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EL GARDEL QUE LATE EN NOSOTROS
Escribe Walter Ernesto Celina
Mi fraterna amiga, la poetisa e investigadora argentina
Martina Iñiguez, me ha hecho partícipe de un trabajo
magnífico. Está realizado para circular por las computadoras.
La prensa escrita lo puede recoger por medio de algunas
fotografías y escuetos textos. Por ambas modalidades lo estoy
divulgando.
Confieso, sin falso pudor masculino, que al quedar al tanto
del mismo me ha emocionado y mucho.
Hace bien al espíritu, al ser interno, que una mano amiga,
desde la otra orilla, nos envíe un atadito de imágenes y allí
encontrar lo compartido y, más allá de ello, lo personalísimo
y simple de cada cual.
Cuando mi ciudad, Mercedes, era no sólo la “Coqueta del Hum”,
sino que se abría a un porvenir en flor -tan a menudo
esquivo-, Carlos Gardel ocupó las habitaciones de un hotel
céntrico, admiró con su voz en el teatro y conmocionó a mis
coterráneos.
Relatos de época me permiten verlo con los ojos de testigos
privilegiados, deambulando por las habitaciones de la casona
para huéspedes, con una prenda de algodón abotonada que luego
cubriría su camisa y smocking.
Después, en Montevideo, viví a tres pasos de la calle Isla de
Flores, “tan angostita”, evocada con cariño por el cantante.
Allí cerca, se ubicaría la escuela pública que, el tenaz
trabajo de mi amiga, logró individualizar como una de las
probables a que asistiera Carlitos. La coincidencia también ha
querido que, entre aquellas cuatro paredes, décadas después,
impartiera docencia mi esposa.
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1 |
Casa de
Carlos Gardel en Carrasco, Montevideo -Vista actual |
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Piscina
climatizada con rampa escalonada |
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3 |
Sala de
aparatos de musculación |
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4 |
Madres
trabajando con hijos, bajo supervisión especializada |
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5 |
Taller
de sicomotricidad |
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6 |
Gimnasio
de rehabilitación |
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7 |
Taller
de cerámica |
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8 |
Exposición Taller de Cocina |
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En la Playa “La Mulata”, en Punta Gorda, busqué las piedras
ribereñas del Plata por las que “El Zorzal” caminó, para
mostrar a mis hijos el sitio en que interpretara a “cappella”
sus letras, circunstancia registrada en una antológica escena
fotográfica.
Desde los años 80 mi domicilio montevideano pertenece a esta
área. Y, más en Punta Gorda que en Carrasco, está el “Chalet
de Gardel” -de existencia tan penosa en el período
dictatorial militar-, hoy recuperado para un alto fin social.
Los solares donde habría de construirse la finca fueron
escriturados por Carlos Gardel el 31 de octubre de 1933,
cuando yo gateaba. El edificio que perteneciera a “El Mago” es
ahora una institución de rehabilitación y recreación para
personas con dificultades y se rotula “Casa de Gardel”.
Hace pocos años, en el balneario brasileño donde generalmente
habito, un joven sufrió un accidente de columna, siendo
procurada su recuperación motriz en este centro. Era vecino y
amigo mío.
¿A qué conducen estas representaciones escritas, tan
dispersas? Apenas a una historia de emociones cruzadas,
comunes a cualquier persona. Transitan por el alma de un
ciudadano que las asocia, como quien junta cosas que quiere y
las cohesiona para mostrar meras coincidencias, trocitos de
historias, que la vida va tejiendo, sin cesar.
Si el canto perfeccionado es una parte de la belleza, Gardel
inmortaliza la voz rioplatense y la hace única, a través de
las generaciones. Que al escriturar sus bienes declarara su
orientalidad es un orgullo lugareño y nada más que eso. Que su
bonita casa, con el número 1421 de la calle Pablo Podestá
(nombre vinculado a la escena), se haya transformado no en
museo, sino en un lugar asistencial para congéneres que
precisan apoyos, a Gardel no le hubiera desagradado. Su
humanismo lo transmitía en sus desprendimientos reiterados, en
el regalo de su simpatía, en su sonrisa bonachona, en su
adhesión a la gente y al arte.
Como envolviendo el paquetito que me remite Martina Iñiguez y
casi a modo de precinto para un obsequio, puede escucharse la
música de “Por una cabeza”. Es un sonido extraño y
nostalgioso, marcado por las cuerdas. La cadencia es clara,
aunque las manos de los intérpretes ofrezcan un sabor de tango
bien distinto. Es la orquesta que respalda al talentoso actor
norteamericano Al Pacino, en una escena del filme “Perfume
de mujer”. En una corazonada, interpretando a un ciego,
percibe el aroma de una hermosa mujer. Y, en un extraño y
memorable momento de seducción, la convida a bailar, dominando
la pista.
Gardel está ahí. Es su música y su canto corriendo por
nuestras venas y también, porque en lo hondo de ese tango
gringo, palpita el masculino-femenino universal que trenza las
emociones en una pareja. En ese pasaje lúdico podemos mirar
hacia la intimidad y reconocernos.
Y Gardel está aquí, en esta historia nueva de la calle Pablo
Podestá (1), en los pasos de aquel año 33 y en las voces que
ahora animan su residencia solidaria, cubierta por glicinas de
esperanza y colmada de sueños para mejorar vidas humanas.
Distintas y, a la vez, semejantes a las nuestras.
(1): Contactos por los teléfonos (02) 600.03.34 y 601.31.42
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