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LAS VOCES Y LOS SILENCIOS
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Fragmento final del libro “Páginas Abiertas” del
Investigador uruguayo Dr. Eduardo Paysée González |
“… Nos ha parecido necesario efectuar esta recapitulación
para ordenar las conclusiones del relato, afirmar los
razonamientos y dejar propuestas algunas sugerencias acerca de
necesarias investigaciones aún pasibles de llevarse a cabo.
Hemos recreado la personalidad de Carlos Gardel, a través
del descubrimiento de sus propios orígenes. Los hemos encontrado
en raíces criollas y, específicamente, en Tacuarembó, Uruguay,
donde él habría nacido en año no determinado con precisión, a
partir de 1882. Nosotros hemos optado por el año 1884, como el de
su nacimiento.
He aquí, la recapitulación de datos, argumentos y
razonamientos que fundamentan nuestra obra.
1. La inexistencia de documentación
Hasta 1920, Carlos Gardel careció de documentación que probara su
identidad de manera fehaciente y auténtica. Al menos no se conoce
documento alguno del cual surjan sus datos identificatorios. Se
conocen, en cambio, dificultades sufridas por él durante los
primeros años del siglo y aún con posterioridad, por carecer de
documentación. Existen testimonios de una búsqueda de cédula de
identidad o de libreta de enrolamiento, en Montevideo, en el año
1902 o en 1914.
Pero, sin embargo, dos aperturas muy claras y sencillas hacia el
descubrimiento de su real identificación tenían Gardel y su madre,
si él hubiera sido el Charles Romuald de Toulouse, sin tener que
esperar para descubrir su real filiación a las resultancias del
tan cuestionado testamento hológrafo.
En primer lugar, si bien anotamos que padeció la ausencia aparente
de documentos identificatorios en la etapa joven de su vida en
Buenos Aires, debe tenerse en cuenta que su presunta madre Berta
Gardes, tenía consigo tales documentos traídos de Toulouse, cuando
viaja con el menor desde Francia. Es decir, es un menor
perfectamente documentado y acompañado por su madre. No hubiera
tenido pues, ninguna dificultad, como inmigrante legalizado
correctamente, en obtener documentación primaria argentina, cuando
queda residiendo con su madre en Buenos Aires.
Y desde 1910, pues, con más de 18 años de edad y 2 años más de
radicación adicional domiciliaria contínua (de acuerdo a la
legislación argentina), no habría tenido ninguna dificultad en
obtener su carta de ciudadanía argentina. Y solucionar todos sus
problemas en Argentina y en Francia, ya en aquél 1910 o en años
posteriores, hasta su muerte. En segundo lugar, cuando tramita la
sucesión uruguaya, la cabeza del expediente, adjunta al escrito de
apertura del juicio, se integra con un documento obtenido en 1921
del Registro Civil de Toulouse, en el cual consta el nacimiento de
Charles Romuald, el día 11 de diciembre de 1890 y el
reconocimiento materno el 22 de diciembre siguiente. Es de nuevo
inexplicable la razón por la cual madre e hijo no utilizaron tal
documento para corregir, por lo menos, o aclarar, la identidad del
hijo, lo que se hubiera podido hacer por menos trámites judiciales
o administrativos, de fácil ejecución. ¿Por qué aguardar a la
confesión instrumentada en un testamento ológrafo aparecido cuando
ya había muerto Gardel? ¿Por qué no reconocerse una y otro, madre
e hijo como tales ante los tribunales argentinos, en trámites que
nadie hubiera objetado y menos impedido?
A estas omisiones documentales que nadie se impone asimismo por
pura perversión y a estas inexistentes respuestas, sólo les cabe
una lógica y única respuesta: porque el Charles Romuald de
Toulouse no cantaba ni era nuestro Carlitos criollo y éste no
quería asumir una identidad y una identificación que no le
pertenecía. Que sí hubieran admitido madre e hijo sin reparos,
devociones lacrimógenas y cariños mutuos de por medio, según nos
han querido hacer creer tantos fabuladores de la historia
gardeliana. Por ello, Gardel se apresura a documentarse en el
Consulado Uruguayo en Buenos Aires en 1920, antes de que se
pudiera utilizar con fraude, aquél documento expedido en Toulouse,
precisamente derivado de la torpe leyenda del Gardel francés
desertor de los ejércitos o de las obligaciones castrenses de su
inventada patria de origen. En definitiva, es recién en 1923
cuando Gardel obtiene la ciudadanía argentina, pudiendo haberla
logrado ya en 1910 si hubiera sido el francés Charles Romuald y no
el criollo descastado de padre y madre desde su propio
nacimiento.
2. La documentación
A partir de 1920, Carlos Gardel obtiene documentos de identidad y
de viaje. El 8 de octubre de 1920, tramita su “registro de
nacionalidad uruguaya”, en el consulado de Uruguay en Buenos
Aires. Justifica su nacionalidad con el testimonio de dos
personas, una de ellas José Razzano, uruguayo, su compañero de
andanzas y de canto. Establece en tal documento que es nacido en
Tacuarembó, el 11 de diciembre de 1887 y que es hijo de “Carlos”
y “María Gardel”, uruguayos, fallecidos. Estos datos los
reitera en 1923, al obtener la ciudadanía argentina y en el año
1927, en su libreta de enrolamiento; en la ficha correspondiente a
esta última sólo cambia el nombre de la madre, que en el caso
menciona como “Bertha Gardel”. En documentos posteriores
vuelve a modificar el nombre y apellido de su presunta madre.
Cuando muere en Medellín, el pasaporte chamuscado obtenido en
Niza, Francia, contiene inalterables las mismas menciones sobre el
lugar y la fecha de nacimiento y su nacionalidad legal argentina.
¿Por qué, Carlos Gardel invoca nacionalidad uruguaya para obtener
sus documentos? Resulta claro que no podía decirse ciudadano
natural argentino, pues debía obtener documentos inscripcionales
de nacimiento que no tenía, pues no era nacido en el país. Tampoco
pudo presentar documentos uruguayos, pues no reconocido y
abandonado por sus padres, nunca había sido inscripto en ninguna
oficina de registro civil de Uruguay; si lo hubiera sido con
nombres y apellidos supuestos, tales documentos, por desconocidos,
no eran conseguibles. El funcionario consular uruguayo le otorgó
el registro como nacional de ese país, no como un favor personal
al margen de la ley, sino en cumplimiento de las propias
reglamentaciones consulares, que desde 1917 permitían acreditar la
nacionalidad mediante la sola justificación testimonial.
Se dice entonces uruguayo, nacido en Tacuarembó, porque
precisamente esa era la verdad. Se podía haber dicho nacido en
otra ciudad, incluso en Montevideo, donde hubiera sido más difícil
rastrear su origen. Sin embargo invocó exactamente a aquella
ciudad del interior del país, donde había nacido y donde vivían
sus familiares, porque no tenía motivos para incurrir en falsedad;
reveló hasta donde él mismo conocía, su propio origen y su
filiación.
La situación política de aquellos años, le aconsejaba invocar su
real nacionalidad para escapar a su clandestinidad documentaria
–uso de cédula argentina como falso ciudadano– y, además, la
frecuencia de sus giras artísticas y sus viajes al exterior,
convertían en indispensable la regularización de sus documentos.
En resumen, se documenta con apego a la verdad, no para escapar a
una remota e impensable persecución de la justicia francesa, sino
para eludir posibles complicaciones con la justicia y con las
autoridades policiales argentinas.
3. La falsa deserción militar en Francia.
¿Por qué razones Carlos Gardel, no utilizó su documentación
francesa para regularizar su situación? La contestación nuestra es
la más sencilla y directa: simplemente porque no era Charles
Romuald Gardes, de Toulouse. La respuesta tradicional es otra:
para no descubrir precisamente su nacionalidad francesa ante el
peligro de ser declarado desertor de un servicio militar que no
había cumplido, y por no haber acudido a defender a su patria
durante la Primera Guerra Mundial.
Esta segunda respuesta es inaceptable. Está comprobado que no
existió en Francia ningún desertor del servicio militar o de la
Primera Guerra Mundial, perseguido por la administración o la
justicia de dicho país, que se llamara Charles Romuald Gardes.
Surge esa comprobación negativa, de documentos oficiales. Al no
ser requerido pues, ningún ciudadano de tal identificación para
cumplir el servicio militar es obvio que no existió tal
incumplimiento legal. La obligación de prestar servicio militar
había nacido, para Charles Romuald Gardes, en 1908. No fue citado
a tal obligación, simplemente por no estar registrado en los
censos ciudadanos, dada su larga residencia fuera del país. Pero
es posible que ese año, o desde antes, estuviera en su país de
origen y allí hubiera cumplido su servicio militar y seguido,
incluso, la carrera de las armas: de ahí que no figurara como
desertor. Un retrato conocido, de un soldado con la leyenda “Gardes
Carlito”, escrita por mano de Berta Gardes, es muy sugerente
al respecto. Por lo demás resulta claro que Carlos Gardel no podía
pensar, en 1908, ni luego de concluida la guerra y en 1920 que
habría de viajar a Francia y habría de triunfar allí, en su
carrera artística; él mismo expresa su asombro por esa
culminación. El propio Armando Defino manifiesta que ni él mismo
conoció las razones por las cuales Gardel se había manifestado
uruguayo en sus documentos. Y por la propia legislación francesa
había perimido la obligación militar, para aquel ciudadano,
precisamente en diciembre 1919, a sus 29 años, y entre 1908 –a sus
18 años– y 1919 ella quedaba en suspenso. Como hijo único de madre
viuda o soltera, estaba también eximido de ir a filas durante la
guerra mundial. Pudiera ser posible que Charles Romuald, residente
en Francia, hubiera sí, estado en el campo de batalla y muerto en
él. A él pudiera corresponder aquella imagen de la fotografía
referida, aunque Berta Gardes sólo dijo que un hermano suyo había
combatido y muerto en la contienda bélica. Sería Charles Carichou
–no por cierto “Gardes”– apellido del nuevo esposo o concubino de
Helène Camares, la madre de Berta, y fallecido en 1918, nacido en
Venezuela en 1876.
4. La vida de dos niños en Buenos Aires
En marzo de 1893, Berta Gardes llega a la ciudad de Buenos Aires,
con su hijo Charles Romuald Gardes, nacido el 11 de diciembre de
1890, en Toulouse. Según manifestó ella misma, su hijo lo entregó
al cuidado de la Sra. Rosa Caroll de Franchini, o de Vacca, para
su mejor atención y cuidado. Sin embargo con ella vive otro niño.
Trabaja como planchadora en un taller propiedad de su amiga
francesa Anaïs Beaux, casada con Fortunato Muñiz, con los cuales
pasa a vivir en el mismo domicilio. Carlos Gardel, ya adulto y en
sus cartas del extranjero, recordaba a este matrimonio y les
llamaba “mis queridos viejitos, que fueron como mis padres”.
En cambio ninguna referencia hizo a la Sra. Rosa Caroll, a quien
–según Berta Gardes– su hijo llamaba “Mamá Rosa”. Este,
concurre a escuelas públicas o pagas donde obtiene las mejores
calificaciones escolares. De Carlitos, el criollo, existen
rastros de su asistencia a escuelas gratis, de niños pobres,
quizás con esporádicas internaciones en asilos y que –es seguro–,
vagabundeaba por las calles sin querer estudiar. Dos niños
distintos, pues, en dos hogares distintos, en dos compañías
distintas y en distintas escuelas, incluso, una en Montevideo.
Dos fotografías diferentes, de dos niños escolares, cada uno de
los cuales representa edades parecidas, con notorias diferencias
morfológicas entre ellos, entregadas para su publicación por la
propia Berta Gardes, confirman la existencia de dos niños
distintos en la vida de esta mujer.
En 1900 no hay rastros de la inscripción escolar del hijo de Berta
Gardes en Buenos Aires. Según ella dijo, viajó en tal año con su
hijo a Francia, donde él hizo su primera comunión en un pueblo
cercano a Toulouse. Los años inmediatos anteriores y el año
siguiente, existen rastros fehacientes de la estadía de Carlitos
joven, en Tacuarembó y en Montevideo, donde recibía enseñanza de
canto. Berta Gardes diría, años después, que su hijo se había
fugado a Montevideo, a los 14 años de edad y que durante seis años
no supo nada de él. ¡Extraño comportamiento de ambos si fueran en
verdad madre e hijo! Concuerda esa mención con la estadía
finisecular de Carlitos en Uruguay. Vuelve –o lo trae Berta– a
Buenos Aires en 1901. Ingresa al Colegio Salesiano Pío IX,
en abril de ese año como artesano y luego cursa tercer grado
escolar en 1902, en el mismo colegio. Es ya adolescente, tiene 16
años; no puede ser Charles Romuald. Una fotografía con Ceferino
Namuncurá lo demuestra. Este es nacido en 1886 y en ese documento
gráfico aparece, sin duda, como menor al joven Gardel. A fines de
1902 egresa de aquel colegio y comienza a trabajar en diversos y
humildes oficios. Se convierte ya en errante cantor aficionado.
5. La vida bohemia del joven cantor.
El primer lustro del siglo XX, es importante para definir la
presencia de aquel incipiente artista en Buenos Aires. Ya liberado
de aulas, vende libros, frecuenta las cuadras de Palermo, los
camarines de los teatros, ensaya canzonetas y trozos de óperas,
oficia de “claqueur”, canta ante Tita Rufo, lo imita,
aprende de Arturo Nava y de José Betinotti, y se fotografía con
éste, en 1903, en Campo de Mayo. Conoce primero a esos y otros
payadores y cantantes de la época, en casa de la familia de
Baldasarre en la cual trabaja como conductor de carruajes; luego
los trata y los oye cantar en los cafés nocturnos de Buenos Aires.
Entre éstos, prefiere el de O’Rondeman del Abasto, propiedad de la
familia Traverso, de influencias políticas que lo promueve y lo
protege.
Canta en otros barrios y centros nocturnos, en veladas
íntimas de amigos, en comités políticos, en casas de juego; se le
conoce por “El Melenas” y luego por “El Morocho del
Abasto”; tiene problemas con la policía, ante dudosas
compañías; es el joven “veinteañero” de sus primeros
amoríos. Mientras “Carlos Gardes” figura como estudiante
modelo, en 1904, en el selecto colegio “San Estanislao”. No es
posible, sean dos vidas distintas en una sola persona; una la de
un joven bohemio y cantor novato, otra, la de un niño de escuela,
en régimen de internado aparentemente ejemplar. Para hacer
verosímil esta imposible asimilación, los sostenedores del Gardel
postdatan hechos y documentos gráficos.
Su vida de aquellos años, su desapego a Berta, sus correrías
nocturnas, sus dudosas compañías, lo hacen delinquir o intervenir
en sucesos violentos. Es recluido en la penitenciaría de Ushuaia,
quizá promediando el año 1905 y egresa a principios de 1907. Deja
su firma al Capitán Villanova, en la cual luce ya su definitivo
apelativo: “Carlos Gardel”. Veinte años después, él mismo y
buenos amigos, se preocuparían de borrar las huellas de su pasado,
mediante la sustracción y ocultación de todos sus antecedentes
policiales y penales; nunca han aparecido sus prontuarios y
expedientes de identificación personal y dactiloscópica. Librado,
viaja –por su voluntad propia o expulsado legalmente– a Uruguay.
Se le reconoce en Tacuarembó donde reside su amigo “Cielito”
Traverso desde 1904, que liberado en Buenos Aires, luego de la
comisión de un delito de homicidio, se refugia en el pueblo de
Tambores y mantiene una larga relación con Amanda Escayola, que
vive allí con su hermana Manuela, ambas primas de Gardel. Este
canta por aquellos pagos y luego viaja a Montevideo. Canta también
allí y desempeña otros trabajos. En 1910, regresa a Buenos Aires.
Es su nueva ausencia, entre 1905 y 1910 –cuando ya canta
y lo hace bien– es que Berta Gardes y Armando Defino, atribuyen 1
hijo verdadero de aquella. Charles Romuald, confusión deliberada
de dos personas y ocultamiento de penosos episodios ocurridos en
la vida del joven cantor.
Desde aquel año intensifica el fomento de su vocación y su
carrera artística. En 1912 se une con Razzano y en 1913, graba sus
primeros discos y se encamina al éxito. En 1915, dos meses después
de fallecido Carlos Escayola, debuta con Razzano en Montevideo y
canta su primer tango.
6. Uruguayo, argentino, criollo
Su nacimiento, con todo, aún está rodeado de misterios que el
propio Gardel y amigos suyos, que pudieron conocer de verdad –Leguisamo,
Razzano, Irusta–, y sus propios familiares auténticos, nunca
quisieron develar, por pudores explicables o por intereses creados
que pudieran comprometer. Aunque cabe una posibilidad real, que
ni el mismo artista supiera la verdad entera, íntegra, que aún hoy
desconocemos en su plenitud, no obstante revelaciones de indudable
verosimilitud.
Berta Gardes, que había residido de joven en Tacuarembó y que
había intimado con el Coronel Carlos Escayola, recibió de éste, en
simple tenencia de hecho, un hijo natural suyo, adulterino –quizás
incestuoso– nunca inscripto en los registros civiles, desconocido
pues por aquél, su padre y por una madre oculta, que sería con el
andar del tiempo, el cantor y artista Carlos Gardel.
Berta habría llegado a Uruguay en su juventud –como ella
misma dijo– luego de un viaje y de una breve estadía en Venezuela
a los 10 años –en 1875– en compañía de su madre y del nuevo esposo
de ésta, pasó a residir en Tacuarembó. Viajó desde allí a
Montevideo, quizás a principios de 1890, con aquel niño al cual
creemos nacido a fines de 1884. Desde Montevideo, ella regresó a
Francia, es posible que embarazada de sus relaciones mantenidas
con un hombre llamado Romualdo, residente en aquella ciudad de
Tacuarembó, aunque se le atribuyen otros amores.
En Toulouse, el 11 de diciembre de 1890, de acuerdo a una partida
de registro civil no atacada de nulidad formal o material, nació
allí Charles Romuald. Fue anotado como hijo de padre desconocido.
Quizás fuera aquél llamado Romualdo, quizás algún otro padre,
entre ellos el mencionado Paul Laserre. Berta viajó con su hijo a
Buenos Aires, donde registra su ingreso en el mes de marzo de
1893, con un niño de dos años de edad. Al llegar se declaró viuda,
pero luego alteraría versiones e identidades y ocultaría
documentos. Volvió a reencontrarse con el niño que le fuera
entregado antes, hijo del coronel Escayola, y mediante un pacto
concertado con éste y familiares, lo mantuvo consigo en Buenos
Aires. Y la confusión creció.
Dichos propios de Carlos Gardel, numerosos testimonios de
terceros, alguna vez la misma Berta Gardes –todo más allá de sus
menciones documentales–, han acreditado la nacionalidad uruguaya
del cantor, por nacimiento, y la nacionalidad argentina, por
adopción.
Ante amigos, ante periodistas, ante escribanos que dieron fe de
sus dichos, manifestó que era uruguayo, o nacido en Tacuarembó.
También se refirió a su padre, por su nombre: Carlos y alguna vez
por su apellido: Escayola; pero nunca a su madre. Apenas dijo una
vez ser francés y nunca dijo tener “Romualdo” por segundo
nombre, en ninguna entrevista periodística, ni en ninguna
referencia pública o entre amigos. Dijo, en cambio muchas veces,
ser “criollo” o tener “sangre criolla” y varias
veces se refirió a artistas argentinos como “compatriotas”,
y siempre con emoción y con amor, a su Buenos Aires querido.
Cuando estuvo en París, desde 1928 y en adelante, jamás hizo
pública su presunta nacionalidad francesa, en años que, de todos
modos, ya había perimido cualquier posible persecución y penalidad
por aquella alegada deserción de filas castrenses. En su juventud
visitó varias veces Tacuarembó. Sus menciones al nacimiento allí
fueron frecuentes en su gira final por Uruguay, liberado ya de
presiones en Buenos Aires, que le imponían discreción y silencio.
Trabó relación con miembros de la familia Escayola, que han dado
fe de tal conocimiento mutuo. Cuando murió, era ya consenso
generalizado, la atribución a Gardel de esa doble nacionalidad,
uruguaya y argentina. Periodistas de París, desde la misma
Toulouse, desde Nueva York, acreditaron en las noticias de su
muerte, la nacionalidad uruguaya del cantor. El gobierno del
Uruguay solicitó el traslado de sus restos; pero Berta Gardes y
Armando Defino, dispusieron su sepultura en Buenos Aires.
Los detalles de esta historia lejana, rastreada entre brumas y
luces, podrían alterarse en hipótesis alternativas (¿No podría ser
la propia Berta la madre real de Gardel, producto de sus amores
con el mismo coronel Escayola?), según insinúan algunos. Pero, más
allá de cualquier otra hipótesis o variables, nos resulta una
verdad afirmada a través del tiempo y de múltiples datos
revelados, aquel origen de Carlos Gardel, como nativo de
Tacuarembó, nacido quizás en una hacienda de campo, en medio de un
bello paisaje serrano uruguayo.
Todo unió en vida a Carlos Gardel con nuestras tierras del Plata,
nada con la lejana Francia, más allá de éxitos artísticos y
aplausos.
7. Las trampas y las simulaciones
Después de muerto, una sola cosa une a Gardel con Francia: el
testamento ológrafo, atribuido a él y aparecido el 13 de agosto de
1935, casi dos meses después de su muerte. Es presentado
públicamente por Berta Gardes y Armando Defino, cuando regresan
juntos de Toulouse, hasta donde había viajado el apoderado de
Gardel. En esta simple declaración unilateral, presuntamente
firmada por el artista, éste declara su identificación con aquél
hijo legítimo de Berta Gardes, Charles Romuald Gardes, nacido
según su propia acta de nacimiento, en Toulouse, el 11 de
diciembre de 1890. Nombra heredera universal a Berta Gardes y
albacea del testamento a Armando Defino, que a su vez se convierte
en heredero universal de Berta Gardes en 1943, al fallecer ésta,
que así lo designa también en su testamento ológrafo.
Muy poco tiempo después, Defino cede –negocio muy singular– sus
derechos hereditarios a José Razzano. Extraña sucesión patrimonial
sobre bienes que, para el caso de no haber existido el testamento
ológrafo atribuido a Gardel, hubieran sido declarados yacentes y
pertenecido al fisco. Herencia cuantiosa, no por sus bienes
materiales, sino por las extraordinarias regalías derivadas de los
derechos de autor y de intérprete del artista, originados en sus
grabaciones y en sus actuaciones cinematográficas.
Son muchos los que dudaron de la autenticidad de tal testamento
ológrafo. Las suposiciones de falsificación recayeron en Armando
Defino y las complicidades en Berta Gardes y José Razzano. El
texto escrito admite diferencias con la caligrafía propia de
Carlos Gardel. La fecha original que tenía el propio documento
está alterada. No se correspondió exactamente la fecha que
constaba en el documento, con la fecha del acta de registro civil
respectiva. El nombre de la ciudad de Toulouse, se escribe con un
error garrafal de ortografía, impensable en un ciudadano de la
misma. No existe en el texto ninguna mención a la ciudadanía
argentina de Gardel, ni a todo lo que el más quiso en la vida, ni
a Buenos Aires, ni a ninguno de sus más íntimos amigos. Todo el
texto es parco, pobre, sin vuelo. No concuerda con todo lo que
Gardel fue en vida, con todo lo que amó. No es explicable la forma
misma de testar.
El artista era muy cuidadoso de rodear sus actos jurídicos de las
máximas garantías-, lo revela en sus cartas y en el curso de su
vida. El mismo, había concurrido varias veces, durante los últimos
días de su estadía en Buenos Aires y en Montevideo, ante
escribanos públicos, para formalizar otros actos referentes
disposiciones patrimoniales. El mismo día de su partida, había
certificado su firma ante escribano público, para transferir su
auto a Irineo Leguisamo. Nada podía impedirle pues, realizar el
acto fundamental testamentario, ante esos mismos u otro escribano;
tuvo tiempo y oportunidad para ello. Por lo menos para certificar
su propia firma puesta al pie del testamento ológrafo. Todo lleva
a la conclusión que Carlos Gardel no testó y nunca tuvo intención
de hacerlo, antes de su partida de Buenos Aires, en su último
viaje.
Para dar credibilidad al testamento y a la asimilación de personas
que el contenía, se simularon situaciones absurdas. Se presentaron
fotos de Gardel firmando el supuesto testamento, que no fueron
otra cosa que infantiles trucos fotográficos.
Para intentar convencer de su origen francés, se entregaron otras
fotos que mostraban al matrimonio Muñiz-Beaux como si fueran
parientes franceses del artista. Se inventó a un hijo modelo de
devoción filial, que nunca había sentido por su madre adoptiva. Se
montó con habilidad la trampa, para disputarse la herencia del
artista, y se dio nueva muerte a la figura humana del cantor,
aprovechando para ello la auténtica devoción popular que edificó
su mito.
8. El abandono y la búsqueda
No fue mera travesura ni casualidad que el adolescente Gardel
abandonara Buenos Aires en los años postreros del siglo pasado y
llegara hasta Tacuarembó, donde se le conociera como “El
Zorzalito” y estudiara canciones camperas con Luis Villarubí,
maestro de payadores criollos.
Tampoco fue una evasión suya, el ir a buscar un documento que
pudiera acreditar su identidad uruguaya, en Montevideo, a fines de
1902. Menos aún una mera aventura, llegar de nuevo a Uruguay entre
1907 y 1910, renovar sus andanzas y sus amistades en Tacuarembó y
cantar allí y en Montevideo.
Estos viajes, los caminos recorridos, sus permanencias en tales
lugares y ciudades, sus relaciones y amistades allí cultivadas,
tiene una dirección apropiada, un sentido lógico, que no es
posible explicar en la imagen de un Gardel francés, nacido en
Toulouse. Aquel adolescente a fines del siglo precedente, aquel
incipiente cantor, aquel bohemio que pasados su veinte años, había
transitado por las miserias y los abandonos filiales y que había
egresado de una reclusión penitenciaria, recorrió varias veces
aquellos caminos en busca de sus padres ignorados. Una búsqueda
plena de angustias y de esperanzas. Y al final de frustraciones.
Porque fueron negados los acercamientos que procuró y quizás ni
siquiera pudo alcanzar los descubrimientos compensatorios. Y si
realmente los hubiera logrado, su propia delicadeza filial, le
impuso la discreción y el silencio para siempre.
Las normas legales de la época, le cerraron los caminos procesales
o administrativos que hubiera podido intentar para recobrar la
identidad y la filiación perdidas. Cuando encuentra una puerta
abierta registra sus verdades: nacido en Tacuarembó, hijo de
Carlos y de María, ambos fallecidos. Se apodera de una fecha de
nacimiento, quizás la que para él había ideado su madre adoptiva y
establece 1887, como el año natal coincidente con su vanidad de
artista que quiere ser y en realidad lo aparenta, más joven que el
común de los mortales que andan en su entorno.
Pero el hecho de su registro como nacional uruguayo, y el propio
simbolismo que tal acto representa, no atenúan, quizás acrecientan
en su conciencia o en su subconsciente, aquella búsqueda de sus
ancestros. La de figura materna se traslada a la de una mujer
ideal, que nunca encuentra. Pretende entregarse a muchas amantes,
sin amar realmente a ninguna. Cuando pudo enamorarse y enamorar a
una novia de largos años, la frustración que le llega de lejos, lo
deja de nuevo en su soledad o en muchas soledades compartidas en
fugaces momentos de juegos eróticos. En cada instante es amado y
cree amar y en uno de los fugaces intervalos, un avión se
destroza, un pesado motor, terrible acero, le incendia el corazón
y muere con las manos vacías, cerradas, preñadas de recuerdos. Y
con la frustración humana más lacerante de no haber podido amar a
la nunca irrepetible amante que le había echado a la luz del
mundo.
Supo muy seguramente quién era su padre. Aquél poderoso, galante
coronel, jefe político, devoto de sus ambiciones, de sus amoríos,
de su vocación artística y teatral, Carlos Escayola; rico, fuerte
y amado, muerto en la pobreza y lejos de los pagos donde había
impuesto su autoridad indiscutible, en la sociedad y en el seno de
su familia, su coto privado sentimental, donde tres hermanas
recibieron de él sus caricias y toleraron sus desmanes.
Rechazado por él desde el mismo acto de nacer, ocultado a la
sociedad, ni siquiera inscripto con un nombre y un apellido,
quizás ni bautizado en la fe de sus mayores, entregado a manos
ajenas, niño vagabundo, “purrete desgraciado”, Gardel se
propuso igualar y superar aquella figura paterna. Las encontró en
hombres poderosos, los de la política y los del dinero, falsas
puertas a la gloria efímera que nuestro artista, sin embargo no
ambicionó, a la que no rindió incondicional, permanente pleitesía.
Nunca se sintió uno de ellos y, sin inmiscuirse en luchas
políticas, adhesiones ideológicas o reivindicaciones sociales, fue
sensible a las luchas de los desheredados y estuvo junto y fiel a
sus amigos de sus primeras andanzas bohemias. Su vocación
artística, don de gentes, su calidad humana, lo elevó a una gloria
más perdurable, a la devoción popular que le ha sido entregada sin
retaceos. Fue, en definitiva, y lo sigue siendo más poderoso que
el coronel autoritario que le dio el ser.
9. La verdad se ha abierto camino
Cada vez son más y más calificados, los escritores y estudiosos
que han dejado de creer, o manifestar sus dudas, en la transitada
imagen del falso Gardel. Por ahora nos quedamos con éste, nuestro
Gardel, más nuestro que los ajenos impostados, con las verdades
que se desprenden de sus propios dichos y de sus mismos silencios,
de su permanente búsqueda propia, hacia sus orígenes ocultos.
Nuestro Gardel, salido de sus miserias infantiles, de sus abismos
juveniles, por su inquebrantable fe en si mismo, por su tenacidad,
por su espíritu alerta, vivo audaz, por su inteligencia, su
intuición y su vocación artística. Cualidades todas que, en
definitiva, heredó de su propio padre y que fueron transmitidas a
otros descendientes de su misma familia Escayola; las cuales no
fueron, por cierto, las propias de una familia francesa, cuya
cabeza visible, Berta Gardes, apenas si fue alfabeta. Herencias
transmitidas igualmente, en parecidos físicos que Gardel heredó de
sus ascendientes criollos y no de supuestos rostros tolosanos, tan
extraños y ajenos. Si hemos de creer, aunque sea en algo, en los
rasgos genéticos dados en herencia –intelectuales,
temperamentales y físicos–, he ahí una final razón a la auténtica
imagen de nuestro Gardel hombre.
A edificar esta imagen ha contribuido la infinidad de testimonios
y datos desgranados a lo largo de nuestras páginas, que poco a
poco, han integrado el fragmentado cuadro de su rostro, de su
quehacer humano, de su persona, tal y como fue en vida. Se podrá
argüir la imprecisión de algunos relatos, la debilidad de algunas
afirmaciones; pero todos los hechos y dichos acumulados en las
páginas que aquí culminan, han legitimado nuestra opción inicial
sobre el origen de Carlos Gardel. Porque no es posible negar que
todos ellos redondean, no obstante sus carencias, asumidas como
inevitables, dadas las lejanías de espacios y de tiempos, un
conjunto probatorio muy difícil de destruir. En todo caso más
difícil que los pocos documentos y datos que han dado
verosimilitud a la hipótesis contraria. Haber abierto grietas en
esta última y sembrado dudas ya es un buen éxito, más allá de las
propias convicciones que podamos haber conquistado.
Quedan por cumplir en Argentina, en Uruguay, en Francia, en Nueva
York, nuevas investigaciones para alejar más sombras y abrazar las
verdades que muchos ya conocen y otros han intuido. Es una obra a
cumplir. No es difícil, al respecto, construir una serie de
propuestas concretas de investigación; tampoco ofrece dificultades
insalvables llevarla a cabo en tiempo más o menos breve. Estamos
seguros que nuestros elementos de juicio todavía ocultos, saldrán
a luz. Nos alegraría que ellos confirmaran nuestra tesis; si
fueran contradictorios, se reconocerán los errores que otros se
han resistido a aceptar.
Aquí dejamos estas Páginas Abiertas, repletas de nombres,
documentos, testigos, entrevistas, hechos claros, descubiertos o
desdibujados en el tiempo. Reiteramos lo que ya adelantamos en
nuestro “prefacio” inicial. No se ha tratado de preferir sólo unos
pocos datos de nacionalidad, filiación o fecha de nacimiento, a
otros datos a despreciar. Lo repetimos: el resultado del esfuerzo
sería nimio.
Lo que realmente nos ha importado es fijar la imagen real de ese
hombre que hemos tratado de revivir a su doble muerte, física y
mítica, imagen desdoblada, fundamento humano del estupendo artista
que fue Carlos Gardel. Como ya lo dijimos, también: para
entenderlo, quererlo y oírlo mejor. Oyéndolo cantar es donde
volvemos a estar, al regreso de nuestra obra.” |