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EL EJERCICIO DE LA
DEMOCRACIA
Se ha dicho que “el hombre es un animal político” y, vaya si lo
es cada uno de nosotros. ¡Somos animales políticos!
Desde que la sociedad está gobernada centralmente, conforme a
determinados esquemas organizacionales y, en virtud que -con
periodicidad- somos consultados para catapultar a los encargados
de dirigir los destinos de un país, participamos y elegimos,
intervenimos en la política.
Con mayor o con menor fortuna, nuestros candidatos llegan,
quedan arañando una posición o, se pierden por el camino. En el
acierto o en el error, actuamos para que unos lleguen y otros no.
Después, según nos vaya en la feria, declararemos nuestra
satisfacción y, como más de una vez suele suceder, nuestras
decepciones y amarguras.
Se ha dicho, también, que “la democracia nos da derecho al
pataleo”, que sería algo así, como un “premio consuelo” para
renovar una ilusión de país mejor, que tarda en llegar.
Seguramente, todo esto tiene una cuota importante de verdad,
aunque no es toda la verdad.
¿Quién la tiene? Las certezas totales son peligrosas pero los
pueblos -que son los destinatarios de la política de los partidos
de gobierno y de la oposición política a los gobiernos- asumen la
verdad en su hora, es decir, cuando se pronuncian.
Se admite, también, que los yerros gubernamentales deben
pagarse, como los pecados que se repiten. Y, aquí, el gran jurado
es el pueblo, que es el único que tiene derecho a equivocarse
(cuando se equivoca, que no siempre es así).
En el referendo del domingo hubo un doble y preciso
pronunciamiento: 1) contra la ley que autorizó desmonopolizar
ANCAP y asociarla con extranjeros y 2) contra el gobierno y sus
aliados políticos -circunstanciales o no-, que recibieron un
categórico rechazo a su proyecto parlamentario.
A menos de un año de las elecciones nacionales, este “tour de
force” posicionó bien a los nucleamientos de izquierda,
agrupaciones sindicales y figuras de partidos tradicionales
integradas por la derogación de la ley sobre ANCAP y colocó como
furgón de cola -con una nota de desaprobación muy fuerte- al
Presidente Batlle, que emerge solitario, y a los ex presidentes
Sanguinetti y Lacalle, que perdieron la batalla en el orden
porcentual del 35,42 que llevaron, contra una pueblada del 62,21.
Los consultores de opinión pública aprecian, paralelamente, la
existencia de un nuevo fenómeno, no registrado antes en los anales
electorales uruguayos. Tiene que ver con la masa de votos
anulados y en blanco.
Si bien el voto en blanco jugaba objetivamente a una
acumulación con el voto pro-gubernamental, ello no siempre
traducía la voluntad psicológica de querer sumar con la opción que
se jugaba a confirmar la ley.
El voto anulado fue el 4,26% de los sufragantes. Si se agrega
al segmento de quienes no concurrieron a votar -orden del 10% del
electorado habilitado-, conformarían una fuerza no despreciable.
De tanto peso, vale decir, que si se tratara de una elección
nacional, permitirían elegir un senador y varios diputados.
De esta expresión surge -no por primera vez- un estado de
insatisfacción de la opinión ciudadana con la “clase política”, en
especial con la que gobierna y, aún, con la que está en el lado
opuesto.
Hay una aceleración de la conciencia crítica de la sociedad
uruguaya que, como podrá advertirse, va más allá de un mero
“derecho al pataleo”.
La institución del referendo, con raíces en la cultura griega, fue
acogida por la corriente renovadora que encabezara José Batlle y
Ordóñez, ingresando en las constituciones de la década del 30,
constituyendo una expresión de la democracia directa. Por su
efecto, la soberanía vuelve al pueblo, siendo el que avala leyes o
procesos modificativos de la Carta Magna.
Por tal sistema nos hemos expresado como pueblo. La ciudadanía ha
dado un mandato político y moral.
La iniciativa sancionada legislativamente sobre ANCAP cayó,
abortó, no será “viable”, para repetir una expresión que registra
el Código Civil de Tristán Narvaja. En consecuencia, no podrá ser
y, cualquier legislación de futuro que se tente sobre la materia,
deberá respetar la decisión.
No será cuestión de borrar con el codo lo que quedó establecido
con un sello indeleble. Es la otra parte de la democracia, de la
que deberemos ser custodios todos.
La democracia se perfecciona en el andar, admite la evolución, el
cambio, la profundización. Su ejercicio por las masas tiende
ennoblecer y depurar el viejo oficio de la política. La gran
protagonista es la gente, como quedó demostrado -otra vez- este
domingo.
Y bien, bajo el orden republicano, de una forma u otra, cada uno
de nosotros ha hecho política.
Por el voto, es cierto. Y, aún, sin votar (anulándolo en la urna o
quedando en casa). Mal que a unos les pueda pesar y a otros no,
hubo un pronunciamiento soberano.
Además, fue ejemplar, honrando la institucionalidad del país. De
ella debemos sentirnos, sin distingos, fieles guardianes. |