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GARDEL: ARTÍFICE DE LA PALABRA
Recuerdo, como un momento imborrable, el tiempo en que ingresé,
por primera vez, a un taller de imprenta a corregir unas pruebas
tipográficas.
Se trataba de los artículos que habrían de editarse en el
periódico estudiantil “Cumbres”, que en las postrimerías de los
años 40 publicábamos en el Liceo Departamental de Soriano, en la
ciudad de Mercedes.
Cada periodista guarda en sí la hora de su entrada a una
redacción, por lo que antes -menos ahora- suponía, asimismo,
familiarizarse con el centro técnico en que operarios
especializados habrían de dar forma a los textos.
En un rincón de mi intimidad conservo un especial afecto para
aquellos trabajadores que en sus rostros, muchas veces, llevaban
huellas de tinta fresca y en sus manos atesoraban la cajuela
sobre la cual colocaban, uno a uno, los tipos con los que
formaban cada palabra redactada.
¿A qué vienen estas referencias tan personales?
En un blog que en Internet difunde la investigadora argentina
Martina Iñiguez, sobre el oficio de tipógrafo que abrazó Carlos
Gardel en su adolescencia, se publica una notable fotografía de
“El Mago”, visitando los talleres de compaginación de “El
Diario”, de Montevideo.
El hecho ocurrió en la mañana del 19 de setiembre de 1933.
Gardel luce frente a una mesa de armado y examina algunas de las
letras usadas por el rotativo.
La composición gráfica denota el interés con que el protagonista
observa el material, de seguro, mucho más avanzado que el que
conociera en la imprenta de “El Heraldo”, de Buenos Aires, en la
calle Florida. Esta no era otra que la gráfica Cúneo,
comercialmente conocida como “Au bon marché”.
La nota de pie de “El Diario” juega al símil con el vocablo
“letra”, para atribuirle al visitante: “Aunque piensa que los
tipos de una imprenta no son como los que engarza en sus
canciones…”
Claro, ahora se trataba de otras letras, revestidas con
la belleza de la música.
Se hace necesario decir que los talleres de impresión han sido
un formidable y silencioso reservorio para la difusión y pugna
de las ideas, alimentando la cultura y la evolución constante
del pensamiento.
Al privilegio de cantar, y de hacerlo creando las melodías que
dan fisonomía al Río de la Plata, Gardel incorporó a su
currículo, sin proponérselo, el galardón de ser, también, en
algunos momentos de su vida, un obrero en el laboratorio de
ideas que se esconde en
una casa de impresiones.
El vocablo tipografía procede del griego y yuxtapone los
términos “forma” y “escribir”, lo que viene a expresar la
técnica -y el arte- del manejo y selección de piecitas hechas en
plomo, para crear ediciones. Significado bastante moderno, que
alude pues, a la colocación de letras y distribución de espacios
para producir un texto.
Los procesos de impresión por unidades móviles de metal
(caracterizados como de “tipografía” o de “imprenta”) vienen de
1448-50, cuando fueron ideados por Johannes Gütemberg, inventor
de la caja tipográfica y la prensa.
La revolución de los medios gráficos y las técnicas de
computación fueron dejando atrás estas modalidades, aunque sin
matarlas totalmente.
Unos procedimientos sustituyen a otros pero, en rigor, todos
coadyuvan a la expansión del conocimiento humano y la cultura.
Carlos Gardel tuvo el privilegio de asistir a un establecimiento
con personal calificado, desde donde se servía a la comunicación
de su época. Y, casi como un predestinado, pudo luego, alzar su
voz para enriquecer las voces de su pueblo y abrir un cofre de
sonidos armónicos. Le correspondió embellecer el lenguaje común
y lo transformó en una cadena de estrofas vivas, imperecederas.
Su primitivo oficio y su arte se conjuntaron en el plano
profundo del saber colectivo.
Eximio de la comunicación, conocía los duendes que albergan las
imprentas como reproductoras de la palabra inteligente.
Es posible que, en aquella mañana del 18 de setiembre de 1933,
Carlos Gardel reviviera el instante de su ingreso al mundo
mágico de las tipografías, esos lugares en
que los vocablos adquieren señorío.
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