|
TRASCENDENCIA DE CARLOS GARDEL EN NUESTRA CULTURA
I
UN
EJEMPLAR HUMANO
Conferencia del Prof. Francisco (Paco) Espínola.
Concejo Departamental de Montevideo – Año 1967
“Al encomiar a un artista, frecuentemente se hace preciso
dejar un poco en la sombra al hombre mortal que hay en él, cuando
se nos impone la franca necesidad de silenciarlo. Es que, celosos
en perfeccionar su arte, muchos olvidan o resueltamente sacrifican
la perfección de su alma. En el caso de Gardel, no. Y yo creo que
ha llegado la hora de atraer la atención colectiva -porque Gardel
es de todos- sobre este aspecto tan importante de su ser,
agregando así nuevos motivos a la admiración por este cantor cuya
voz, desde hace ya tantos años, buscan en los países rioplatenses
hombres y mujeres, niños y ancianos, analfabetos y cultos,
atraídos por una tan intensa necesidad misteriosa.
Se ha dicho que la obra de arte “es el lugar de encuentro de
dos almas”: la del creador con la del receptor. Vivo Gardel y,
después, muerto, Uds., yo, por cientos y cientos de miles de seres
en esta parte de América, necesitamos oírlo, es decir, encontrarle
su alma con la nuestra. A veces, es la pequeña niña quien la
conjura con el dial o el disco. Otras, la esposa; otras el padre.
Pero, a su aparición, se hace en seguida un intenso recogimiento
interior. Y estando muchos juntos, cada cual se empieza a sentir
absolutamente a solas con Gardel. Y no meramente escuchándolo.
Algo de nosotros -díganme Uds. si no ocurre así-, algo imposible
de definir pero que llega de lo más íntimo nuestro, empieza a su
vez a decir no se sabe qué y que nos hace bien al decirlo, sin
embargo. Y eso va a unirse en la mitad del aire con la canción que
nos llega, para refluir hacia nuestro oído y hacerse escuchar
también él en nuestro corazón, iluminándolo con nuestra propia
luz, logrando lo que Du Bois señala como función del arte: el que
“la vida tome conciencia de sí misma”.
Esto no puede deberse exclusivamente a una excelencia de
facultades físicas -en el caso de Gardel excepcionalmente
adecuadas, tal vez como jamás al género que cultiva-, por más que
ellas sean conducidas por una finísima sensibilidad y un real
talento. (Gardel era inteligentísimo). No. En él hay otra cosa
más: un temple moral extraordinario, asistido por una voluntad
inflexible, que cela detrás de aquella sonrisa y aquellos ojos
alegremente bondadosos. Sí, un elemento que está presente y
decisivamente actuante en el arte de Gardel es la alta calidad
moral de su espíritu.
Para darnos bien cuenta de esto pensemos en el fin de su niñez
y en su adolescencia; en esos años donde, precisamente, cuaja y
queda fija la personalidad. Ellos transcurren en ambientes que yo
bien conozco, porque los amé muchos y no los olvidé jamás. En esos
medios, por múltiples causas, y no todas negativas (a veces por
aceptación casi evangélica de las debilidades humanas; por ternura
piadosa -el amor en último término es compasión-) allí, por un
cúmulo de circunstancias, digo, no obra con energía bastante una
presión ambiental que contenga y atenúe el desarrollo de nuestras
inclinaciones anti-sociales, las cuales van desde la ordinariez de
sentimientos y de expresión hasta las desviaciones de conducta.
Debido a esto, allí es más fácil el deslizamiento de nuestra
naturaleza hacia planos donde la conciencia, a lo sumo, ya solo
logra después, en su impotencia, amargar una vida, sin timonearla,
ya.
Gardel creció y fue desarrollando su espíritu como esas
hermosas flores de las chacras, sin que nada negativo se le
incorporara, pero, con intensa sed – él amó hasta su muerte todo
aquello, y el amor es una sed- pero como con intensa sed
nutriéndose, digo, de la pureza originaria del hombre que allí
precisamente en los planos sociales más relegados, fluye a flor de
piel como asimismo a flor de piel fluye también el mal. Yo no creo
que Gardel haya tenido desde el principio sentido claro de lo que
llegaría a ser como cantor puesto que, previamente, él debió ir
descubriendo en qué consistía lo que estaba cantando y cuáles eran
sus posibilidades personales y las del género; pero estoy seguro
de que, desde casi todavía un niño, sí tuvo conciencia de cómo
debe ser un hombre.
Entretanto francamente en la adolescencia -reparen bien-, las
sirenas de la vida bohemia (tan subyugantes para el alma juvenil,
máxime para quien como él podía sentirse tan libre, atado a la
relación de su madre, tanto más débil y condescendiente cuanto más
maternal) las sirenas de la vida bohemia le cantaron inútilmente.
Ya no su conducta, -no bebió, no frecuentó las carpetas, él no fue
gigoló- no ya su conducta, ni se contaminó siquiera su lenguaje
con la grosería, con lo guarango, con lo procaz. Y sensible desde
su iniciación al misterio maravilloso de la palabra que le volaba
en las alas del sonido musical, la trató con una atención entre
nosotros insólita, a fin de que al expresarla se mantuviera ella
en su prístina integridad. (Tal vez no haya en lengua española un
actor o cantante que supere su escrúpulo en la articulación de los
vocablos).
Más tarde, triunfador en cada medio ascendente en que actúo, no
se sometió a la sensibilidad de ninguno de ellos. Los sometió a
todos. Pocos hombres conozco yo que hayan cambiado menos. En él no
hay cambio, hay evolución. Y esta sí, incesante el
perfeccionamiento del artista y del ser entero.
Como hombre, no debemos olvidarlo cada vez que le oímos, se
enriqueció en pocos años y no fue, sin embargo, un nuevo rico.
Contrajo espontáneamente amistades con integrantes de las clases
más elevadas en lo político, en lo social, en lo intelectual, en
lo artístico, lo que en sus años del suburbio ni siquiera pudo
ocurrírsele que le sucedería, pero no sólo no negó, es que no
olvidó jamás a sus primeros, modestos amigos de los conventillos y
de los cafetines. Ninguno de los que le hicieron nacer alguna vez
una sonrisa dejó de hallarla idéntica en sus labios cuando fue
célebre, vivía a lo grande y era dueño de una fortuna que crecía
sola. Fue generoso no sólo de su dinero; él tuvo la suprema
generosidad del corazón. El rico, y él o ella pobres. El famoso y,
los otros oscuros, él, puro; el otro o la otra, a veces, de
conducta no muy edificante, cuando no reprochable, derecho. ¿Qué
importa? Como el personaje de una novela rioplatense, Gardel debió
de decirse en muchas ocasiones en el fondo de su alma: “¿Si dios
juzga, a qué juzgar los hombres?” Sólo a un ser juzgó Gardel, y
constante e inflexiblemente: a él mismo. Como artista y como
hombre. De tal modo se juzgó y se obedeció, que llegó a hacer de
él esa criatura maravillosa; tanto, que es posible que cuando
vivía, la gente no pudiese discernir bien si lo que quería era
estar frente a él para oírlo cantar o si quería oírlo cantar para
tenerlo presente.
Como artista, Gardel perfecciona el canto rioplatense
buscándole la raíz escondida y hasta entonces no revelada por
nadie, guiado con un instinto estético genial y sordo a las
solicitaciones de toda índole, -tengamos esto bien en cuenta- que
más que a nadie asaltan, precisamente, a los artistas de
extracción popular. Sonriente siempre, con su bondadoso mirar,
Gardel cantó en los ambientes en que al principio actuó -el
cafetín, el stud, el conventillo, y seguramente porqué no: el
prostíbulo- sin obedecer al gusto por lo sensiblero, sin
entregarse al regodeo con el burdo remedo de la tosquedad criolla
y de su expresión bárbara. Las canciones nativas, el tango, luego,
surgieron de sus labios con un decoro espiritual que hizo subir de
inmediato el nivel apreciativo de los auditorios de los suburbios
de las grandes ciudades del Río de la Plata. Y cuando llegó a
planos sociales más prestigiosos, no sintió, como tantos, la
ambición de adaptárseles hasta la hibridación de su arte; no lo
tentó el deseo de ofrecerles géneros de la canción a los cuales la
inmensa mayoría consideraba superiores (y adviertan que todavía en
ese entonces se trataba de hacer efectiva perentoriamente la paga
para subsistir). Se impuso con lo suyo, esencializándose cada vez
con más ahinco, llevando al máximo sus posibilidades para atender
al ritmo, al tratamiento de la melodía, a la revelación del más
mínimo matiz de intención creadora, al punto de que, en los
problemas ya de orden más complejo que presentan las letras,
ninguno de los famosos recitadores cultos que he conocido,
consiguen como él revelar, mediante una penetración estilística
sorprendente, todos los valores del texto. No es sólo la intuición
la capaz de permitir estos resultados. Hay un minucioso estudio
previo de cada cosa que interpretaba Gardel. Y esa pulcritud en el
enfrentamiento con sus canciones es la de todos los actos de su
persona, porque todo lo suyo es dócil a un imperativo moral que no
distingue entre arte y vida.
Gracias a la admiración que provocó ennobleció estéticamente a
las barriadas suburbanas al hacerlas más exigentes -ya éstas no se
contentaban con poco- y al convertirles por eso en un acto grave
el acto de escuchar. Y a las otras clases sociales les metió en
el alma el campo y el arrabal de donde provenía.
Les presentó la existencia dura y la expresión maleva; el drama
humano y rachas sencillas pero límpidas adentro. Así, bajo el
sortilegio de su voz, sus nuevos auditores del Centro olvidaron un
poco el español castizo, el francés y el italiano (el inglés no
había llegado aún) en que acostumbraban oír y también entonar sus
cantos preferidos, para irse sintiendo todos hijos de una santa
tierra común que, bien se ve, también por esto, no divide un río.
Pronto, ya la joven aristocrática no se limitaría sólo a atreverse
a danzar el tango, impuesto cada vez más por los conjuntos
orquestales que ascendían a los salones y que estaban operando con
sus modestos bártulos una aproximación de espíritus por encima de
las barreras sociales, aproximación que en América el arte grande
no había podido lograr sino en contados casos. Esa niña mimada por
la vida, bajo el influjo del arte de Gardel, también experimentó,
a solas, la necesidad de ponerse delante, en su imaginación, y de
contemplarlo, un mundo tan próximo que habría podido tocarlo, y
las características de cuyos seres ni siquiera sospechaba, sin
embargo, sintió esa necesidad y, para satisfacerla, a solas, dije,
en la intimidad de su ser, tarareó o resueltamente cantó los
cantos de Gardel. La muchacha estudiante, la joven obrera, la
empleada -no imagino, estoy seguro- desde su pureza empezaron a
mirar con ojos graves y ensimismadores, no con los mismos de
antes, a la joven giranta cuando, por la calle, les cruzaba al
lado como infortunada mariposa entre las ráfagas. Y,
misteriosamente, la obrera, la empleada, la estudiante, la chica
bien se encontraron más serias y más justas, se sintieron, por
ende, mejores. Sí, el realismo de la letra tan magistralmente
cantadas hizo que parte considerable de los tangos obrara como
ventanas abiertas a un mundo de seres de cuya intimidad la mayoría
ciudadana no tenía ni noticias. A influjo de la voz de Gardel, tan
conciliadora por otra parte, en su nobleza -el timbre, el timbre
sólo de Gardel ya es solidario como ninguno-, a influjo digo de
esa voz, sus canciones consiguen que los grupos sociales
enriquezcan su experiencia humana. Día llegará en que esos grupos
han de chocar hasta la iracundia o armonizarán hasta adelantar el
futuro. Pero lo cierto es que Gardel contribuyó y sigue
contribuyendo a extender nuestro ámbito solidario. De ahí, creo
yo, ese cariño que integra, sin falta en todos ¿no es cierto?
Nuestra admiración por Gardel; cariño, es decir: modo delicadísimo
de asomar la gratitud. Gardel, con inocencia, tal vez sin él mismo
darse bien cuenta; pero, eso sí, gozando en hacerlo (se siente que
Gardel es dichoso cuando canta aunque deba llorar entre sus
guitarras). Gardel provoca en nosotros, bien lo sienten Uds.: “un
acrecentamiento de dulzura, un acrecentamiento de luz, un
acrecentamiento de vida, un acrecentamiento de simpatía”.
Y estas palabras son las que emplea Mathew Arnold para definir
las características esenciales de la cultura. Por eso, porque la
acción de Carlos Gardel resulta mucho, mucho más importante de lo
que al principio se supuso, es que el Municipio de Montevideo le
rinde hoy homenaje, y, ex-profeso, desde el teatro de
tradición más ilustre del país”.
*** ** ***
II
HUBO SÍ
Conferencia del Dr. Carlos Maggi.
Consejo Departamental de Montevideo – 1967
“Vengo a contar un hecho, un solo hecho bastante intrascendente
y bastante similar a miles de sucesos conocidos.
Pero pienso que si acierto a desatar los hilos de su
significado, si consigo rastrear bien sus orígenes, tal vez el
ejercicio resulte un buen homenaje.
Hacia diciembre de 1941, mi compañero de estudios dejó pasar la
fecha de su último examen. Habíamos estudiado Filosofía durante un
mes, levantándonos a las cinco de la mañana, pero el día fijado,
el no se apareció por Preparatorios, se quedó en su casa tomando
mate y escuchando discos.
Cuando le pregunté que le había pasado me dijo: No pude. Quise
ir y todo pero no pude. Gardel estaba cantando como nunca.
Creo que hay algo en este hecho.
Tal vez porque coincidió con mi examen de filosofía, o tal vez
porque yo estaba predispuesto por muchos ejemplos de divagaciones
ilustres, lo cierto es que la imagen de mi amigo despreciando el
mundo mientras toma mate y escucha a Gardel, me pareció la estampa
de un gran momento nacional. Más que el desembarco de los Treinta
y Tres Orientales, con banderas y todo, más que la muerte del
General Flores al lado del carruaje, o la Batalla de Las Piedras
llevada a cabo por Blanes. “Juan Carlos Morniroli dejando de dar
el examen”, chupando la bombilla y prestando atención contra la
radio, se me quedó grabado para siempre como uno de los episodios
históricos de esta república.
Alrededor de estas cosas, empecé a pensar, está nuestra
nacionalidad, la primera sombra de nuestra nacionalidad, como se
dice la primera sombra de la barba, cuando empieza a crecer el
bozo sobre el labio del muchacho.
Es cosa sabida que cada país favorece a sus habitantes por el
solo hecho de nacerle encima.
Los franceses reciben de Francia un idioma amaestrado. A los
italianos la
península les regala casi todo el arte que ya no se usa y la
claridad perfecta del Mediterráneo.
A cada norteamericano le tocan mil barriles de petróleo,
nacional o extranjero, un automóvil, una fábrica y muchas acciones
surtidas, todas al diez por ciento.
Nosotros, por nuestra parte, traemos de nacimiento dos vacas,
un mate y Carlos Gardel.
Por semejante modestia fetal, para muchos de nosotros mismos,
ser uruguayos no resulta útil; a quienes así piensan le parece que
no somos importantes de origen y tratan de ser otra cosa; sin
embargo debe ser horrible sentir como ellos: haber nacido aquí y
no saber tener ni siquiera aquello que nos toca por derecho propio
de nacimiento.
Así como un pobre en Nueva York es siempre un loco peligroso,
entre nosotros, aquel que no tenga la sed de mate, ni oído de
tango, ni vacas en el alma, será un desterrado, es decir: un
fantasma, un hombre fuera de lugar y de su tiempo.
El tiempo uruguayo es tranquilo, dulzón, espeso casi mantecoso;
nuestro tiempo es algo así como leche de tiempo, para consumir a
sorbitos.
Porque este país se construyó sobre una alfombra de gramilla
verde, no apta para sudores e inconveniente para apurados y
activistas. Por eso, por ser un lugar de vacas parsimoniosas es
que aquí se debe vivir pausadamente, como ellas, que son capaces
de comer varias veces la misma comida; como ellas, que pueden
alcanzar una y otra vez el mismo tiempo que las atraviesa sin
apuro y vuelven a saborearlo, a paladearlo, a revivirlo hasta
nutrirse de nuevo con los instantes ya pasados.
Por ser un verde demorado, un productor de tiempos a espacio
regular, un pretexto de succiones lentas, el mate nos da respiro y
nos ayuda a vivir a nuestro modo.
Parsimonioso, meditativo, taciturno, el mate se va sorbiendo a
ritmo de vaca, con la arrastrada lentitud del tango, y el extraño
placer que nos brinda radica, más que en su sabor a pasto amargo,
en el bienestar de sentirse desde adentro como tendido sobre la
tierra amorosa, dejándose estar sobre ella, dejándose penetrar por
la calma pastoril de la comarca ganadera. Recién entonces pueden
oírse las voces mágicas que vienen de la tierra: mientras
reposamos y el mate nos permite rumiar dos, tres y cuatro veces
nuestro tiempo uruguayo que sale gordamente de una ubre.
Y fue así que se quedó tan tranquilo Juan Carlos Morniroli,
mientras el bedel inquieto lo llamaba a sacar la bolilla.
Estaba vacunado contra las urgencias del mundo. Estaba
escuchándose a sí mismo en la voz de Gardel. Como un hilillo de
linfa verde, el mate corría por sus venas y le permitía caer hacia
el centro de su soledad y desde allí oía a la voz mágica, el
embrujo extraño de Carlos Gardel que venía a llenarle el alma de
humedad y tristeza.
Y lo más maravilloso es que todo sucedía porque sí. Sin que a
ese muchacho ensimismado le hubiera pasado nada; sin que él fuera
nadie; sin que nada le faltara en la realidad.
Sucedía que necesitaba como un desahogo ese dolor, ese ligero
desaliento sobre el cual llorar la ausencia de un bien perdido; no
sabía cuál.
En el centro mismo de aquel muchacho la voz de Gardel decía y
repetía detrás de otras palabras que él no escuchaba:
Yo tuve sí, yo tenía / Tenía y hoy lo perdí / Mis amigos mi
alegría / Mi tiempo de chiquilín / La muchacha a quién quería / Mi
amor que tuve y tenía / Tenía hoy y lo perdí.
Sin pensar, sin querer, obedeciendo a nuestra naturaleza de
largos atardeceres, nosotros añoramos, lloramos algo que hemos
perdido, aunque no hayamos perdido nada. Y el tango lo dice en
todas sus formas.
Que nos dejen tranquilos, sin urgencias, sin problemas ni
reclamos y nosotros caeremos en nosotros, de mate en mate hacia
nosotros, saliendo de este mundo tras en rastro verde, llevados
por el tango como por un hilo de bilis melancólica.
Venimos de hombres y mujeres que lo dejaron todo para cruzar el
mar, un mar que entonces era treinta veces más ancho de cruzar que
ahora; lo dejaron todo y se hallaron de este lado, ateridos y
solos, de frente a un planeta desnudo.
Nunca en la historia del mundo se acumuló tanto desamparo como
el que trajeron a esta orilla nuestros padres, a puñados sobre el
corazón, disuelto como sal amarga en las lágrimas o en el miedo.
Y ese mismo desamparo lo siguieron trayendo después los
inmigrantes por años y años y lo están desembarcando ahora mismo,
cada día, los que recién llegan.
Nuestros padres atravesaron el mar como si fuera un incendio,
quemaron sus naves antes de partir y un buen día, al pisar esta
tierra, la soledad les cubrió el alma más profundamente de lo que
ellos -tan poco preocupados por sí mismos- podían decir; y se
quedaron mudos. La soledad es un campo verde, intocado, manso,
apenas ondulado. La soledad es algo triste y dulce, un aire nuevo,
un mugido de niebla, una extensión redonda donde corren arroyos
sin nombre todavía. La soledad es un país desconocido, desierto y
sin fondo, donde las pausas del día y los pozos de la noche se
llenan de añoranzas.
Yo tuve sí, yo tenía /tenía y hoy lo perdí.
Y así es que nosotros añoramos por inercia de la sangre, por
pura vocación de añorar, de tanto que añoraron nuestros mayores
sin decir palabra.
Hubo cosas, lugares, seres que debimos conocer. Hubo sí, el
agua de aquella fuente tan fría y el aire de aquel viento tan seco
y hubo aquel sol que era un sol diferente del otro lado del mar.
Hubo una tierra que debimos pisar y en la cual se fueron
disolviendo las cenizas tutelares de nuestros muertos. Hubo sí. Y
por todo eso y por muchas cosas más que ignoramos para siempre
sucede tan seguido que perdemos pie de esta realidad y nos
hundimos en la pura añoranza. La añoranza que canta siempre el
tango.
La añoranza transparente y de sombra que esta en la voz
nocturna de Carlos Gardel, capaz de salvarnos del mundo y dejarnos
a solas con nuestra soledad.
Yo tuve sí , yo tenía / Tenía hoy y lo perdí / La tenaz
melancolía / Del tango repite así / Mientras va rastreando en mí /
Las pisadas de los días / Yo tuve sí, yo tenía / Tenía hoy y lo
perdí / Perdí lo que más quería / Lo que era yo para mí / Yo tuve
sí, ya no tengo / Tenía hoy y lo perdí / El tango repite así / Su
verso meditabundo / Y grita en su son profundo / La entraña del
corazón / porque de un solo tirón / La muerte se lleva el mundo.”
*** ** *** |