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COLUMNA DE TANGO CULTURA

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EL HIMNO DE LOS TANGOS

Escribe Walter Ernesto Celina

Primera de dos notas

Cuando mi entrañable amigo, el Dr. Mauricio Kriger, tras una incursión por Buenos Aires pusiera en mis manos uno de los volúmenes de la  Editorial Corregidor, dedicados a la Historia del Tango, me produjo una verdadera alegría.

Se trataba del tomo “Los años veinte”, una de las piezas que en los ’80 y pocos no encontrara en recorridos que realizara por algunas librerías de la gran ciudad.

Los advenimientos de este período estaban preludiados por enormes  acontecimientos mundiales. A la par, la década citada se cerraría con espesos nubarrones sobre la suerte de la humanidad.

Pero, al interior de los ‘20 habrían de florecer portentosas producciones en la literatura, en la plástica con los muralistas mexicanos, nuevos desarrollos en las ciencias físico-matemáticas, tendencias   arquitectónicas como el “art déco”, el surrealismo, el cine sonoro -inaugurado por el notable cantante norteamericano Al Jholson- o el descubrimiento de la penicilina, por Alexander Fleming. Se crea la fallida Sociedad de Naciones, estalla el crack en la bolsa de valores de Nueva York y J. Escrivá de Balaguer funda la prelatura del Opus Dei.

De este curso decenal son “Chiqué”, “Milonguita”, “Zorro gris”, “El pañuelito”, “La copa del olvido”, “El patotero sentimental”, “Loca”, “Melenita de oro”, “Sobre el pucho”, “Buenos Aires”, “El bulín de la calle Ayacucho”, “Mano a mano”, “Nubes de humo”, “ Silbando”, “Galleguita”, “Cascabelito”, “Griseta”, “Julián”, “La mina del Ford”, “Sentimiento gaucho”, “Si supieras”, “A media luz”, “Audacia”, “La cumparsita”, “¡Leguisamo solo!”, “Viejo rincón”, “Yo te bendigo”, “Amurado”, “Anoche a las dos”, “Aquella cantina de la ribera”, “Bajo Belgrano”, “Caferata”, “Caminito”, “El ciruja”, “La gayola”, “La he visto con otro”, “Mandria”, “Mocosita”, “Noches de Colón”, “No te engañes, corazón”, “Puente Alsina”, “Qué vachaché”, “Zonsa”, “Tiempos viejos”, “Adiós, muchachos”, “Arrabalero”, “Che, papusa, oí”, “De tardecita”, “El poncho del amor”, “Marionetas”, “¡Qué lindo es estar metido!”, “Un tropezón”, “Ventanita de arrabal”, “Aquel tapado de armiño”, “Bandoneón arrabalero”, “Barajando”, “Boedo”, “Duelo criollo”, “Carrerito”, “La muchacha del circo”, “Malevaje”, “Mama, yo quiero un novio”, “Mano cruel”, “Muñeca brava”, “Pato”, “Pero yo sé…”, “Portero, suba y diga…”, “Quemá esas cartas”, “¡Qué querés con ese loro!”, “Seguí mi consejo”, “Aquel muchacho triste”, “¡Atenti, pebeta!”, “Bailarín compadrito”, “¡Cómo se pinta la vida!”, “Dicen que dicen”, “La violeta”, “Margaritas”, “Palermo”, “¿Por qué soy reo?”, “Tras cartón”, “Uno y uno”, “ Yira… yira…” y muchísimas composiciones más que articulan melodías y versos.

 

No todas responden  a padrones de alta calidad, más son reflejo fiel de una época prolífica en sucesos que fueron marcando el carácter rioplatense. En la cita precedente he procurado otorgarle su ordenamiento cronológico. Demás está decir que, a sus respectivos compases, Carlos Gardel  y los artistas de la época fueron estremeciendo los públicos con cada historia, sintetizada en sones instrumentales y cantos.

Cuando se conmueve la sensibilidad, los mensajes se van sedimentando en el alma colectiva y se hacen parte de la cultura. De la nuestra, en primer lugar, despuntada a las orillas del río como mar.

El uruguayo Gerardo Hernán Matos Rodríguez, autor de “La Cumparsita”, el himno de los tangos.

 

La cumparsita” es considerada, sin discusión, el himno de los tangos. La exégesis de sus dos letras no permite ubicarlas,  no obstante, en un primerísimo plano de atención. Distan  de poseer el desarrollo alcanzado por numerosos tangos de la época.

En efecto, las estrofas -adosadas en 1924- a la música de Gerardo Matos Rodríguez  por los versificadores Pascual Contursi y Enrique P. Maroni,  no son de una factura relevante. Menos, aún, las que tras el plagio de que fuera objeto, le incorporara su propio creador.

Más, como un fenómeno digno de ser analizado en sus distintas facetas, “La cumparsita” vive, perdura y se inmortaliza. Se distingue universalmente por sus compases. Se canta -en la versión porteña-, sin rubor, por el amor perdido o, se recita en la oriental, evocando el perdón de una madre.

Su escenario ahora es el mundo. En la siguiente nota recordaré su cuna y los avatares de su crecimiento. 

Walter Celina - marzo de 2006  tangocultura@hotmail.com 


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