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CARLOS GARDEL

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LAS VOCES Y LOS SILENCIOS

Fragmento final del libro “Páginas Abiertas”  del Investigador uruguayo Dr. Eduardo Paysée González

       “… Nos ha parecido necesario efectuar esta recapitulación para ordenar las conclusiones del relato, afirmar los razonamientos y dejar propuestas algunas sugerencias acerca de necesarias investigaciones aún pasibles de llevarse a cabo.

       Hemos recreado la personalidad de Carlos Gardel, a través del descubrimiento de sus propios orígenes. Los hemos encontrado en raíces criollas y, específicamente, en Tacuarembó, Uruguay, donde él habría nacido en año no determinado con precisión, a partir de 1882. Nosotros hemos optado por el año 1884, como el de su nacimiento.

       He aquí, la recapitulación de datos, argumentos y razonamientos que fundamentan nuestra obra. 

1.        La inexistencia de documentación

Hasta 1920, Carlos Gardel careció de documentación que probara su identidad de manera fehaciente y auténtica. Al menos no se conoce documento alguno del cual surjan sus datos identificatorios. Se conocen, en cambio, dificultades sufridas por él durante los primeros años del siglo y aún con posterioridad, por carecer de documentación. Existen testimonios de una búsqueda de cédula de identidad o de libreta de enrolamiento, en Montevideo, en el año 1902 o en 1914.

Pero, sin embargo, dos aperturas muy claras y sencillas hacia el descubrimiento de su real identificación tenían Gardel y su madre, si él hubiera sido el Charles Romuald de Toulouse, sin tener que esperar para descubrir su real filiación a las resultancias del tan cuestionado testamento hológrafo.

En primer lugar, si bien anotamos que padeció la ausencia aparente de documentos identificatorios en la etapa joven de su vida en Buenos Aires, debe tenerse en cuenta que su presunta madre Berta Gardes, tenía consigo tales documentos traídos de Toulouse, cuando viaja con el menor desde Francia. Es decir, es un menor perfectamente documentado y acompañado por su madre. No hubiera tenido pues, ninguna dificultad, como inmigrante legalizado correctamente, en obtener documentación primaria argentina, cuando queda residiendo con su madre en Buenos Aires.

Y desde 1910, pues, con más de 18 años de edad y 2 años más de radicación adicional domiciliaria contínua (de acuerdo a la legislación argentina), no habría tenido ninguna dificultad en obtener su carta de ciudadanía argentina. Y solucionar todos sus problemas en Argentina y en Francia, ya en aquél 1910 o en años posteriores, hasta su muerte. En segundo lugar, cuando tramita la sucesión uruguaya, la cabeza del expediente, adjunta al escrito de apertura del juicio, se integra con un documento obtenido en 1921 del Registro Civil de Toulouse, en el cual consta el nacimiento de Charles Romuald, el día 11 de diciembre de 1890 y el reconocimiento materno el 22 de diciembre siguiente. Es de nuevo inexplicable la razón por la cual madre e hijo no utilizaron tal documento para corregir, por lo menos, o aclarar, la identidad del hijo, lo que se hubiera podido hacer por menos trámites judiciales o administrativos, de fácil ejecución. ¿Por qué aguardar a la confesión instrumentada en un testamento ológrafo aparecido cuando ya había muerto Gardel? ¿Por qué no reconocerse una y otro, madre e hijo como tales ante los tribunales argentinos, en trámites que nadie hubiera objetado y menos impedido?

A estas omisiones documentales que nadie se impone asimismo por pura perversión y a estas inexistentes respuestas, sólo les cabe una lógica y única respuesta: porque el Charles Romuald de Toulouse no cantaba ni era nuestro Carlitos criollo y éste no quería asumir una identidad y una identificación que no le pertenecía. Que sí hubieran admitido madre e hijo sin reparos, devociones lacrimógenas y cariños mutuos de por medio, según nos han querido hacer creer tantos fabuladores de la historia gardeliana. Por ello, Gardel se apresura a documentarse en el Consulado Uruguayo en Buenos Aires en 1920, antes de que se pudiera utilizar con fraude, aquél documento expedido en Toulouse, precisamente derivado de la torpe leyenda del Gardel francés desertor de los ejércitos o de las obligaciones castrenses de su inventada patria de origen. En definitiva, es recién en 1923 cuando Gardel obtiene la ciudadanía argentina, pudiendo haberla logrado ya en 1910 si hubiera sido el francés Charles Romuald y no el criollo descastado de padre y madre desde su propio nacimiento. 

2.        La documentación

A partir de 1920, Carlos Gardel obtiene documentos de identidad y de viaje. El 8 de octubre de 1920, tramita su “registro de nacionalidad uruguaya”, en el consulado de Uruguay en Buenos Aires. Justifica su nacionalidad con el testimonio de dos personas, una de ellas José Razzano, uruguayo, su compañero de andanzas y de canto. Establece en tal documento que es nacido en Tacuarembó, el 11 de diciembre de 1887 y que es hijo de “Carlos” y “María Gardel”, uruguayos, fallecidos. Estos datos los reitera en 1923, al obtener la ciudadanía argentina y en el año 1927, en su libreta de enrolamiento; en la ficha correspondiente a esta última sólo cambia el nombre de la madre, que en el caso menciona como “Bertha Gardel”. En documentos posteriores vuelve a modificar el nombre y apellido de su presunta madre. Cuando muere en Medellín, el pasaporte chamuscado obtenido en Niza, Francia, contiene inalterables las mismas menciones sobre el lugar y la fecha de nacimiento y su nacionalidad legal argentina.

¿Por qué, Carlos Gardel invoca nacionalidad uruguaya para obtener sus documentos? Resulta claro que no podía decirse ciudadano natural argentino, pues debía obtener documentos inscripcionales de nacimiento que no tenía, pues no era nacido en el país. Tampoco pudo presentar documentos uruguayos, pues no reconocido y abandonado por sus padres, nunca había sido inscripto en ninguna oficina de registro civil de Uruguay; si lo hubiera sido con nombres y apellidos supuestos, tales documentos, por desconocidos, no eran conseguibles. El funcionario consular uruguayo le otorgó el registro como nacional de ese país, no como un favor personal al margen de la ley, sino en cumplimiento de las propias reglamentaciones consulares, que desde 1917 permitían acreditar la nacionalidad mediante la sola justificación testimonial.

Se dice entonces uruguayo, nacido en Tacuarembó, porque precisamente esa era la verdad. Se podía haber dicho nacido en otra ciudad, incluso en Montevideo, donde hubiera sido más difícil rastrear su origen. Sin embargo invocó exactamente a aquella ciudad del interior del país, donde había nacido y donde vivían sus familiares, porque no tenía motivos para incurrir en falsedad; reveló hasta donde él mismo conocía, su propio origen y su filiación.

La situación política de aquellos años, le aconsejaba invocar su real nacionalidad para escapar a su clandestinidad documentaria –uso de cédula argentina como falso ciudadano– y, además, la frecuencia de sus giras artísticas y sus viajes al exterior, convertían en indispensable la regularización de sus documentos.

En resumen, se documenta con apego a la verdad, no para escapar a una remota e impensable persecución de la justicia francesa, sino para eludir posibles complicaciones con la justicia y con las autoridades policiales argentinas. 

3.        La falsa deserción militar en Francia.

¿Por qué razones Carlos Gardel, no utilizó su documentación francesa para regularizar su situación? La contestación nuestra es la más sencilla y directa: simplemente porque no era Charles Romuald Gardes, de Toulouse. La respuesta tradicional es otra: para no descubrir precisamente su nacionalidad francesa ante el peligro de ser declarado desertor de un servicio militar que no había cumplido, y por no haber acudido a defender a su patria durante la Primera Guerra Mundial.

Esta segunda respuesta es inaceptable. Está comprobado que no existió en Francia ningún desertor del servicio militar o de la Primera Guerra Mundial, perseguido por la administración o la justicia de dicho país, que se llamara Charles Romuald Gardes. Surge esa comprobación negativa, de documentos oficiales. Al no ser requerido pues, ningún ciudadano de tal identificación para cumplir el servicio militar es obvio que no existió tal incumplimiento legal. La obligación de prestar servicio militar había nacido, para Charles Romuald Gardes, en 1908. No fue citado a tal obligación, simplemente por no estar registrado en los censos ciudadanos, dada su larga residencia fuera del país. Pero es posible que ese año, o desde antes, estuviera en su país de origen y allí hubiera cumplido su servicio militar y seguido, incluso, la carrera de las armas: de ahí que no figurara como desertor. Un retrato conocido, de un soldado con la leyenda “Gardes Carlito”, escrita por mano de Berta Gardes, es muy sugerente al respecto. Por lo demás resulta claro que Carlos Gardel no podía pensar, en 1908, ni luego de concluida la guerra y en 1920 que habría de viajar a Francia y habría de triunfar allí, en su carrera artística; él mismo expresa su asombro por esa culminación. El propio Armando Defino manifiesta que ni él mismo conoció las razones por las cuales Gardel se había manifestado uruguayo en sus documentos. Y por la propia legislación francesa había perimido la obligación militar, para aquel ciudadano, precisamente en diciembre 1919, a sus 29 años, y entre 1908 –a sus 18 años– y 1919 ella quedaba en suspenso. Como hijo único de madre viuda o soltera, estaba también eximido de ir a filas durante la guerra mundial. Pudiera ser posible que Charles Romuald, residente en Francia, hubiera sí, estado en el campo de batalla y muerto en él. A él pudiera corresponder aquella imagen de la fotografía referida, aunque Berta Gardes sólo dijo que un hermano suyo había combatido y muerto en la contienda bélica. Sería Charles Carichou –no por cierto “Gardes”– apellido del nuevo esposo o concubino de Helène Camares, la madre de Berta, y fallecido en 1918, nacido en Venezuela en 1876. 

4.        La vida de dos niños en Buenos Aires

En marzo de 1893, Berta Gardes llega a la ciudad de Buenos Aires, con su hijo Charles Romuald Gardes, nacido el 11 de diciembre de 1890, en Toulouse. Según manifestó ella misma, su hijo lo entregó al cuidado de la Sra. Rosa Caroll de Franchini, o de Vacca, para su mejor atención y cuidado. Sin embargo con ella vive otro niño. Trabaja como planchadora en un taller propiedad de su amiga francesa Anaïs Beaux, casada con Fortunato Muñiz, con los cuales pasa a vivir en el mismo domicilio. Carlos Gardel, ya adulto y en sus cartas del extranjero, recordaba a este matrimonio y les llamaba “mis queridos viejitos, que fueron como mis padres”. En cambio ninguna referencia hizo a la Sra. Rosa Caroll, a quien –según Berta Gardes– su hijo llamaba “Mamá Rosa”. Este, concurre a escuelas públicas o pagas donde obtiene las mejores calificaciones escolares. De Carlitos, el criollo, existen rastros de su asistencia a escuelas gratis, de niños pobres, quizás con esporádicas internaciones en asilos y que –es seguro–, vagabundeaba por las calles sin querer estudiar. Dos niños distintos, pues, en dos hogares distintos, en dos compañías distintas y en distintas escuelas, incluso, una en Montevideo.

Dos fotografías diferentes, de dos niños escolares, cada uno de los cuales representa edades parecidas, con notorias diferencias morfológicas entre ellos, entregadas para su publicación por la propia Berta Gardes, confirman la existencia de dos niños distintos en la vida de esta mujer.

En 1900 no hay rastros de la inscripción escolar del hijo de Berta Gardes en Buenos Aires. Según ella dijo, viajó en tal año con su hijo a Francia, donde él hizo su primera comunión en un pueblo cercano a Toulouse. Los años inmediatos anteriores y el año siguiente, existen rastros fehacientes de la estadía de Carlitos joven, en Tacuarembó y en Montevideo, donde recibía enseñanza de canto. Berta Gardes diría, años después, que su hijo se había fugado a Montevideo, a los 14 años de edad y que durante seis años no supo nada de él. ¡Extraño comportamiento de ambos si fueran en verdad madre e hijo! Concuerda esa mención con la estadía finisecular de Carlitos en Uruguay. Vuelve –o lo trae Berta– a Buenos Aires en 1901. Ingresa al Colegio Salesiano Pío IX, en abril de ese año como artesano y luego cursa tercer grado escolar en 1902, en el mismo colegio. Es ya adolescente, tiene 16 años; no puede ser Charles Romuald. Una fotografía con Ceferino Namuncurá lo demuestra. Este es nacido en 1886 y en ese documento gráfico aparece, sin duda, como menor al joven Gardel. A fines de 1902 egresa de aquel colegio y comienza a trabajar en diversos y humildes oficios. Se convierte ya en errante cantor aficionado. 

5.        La vida bohemia del joven cantor.

El primer lustro del siglo XX, es importante para definir la presencia de aquel incipiente artista en Buenos Aires. Ya liberado de aulas, vende libros, frecuenta las cuadras de Palermo, los camarines de los teatros, ensaya canzonetas y trozos de óperas, oficia de “claqueur”, canta ante Tita Rufo, lo imita, aprende de Arturo Nava y de José Betinotti, y se fotografía con éste, en 1903, en Campo de Mayo. Conoce primero a esos y otros payadores y cantantes de la época, en casa de la familia de Baldasarre en la cual trabaja como conductor de carruajes; luego los trata y los oye cantar en los cafés nocturnos de Buenos Aires. Entre éstos, prefiere el de O’Rondeman del Abasto, propiedad de la familia Traverso, de influencias políticas que lo promueve y lo protege.

      Canta en otros barrios y centros nocturnos, en veladas íntimas de amigos, en comités políticos, en casas de juego; se le conoce por “El Melenas” y luego por “El Morocho del Abasto”; tiene problemas con la policía, ante dudosas compañías; es el joven “veinteañero” de sus primeros amoríos. Mientras “Carlos Gardes” figura como estudiante modelo, en 1904, en el selecto colegio “San Estanislao”. No es posible, sean dos vidas distintas en una sola persona; una la de un joven bohemio y cantor novato, otra, la de un niño de escuela, en régimen de internado aparentemente ejemplar. Para hacer verosímil esta imposible asimilación, los sostenedores del Gardel postdatan hechos y documentos gráficos.

      Su vida de aquellos años, su desapego a Berta, sus correrías nocturnas, sus dudosas compañías, lo hacen delinquir o intervenir en sucesos violentos. Es recluido en la penitenciaría de Ushuaia, quizá promediando el año 1905 y egresa a principios de 1907. Deja su firma al Capitán Villanova, en la cual luce ya su definitivo apelativo: “Carlos Gardel”. Veinte años después, él mismo y buenos amigos, se preocuparían de borrar las huellas de su pasado, mediante la sustracción y ocultación de todos sus antecedentes policiales y penales; nunca han aparecido sus prontuarios y expedientes de identificación personal y dactiloscópica. Librado, viaja –por su voluntad propia o expulsado legalmente– a Uruguay. Se le reconoce en Tacuarembó donde reside su amigo “Cielito” Traverso desde 1904, que liberado en Buenos Aires, luego de la comisión de un delito de homicidio, se refugia en el pueblo de Tambores y mantiene una larga relación con Amanda Escayola, que vive allí con su hermana Manuela, ambas primas de Gardel. Este canta por aquellos pagos y luego viaja a Montevideo. Canta también allí y desempeña otros trabajos. En 1910, regresa a Buenos Aires. Es su nueva ausencia, entre 1905 y 1910           –cuando ya canta y lo hace bien– es que Berta Gardes y Armando Defino, atribuyen 1 hijo verdadero de aquella. Charles Romuald, confusión deliberada de dos personas y ocultamiento de penosos episodios ocurridos en la vida del joven cantor.

      Desde aquel año intensifica el fomento de su vocación y su carrera artística. En 1912 se une con Razzano y en 1913, graba sus primeros discos y se encamina al éxito. En 1915, dos meses después de fallecido Carlos Escayola, debuta con Razzano en Montevideo y canta su primer tango. 

6.        Uruguayo, argentino, criollo

Su nacimiento, con todo, aún está rodeado de misterios que el propio Gardel y amigos suyos, que pudieron conocer de verdad –Leguisamo, Razzano, Irusta–, y sus propios familiares auténticos, nunca quisieron develar, por pudores explicables o por intereses creados que pudieran comprometer.   Aunque cabe una posibilidad real, que ni el mismo artista supiera la verdad entera, íntegra, que aún hoy desconocemos en su plenitud, no obstante revelaciones de indudable verosimilitud.

Berta Gardes, que había residido de joven en Tacuarembó y que había intimado con el Coronel Carlos Escayola, recibió de éste, en simple tenencia de hecho, un hijo natural suyo, adulterino –quizás incestuoso– nunca inscripto en los registros civiles, desconocido pues por aquél, su padre y por una madre oculta, que sería con el andar del tiempo, el cantor y artista Carlos Gardel.

         Berta habría llegado a Uruguay en su juventud –como ella misma dijo– luego de un viaje y de una breve estadía en Venezuela a los 10 años –en 1875– en compañía de su madre y del nuevo esposo de ésta, pasó a residir en Tacuarembó. Viajó desde allí a Montevideo, quizás a principios de 1890, con aquel niño al cual creemos nacido a fines de 1884. Desde Montevideo, ella regresó a Francia, es posible que embarazada de sus relaciones mantenidas con un hombre llamado Romualdo, residente en aquella ciudad de Tacuarembó, aunque se le atribuyen otros amores.

En Toulouse, el 11 de diciembre de 1890, de acuerdo a una partida de registro civil no atacada de nulidad formal o material, nació allí Charles Romuald. Fue anotado como hijo de padre desconocido. Quizás fuera aquél llamado Romualdo, quizás algún otro padre, entre ellos el mencionado Paul Laserre. Berta viajó con su hijo a Buenos Aires, donde registra su ingreso en el mes de marzo de 1893, con un niño de dos años de edad. Al llegar se declaró viuda, pero luego alteraría versiones e identidades y ocultaría documentos. Volvió a reencontrarse con el niño que le fuera entregado antes, hijo del coronel Escayola, y mediante un pacto concertado  con éste y familiares, lo mantuvo consigo en Buenos Aires. Y la confusión creció.

Dichos propios de Carlos Gardel, numerosos testimonios de terceros, alguna vez la misma Berta Gardes –todo más allá de sus menciones documentales–, han acreditado la nacionalidad uruguaya del cantor, por nacimiento, y la nacionalidad argentina, por adopción.

Ante amigos, ante periodistas, ante escribanos que dieron fe de sus dichos, manifestó que era uruguayo, o nacido en Tacuarembó. También se refirió a su padre, por su nombre: Carlos y alguna vez por su apellido: Escayola; pero nunca a su madre. Apenas dijo una vez ser francés y nunca dijo tener “Romualdo” por segundo nombre, en ninguna entrevista periodística, ni en ninguna referencia pública o entre amigos. Dijo, en cambio muchas veces, ser “criollo” o tener “sangre criolla” y varias veces se refirió a artistas argentinos como “compatriotas”, y siempre con emoción y con amor, a su Buenos Aires querido. Cuando estuvo en París, desde 1928 y en adelante, jamás hizo pública su presunta nacionalidad francesa, en años que, de todos modos, ya había perimido cualquier posible persecución y penalidad por aquella alegada deserción de filas castrenses. En su juventud visitó varias veces Tacuarembó. Sus menciones al nacimiento allí fueron frecuentes en su gira final por Uruguay, liberado ya de presiones en Buenos Aires, que le imponían discreción y silencio. Trabó relación con miembros de la familia Escayola, que han dado fe de tal conocimiento mutuo. Cuando murió, era ya consenso generalizado, la atribución a Gardel de esa doble nacionalidad, uruguaya y argentina. Periodistas de París, desde la misma Toulouse, desde Nueva York, acreditaron en las noticias de su muerte, la nacionalidad uruguaya del cantor. El gobierno del Uruguay solicitó el traslado de sus restos; pero Berta Gardes y Armando Defino, dispusieron su sepultura en Buenos Aires.

Los detalles de esta historia lejana, rastreada entre brumas y luces, podrían alterarse en hipótesis alternativas (¿No podría ser la propia Berta la madre real de Gardel, producto de sus amores con el mismo coronel Escayola?), según insinúan algunos. Pero, más allá de cualquier otra hipótesis o variables, nos resulta una verdad afirmada a través del tiempo y de múltiples datos revelados, aquel origen de Carlos Gardel, como nativo de Tacuarembó, nacido quizás en una hacienda de campo, en medio de un bello paisaje serrano uruguayo.

Todo unió en vida a Carlos Gardel con nuestras tierras del Plata, nada con la lejana Francia, más allá de éxitos artísticos y aplausos. 

7.        Las trampas y las simulaciones

Después de muerto, una sola cosa une a Gardel con Francia: el testamento ológrafo, atribuido a él y aparecido el 13 de agosto de 1935, casi dos meses después de su muerte. Es presentado públicamente por Berta Gardes y Armando Defino, cuando regresan juntos de Toulouse, hasta donde había viajado el apoderado de Gardel. En esta simple declaración unilateral, presuntamente firmada por el artista, éste declara su identificación con aquél hijo legítimo de Berta Gardes, Charles Romuald Gardes, nacido según su propia acta de nacimiento, en Toulouse, el 11 de diciembre de 1890. Nombra heredera universal a Berta Gardes y albacea del testamento a Armando Defino, que a su vez se convierte en heredero universal de Berta Gardes en 1943, al fallecer ésta, que así lo designa también en su testamento ológrafo.

 Muy poco tiempo después, Defino cede –negocio muy singular– sus derechos hereditarios a José Razzano. Extraña sucesión patrimonial sobre bienes que, para el caso de no haber existido el testamento ológrafo atribuido a Gardel, hubieran sido declarados yacentes y pertenecido al fisco. Herencia cuantiosa, no por sus bienes materiales, sino por las extraordinarias regalías derivadas de los derechos de autor y de intérprete del artista, originados en sus grabaciones y en sus actuaciones cinematográficas.

Son muchos los que dudaron de la autenticidad de tal testamento ológrafo. Las suposiciones de falsificación recayeron en Armando Defino y las complicidades en Berta Gardes y José Razzano. El texto escrito admite diferencias con la caligrafía propia de Carlos Gardel. La fecha original que tenía el propio documento está alterada. No se correspondió exactamente la fecha que constaba en el documento, con la fecha del acta de registro civil respectiva. El nombre de la ciudad de Toulouse, se escribe con un error garrafal de ortografía, impensable en un ciudadano de la misma. No existe en el texto ninguna mención a la ciudadanía argentina de Gardel, ni a todo lo que el más quiso en la vida, ni a Buenos Aires, ni a ninguno de sus más íntimos amigos. Todo el texto es parco, pobre, sin vuelo. No concuerda con todo lo que Gardel fue en vida, con todo lo que amó. No es explicable la forma misma de testar.

El artista era muy cuidadoso de rodear sus actos jurídicos de las máximas garantías-, lo revela en sus cartas y en el  curso de su vida. El mismo, había concurrido varias veces, durante los últimos días de su estadía en Buenos Aires y en Montevideo, ante escribanos públicos, para formalizar otros actos referentes  disposiciones patrimoniales. El mismo día de su partida, había certificado su firma ante escribano público, para transferir su auto a Irineo Leguisamo. Nada podía impedirle pues, realizar el acto fundamental testamentario, ante esos mismos u otro escribano; tuvo tiempo y oportunidad para ello. Por lo menos para certificar su propia firma  puesta al pie del testamento ológrafo. Todo lleva a la conclusión que Carlos Gardel no testó y nunca tuvo intención de hacerlo, antes de su partida de Buenos Aires, en su último viaje.

Para dar credibilidad al testamento y a la asimilación de personas que el contenía, se simularon situaciones absurdas. Se presentaron fotos de Gardel firmando el supuesto testamento, que no fueron otra cosa que infantiles trucos fotográficos.

Para intentar convencer de su origen francés, se entregaron otras fotos que mostraban al matrimonio Muñiz-Beaux como si fueran parientes franceses del artista. Se inventó a un hijo modelo de devoción filial, que nunca había sentido por su madre adoptiva. Se montó con habilidad la trampa, para disputarse la herencia del artista, y se dio nueva muerte a la figura humana del cantor, aprovechando para ello la auténtica devoción popular que edificó su mito. 

8.        El abandono y la búsqueda

No fue mera travesura ni casualidad que el adolescente Gardel abandonara Buenos Aires en los años postreros del siglo pasado y llegara hasta Tacuarembó, donde se le conociera como “El Zorzalito” y estudiara canciones camperas con Luis Villarubí, maestro de payadores criollos.

 Tampoco fue una evasión suya, el ir a buscar un documento que pudiera acreditar su identidad uruguaya, en Montevideo, a fines de 1902. Menos aún una mera aventura, llegar de nuevo a Uruguay entre 1907 y 1910, renovar sus andanzas y sus amistades en Tacuarembó y cantar allí y en Montevideo.

Estos viajes, los caminos recorridos, sus permanencias en tales lugares y ciudades, sus relaciones y amistades allí cultivadas, tiene una dirección apropiada, un sentido lógico, que no es posible explicar en la imagen de un Gardel francés, nacido en Toulouse. Aquel adolescente a fines del siglo precedente, aquel incipiente cantor, aquel bohemio que pasados su veinte años, había transitado por las miserias y los abandonos filiales y que había egresado de una reclusión penitenciaria, recorrió varias veces aquellos caminos en busca de sus padres ignorados. Una búsqueda plena de angustias y de esperanzas. Y al final de frustraciones. Porque fueron negados los acercamientos que procuró y quizás ni siquiera pudo alcanzar los descubrimientos compensatorios. Y si realmente los hubiera logrado, su propia delicadeza filial, le impuso la discreción y el silencio para siempre.

Las normas legales de la época, le cerraron los caminos procesales o administrativos que hubiera podido intentar para recobrar la identidad y la filiación perdidas. Cuando encuentra una puerta abierta registra sus verdades: nacido en Tacuarembó, hijo de Carlos y de María, ambos fallecidos. Se apodera de una fecha de nacimiento, quizás la que para él había ideado su madre adoptiva y establece 1887, como el año natal coincidente con su vanidad de artista que quiere ser y en realidad lo aparenta, más joven que el común de los mortales que andan en su entorno.

Pero el hecho de su registro como nacional uruguayo, y el propio simbolismo que tal acto representa, no atenúan, quizás acrecientan en su conciencia o en su subconsciente, aquella búsqueda de sus ancestros. La de figura materna se traslada a la de una mujer ideal, que nunca encuentra. Pretende entregarse a muchas amantes, sin amar realmente a ninguna. Cuando pudo enamorarse y enamorar a una novia de largos años, la frustración que le llega de lejos, lo deja de nuevo en su soledad o en muchas soledades compartidas en fugaces momentos de juegos eróticos. En cada instante es amado y cree amar y en uno de los fugaces intervalos, un avión se destroza, un pesado motor, terrible acero, le incendia el corazón y muere con las manos vacías, cerradas, preñadas de recuerdos. Y con la frustración humana más lacerante de no haber podido amar a la nunca irrepetible amante que le había echado a la luz del mundo.

Supo muy seguramente quién era su padre. Aquél poderoso, galante coronel, jefe político, devoto de sus ambiciones, de sus amoríos, de su vocación artística y teatral, Carlos Escayola; rico, fuerte y amado, muerto en la pobreza y lejos de los pagos donde había impuesto su autoridad indiscutible, en la sociedad y en el seno de su familia, su coto privado sentimental, donde tres hermanas recibieron de él sus caricias y toleraron sus desmanes.

Rechazado por él desde el mismo acto de nacer, ocultado a la sociedad, ni siquiera inscripto con un nombre y un apellido, quizás ni bautizado en la fe de sus mayores, entregado a manos ajenas, niño vagabundo, “purrete desgraciado”, Gardel se propuso igualar y superar aquella figura paterna. Las encontró en hombres poderosos, los de la política y los del dinero, falsas puertas a la gloria efímera que nuestro artista, sin embargo no ambicionó, a la que no rindió incondicional, permanente pleitesía. Nunca se sintió uno de ellos y, sin inmiscuirse en luchas políticas, adhesiones ideológicas o reivindicaciones sociales, fue sensible a las luchas de los desheredados y estuvo junto y fiel a sus amigos de sus primeras andanzas bohemias. Su vocación artística, don de gentes, su calidad humana, lo elevó a una gloria más perdurable, a la devoción popular que le ha sido entregada sin retaceos. Fue, en definitiva, y lo sigue siendo más poderoso que el coronel autoritario que le dio el ser. 

9.        La verdad se ha abierto camino

Cada vez son más y más calificados, los escritores y estudiosos que han dejado de creer, o manifestar sus dudas, en la transitada imagen del falso Gardel. Por ahora nos quedamos con éste, nuestro Gardel, más nuestro que los ajenos impostados, con las verdades que se desprenden de sus propios dichos y de sus mismos silencios, de su permanente búsqueda propia, hacia sus orígenes ocultos. Nuestro Gardel, salido de sus miserias infantiles, de sus abismos juveniles, por su inquebrantable fe en si mismo, por su tenacidad, por su espíritu alerta, vivo audaz, por su inteligencia, su intuición y su vocación artística. Cualidades todas que, en definitiva, heredó de su propio padre y que fueron transmitidas a otros descendientes de su misma familia Escayola; las cuales no fueron, por cierto, las propias de una familia francesa, cuya cabeza visible, Berta Gardes, apenas si fue alfabeta. Herencias transmitidas igualmente, en parecidos físicos que Gardel heredó de sus ascendientes criollos y no de supuestos rostros tolosanos, tan extraños y ajenos. Si hemos de creer, aunque sea en algo, en los rasgos genéticos dados en herencia           –intelectuales, temperamentales y físicos–, he ahí una final razón a la auténtica imagen de nuestro Gardel hombre.

A edificar esta imagen ha contribuido la infinidad de testimonios y datos desgranados a lo largo de nuestras páginas, que poco a poco, han integrado el fragmentado cuadro de su rostro, de su quehacer humano, de su persona, tal y como fue en vida. Se podrá argüir la imprecisión de  algunos relatos, la debilidad de algunas afirmaciones; pero todos los hechos y dichos acumulados en las páginas que aquí culminan, han legitimado nuestra opción inicial sobre el origen de Carlos Gardel. Porque no es posible negar que todos ellos redondean, no obstante sus carencias, asumidas como inevitables, dadas las lejanías de espacios y de tiempos, un conjunto probatorio muy difícil de destruir. En todo caso más difícil que los pocos documentos y datos que han dado verosimilitud a la hipótesis contraria. Haber abierto grietas en esta última y sembrado dudas ya es un buen éxito, más allá de las propias convicciones que podamos haber conquistado.

Quedan por cumplir en Argentina, en Uruguay, en Francia, en Nueva York, nuevas investigaciones para alejar más sombras y abrazar las verdades que muchos ya conocen y otros han intuido. Es una obra a cumplir. No es difícil, al respecto, construir una serie de propuestas concretas de investigación; tampoco ofrece dificultades insalvables llevarla a cabo en tiempo más o menos breve. Estamos seguros que nuestros elementos de juicio todavía ocultos, saldrán a luz. Nos alegraría que ellos confirmaran nuestra tesis; si fueran contradictorios, se reconocerán los errores que otros se han resistido a aceptar.

Aquí dejamos estas Páginas Abiertas, repletas de nombres, documentos, testigos, entrevistas, hechos claros, descubiertos o desdibujados en el tiempo. Reiteramos lo que ya adelantamos en nuestro “prefacio” inicial. No se ha tratado de preferir sólo unos pocos datos de nacionalidad, filiación o fecha de nacimiento, a otros datos a despreciar. Lo repetimos: el resultado del esfuerzo sería nimio.

Lo que realmente nos ha importado es fijar la imagen real de ese hombre que hemos tratado de revivir a su doble muerte, física y mítica, imagen desdoblada, fundamento humano del estupendo artista que fue Carlos Gardel. Como ya lo dijimos, también: para entenderlo, quererlo y oírlo mejor. Oyéndolo cantar es donde volvemos a estar, al regreso de nuestra obra.”

Walter Celina - Junio de 2005  waltercelina@hotmail.com


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