desde los centros políticos y las entidades
representativas de sectores de opinión, en los debates abiertos,
desde las tribunas periodísticas y los medios y, en ese coloquio
-vivo y fermental- que surge entre los vecinos en los pueblos y
ciudades, en las más diversas instancias.
Al fin de cuentas, el poder reposa -o debería sostenerse- en un
centro gravitacional que no es otro que el ciudadano, ejerciendo
sus derechos de modo activo.
No se trata sólo de hablar de las potestades legisladas para los
naturales del país en un Estado de Derecho. Antes bien, lo que
cabe considerar son las facultades y las formas en que los
titulares de la ciudadanía hacen valer sus opiniones, en los
lugares en que estas pueden ser vertidas.
Hoy va abriéndose curso la práctica que los gobernantes escuchen,
analicen y discutan en las comunidades con las voces de sus
habitantes. Se trata de un capítulo importante del valor que se
atribuye al diálogo. Se forman comisiones por barrios, se realizan
asambleas, se estructuran petitorios, se bosquejan soluciones. Los
ciudadanos van hacia los centros de poder para ser recibidos y,
son muchas las autoridades que transitan -con humildad
republicana- hacia los núcleos vecinales para asesorarse, cambiar
opiniones, informar sobre proyectos y resoluciones, etc.
Es una fórmula enriquecedora que importa. No supone que por actos
mágicos o, de un plumazo, desaparecerán los problemas. Tampoco que
algunos no se vean tocados por la tentación demagógica. Pero, ni
lo uno ni lo otro, provocará una frustración insuperable.
Vale muchísimo que los hombres se expresen y defiendan las ideas
por las que consideran que encaminan al pueblo hacia un mejor
destino.
La democracia ha de dar sus frutos en tanto sea “gobierno del
pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Y que el diálogo y la
cooperación, entre gobernantes y ciudadanos -prescindiendo de
cintillos partidarios-, potencie los mejores resultados para el
fin esencial del bienestar público.
Esos que esperamos a diario y de los que debemos sentirnos
gestores. |