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Los sucesos más relevantes de la región fronteriza, desde la óptica del interés público.

Pedro Figari

Pedro Figari, junto a Rafael Barradas y Joaquín Torres García, forman la admirable trilogía de la pintura moderna uruguaya de la primera mitad del siglo XX.

   No son las únicas figuras de destaque pero, de algún modo representan para ese tiempo tres formas de sensibilidad que se manifiestan de modo diverso, cada una con su propio brillo.

   La pintura figariana comenzó a difundirse como parte de  los  homenajes de reconocimiento que el país le rindiera en la década del 40. Sus representaciones, basadas en escenas rurales y en el rescate de nuestras costumbres en asociación con la raza negra, comenzaron a gozar de enorme popularidad por aquella difusión inteligente, como por la forma sencilla del artista de interpretar aspectos de nuestra realidad.

   En el Palacio Santos, en la sala de su nombre, acaba de tener lugar una  muestra de su arte, con piezas facilitadas por el Poder Legislativo,  Museo de Artes Visuales de Montevideo, Museo de San José y pinacotecas privadas.

   ¡Qué bonito hubiera sido que este esfuerzo ministerial pudiera haberse trasladado a departamentos de la república, para que las jóvenes generaciones de escolares, estudiantes y, público en general, fueran al encuentro del gran maestro!

   Figari tiene en su pintura la magia  del color, resolviendo la figura humana, los objetos y la naturaleza con un trazo ondulado y simple, siempre impactante.

   Pedro Figari tuvo esta arista  sobresaliente, que lo destaca y pone en un plano prioritario cuando se consideran las contribuciones que cumplió para las artes visuales uruguayas. Su personalidad transitó, asimismo,  por otros campos muy relevantes del quehacer nacional.

   Siendo adolescente me asombraba el rescate de lo negro de aquella pintura, tan expresiva, que me ofrecían las reproducciones que circulaban en Mercedes, ciudad privilegiada para las manifestaciones del arte. Sospechaba que una raíz tenían, pero sólo conocía que los negros habían sido introducidos y vendidos en remates por Maciel y que, junto a indios y gauchos, fueron soldados del ejército libertario de José Artigas.

   Más adelante, al conocer datos biográficos del artista, la interpretación me pudo resultar más completa.

   Aquel hombre, que ya maduro tomara la paleta, poseía una riquísima personalidad. Spenceriano desde el punto de vista filosófico era, consecuentemente, tributario del pensamiento agnóstico y del evolucionismo. Su interés estuvo perfilado hacia la docencia, siendo mentor de la enseñanza industrial, respecto a cual formuló ensayos.

   Es de citar que sumó su colaboración a la primera presidencia de Batlle y Ordóñez. Como abogado penalista participó activamente en los debates sobre la abolición de la pena de muerte. Formó parte del Parlamento Nacional.

   Buceando en estos elementos pude entender mejor porqué de sus pinturas fluía una humanidad intensa.

   Una anotación final. Hace más de 30 años advertí que en las paredes del hall de un pequeño teatro, montado en calle Maldonado casi Ibicuy, en Montevideo, había un par de piezas de Figari. Le expresé mi alegría por ese detalle a su director, el Dr. José León Bengoa, abogado especialista en derecho penal, amante de las artes plásticas. De resultado de este encuentro fui invitado a su domicilio a observar la colección de Figari que atesoraba. ¡Qué sorpresa al encontrarme -en una enorme superficie-, con más de  treinta telas y cartones de Pedro Figari!

   Fue un momento de verdadero deleite. Aparte del disfrute que el maestro me daba, había ganado un nuevo amigo.

Walter Celina - 26 de mayo de 2003  waltercelina@hotmail.com


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